Capítulo 8 Will #3
Condujo el cupé por el improvisado camino de acceso circular, cuyo césped había quedado reducido a tierra tiempo atrás por años de huellas de neumáticos y botas pesadas.
Al otro lado del patio vio a su padre, que llevaba puestos los cascos sobre las orejas y estaba transportando sacos de tierra hacia el invernadero como si fuese cualquier otro día de la semana.
Calvin Reed nunca dejaba de trabajar; ni siquiera los domingos por la tarde.
Él era el pilar central de Reed & Roots Landscaping, el negocio familiar que había levantado desde cero con poco más que una camioneta oxidada, una cortadora de césped manual, unas tijeras de podar y una determinación de hierro.
Elijah y Will habían crecido en medio de todo aquello, aprendiendo los nombres de las plantas y el ritmo de las estaciones antes que a montar en bicicleta.
Habían pasado los domingos cargando mantillo y cortando setos con su padre.
Años más tarde, el hombre había expandido el negocio hasta Cinnamon Falls e, incluso cuando Will se había desviado del camino del hijo ideal, Calvin se había mantenido firme y había protegido el negocio como si fuera algo sagrado, trabajando más allá de la edad a la que solían jubilarse la mayoría de los hombres.
Will sabía que su padre se pasaría el resto de la vida con una mano enterrada en la tierra.
Angel y él salieron del coche y atravesaron el enorme patio para llegar hasta donde estaba.
El invernadero de Reed & Roots se alzaba como un gigante silencioso al fondo de la propiedad familiar.
Era una estructura alargada y abovedada de cristal opaco y vigas de acero desgastadas por el tiempo que chirriaban cuando el viento soplaba con demasiada fuerza.
Dentro, el calor los asaltó al instante.
El aire estaba cargado de humedad y perfumado por las matas de tomate y el olor penetrante de las hierbas frescas.
El aroma era embriagador en el mejor de los sentidos: era como estar en medio de un recuerdo primaveral.
Hileras de bancales elevados se extendían a lo largo de toda la superficie del edificio, cada uno de ellos señalado con pequeñas estacas de madera, que estaban etiquetadas con la letra meticulosa y pulcra de su padre.
Había una estantería con semilleros debajo de unas luces de cultivo que zumbaban levemente y bañaban de un tono lavanda los brotes diminutos que estaban empezando a surgir de entre la tierra.
Allí encontró a su padre, que estaba vigilando sus nuevas plantas con ojo avizor mientras tarareaba lo que parecía una canción antigua.
Angel se acercó corriendo y dio un salto junto a él mientras ponía los dedos en forma de garras con un rugido. Su abuelo dio un paso atrás y se quitó los cascos de la cabeza.
—¡Melocotonero! ¿Qué estás…?
Cuando se dio la vuelta, vio a Will en el umbral de la puerta, con una mano metida en el bolsillo delantero.
—Alguien quería venir a ver a su abuelo antes de que volviéramos a casa. —Con un gesto de la cabeza, señaló a su hija, que estaba ocupada con los brotes de las plantas, inspeccionándolos con detenimiento.
—¡Qué sorpresa tan agradable! —exclamó Calvin.
—Acabo de cruzarme ahora mismo con el señor Taylor, que se marchaba —dijo, señalando por encima del hombro—. ¿Qué ha pasado?
Su padre suspiró mientras pasaba la vista entre él y Angel. Tomó uno de los brotes y se lo tendió a su nieta.
—¿Puedes sacarme esta planta al campo? Está lista para que la plantemos.
Sin dudarlo, la pequeña se la quitó de las manos y salió por la puerta trasera, encantada de estar ayudándolo.
—¡Sí, justo ahí! —le dijo el hombre desde el umbral mientras la guiaba por el campo—.
Cúbrela con mucha tierra. Ahora saldré para regarla contigo.
—Se giró hacia su hijo y sacudió la cabeza.
Por si acaso, bajó la voz—. Wesley quiere que salve su jardín.
Yo le he dicho que los narcisos son flores perennes.
No puedo hacer que vuelvan a brotar como si fueran nuevas y no hubiera pasado nada.
Tendremos que empezar desde cero —refunfuñó—.
A ver, lamento mucho lo de esa mujer, lo de la pensión y todo eso, pero no soy mago.
Su padre tenía razón. En un año, los narcisos brotarían de nuevo.
Pero era evidente que Wesley Taylor no podía esperar un año entero.
Quería que lo arreglaran ya. Por mucho que pudiera entender el punto de vista del hombre, su padre estaba en lo cierto: no se podía meter prisa a la naturaleza.
Calvin volvió a negar con la cabeza mientras mascullaba, más para sí mismo que para Will.
—¿Puedes creerte que algo se ha comido la dedalera de la hilera del fondo?
—¿Algún animal? —le preguntó él.
—Algo la ha arrancado. La semana pasada estaba creciendo perfectamente. Fuera lo que fuese, no llegaría muy lejos, eso seguro. Esa planta no podría ser más peligrosa.
Will soltó un gruñido evasivo y se frotó la nuca sin saber muy bien qué pensar.
Entre la Brigada de Cultivo los fines de semana, las entregas entre semana y los animales nocturnos curiosos, el jardín era un hervidero constante de actividad.
Podría haber sido cualquier cosa. Su padre se cargó al hombro otro saco de tierra antes de dirigirse hacia la puerta.
—En fin…, Wesley me ha contado que tienen algunas ofertas rondando. No tardarán en vender por una miseria, sobre todo después de lo que pasó anoche.
Will soltó un bufido burlón.
—Los Taylor nunca venderían el Daffodil Inn.
Calvin se recolocó el saco y abrió la puerta con el pie. Will divisó a Angel en el campo, esperando a su abuelo con las manos en las caderas.
—Todo el mundo tiene un precio, hijo.