Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 8 Will
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Capítulo 8 Will

Will

Will abrió la capota del coche para sentir el sol sobre la piel, cálido como la miel.

Parecía que se avecinaba otro día bonito en Cinnamon Falls.

Unos rayos de sol suaves y dorados se filtraban a través de las ramas que dibujaban arcos sobre Main Street y cubrían la acera de zonas cambiantes de luz.

Sobre su cabeza, los gorriones intercambiaban canciones desde sus puestos sobre los cables telefónicos y sus alegres trinos se superponían al suave murmullo de los neumáticos sobre el asfalto.

Los escaparates de las tiendas brillaban bajo el resplandor matutino y las pizarras mostraban los platos especiales del día, recién escritos: señales de que la vida del pueblecito seguía adelante con decisión.

Robó un sorbo de la bebida de Angel. Era demasiado dulce para su gusto, pero la cremosidad fría del helado de vainilla lo calmó por dentro.

Tanya siempre tenía el don de sacarlo de quicio, pero esa no era excusa para el modo en el que le había respondido.

Por mucho que quisiera echarle en cara el pasado, sabía que se estaba esforzando al máximo para volver al buen camino.

Y, a pesar de lo que había ocurrido entre ellos, seguía siendo la madre de su preciosa niñita.

—No tendría que haberle hablado de ese modo —masculló en voz alta.

Angel, que estaba en el asiento trasero, ocupada dibujando en su iPad, no alzó la vista.

Will la observó a través del retrovisor.

Estaba muy concentrada, sombreando lo que parecía el toldo que se encontraba en el exterior de The Cinnamon Scoop.

Él apenas era capaz de dibujar monigotes, y mucho menos edificios.

Su hija tenía una mente increíble y cada día estaba más y más impresionado con ella.

Los momentos como ese hacían que deseara que Tanya estuviera allí, junto a él, para ver a su hija floreciendo.

Había algo mágico en contemplar a aquel ser que habían creado juntos mientras hacía nuevos descubrimientos y aprendía lecciones de vida valiosas.

El bebé diminuto que en el pasado había podido mecer con un solo brazo se estaba convirtiendo en una jovencita y su madre se lo estaba perdiendo todo.

Will frenó con suavidad frente a Bones Barber Shop. Su hija levantó la mirada.

—¿Tienes algún cliente? —le preguntó.

—El tío Jesse —contestó él—. Seré muy rápido.

Angel puso los ojos en blanco.

—Siempre me dices lo mismo. ¿Puedo ir a ver si Braxton está aquí al lado?

Por norma general, los domingos, el nieto de la señora Guy siempre echaba una mano en la tienda de comestibles de su abuela. Se había vuelto muy amigo de su hija tras haber ido a cortarse el pelo a la barbería del señor Bones meses atrás.

—Por supuesto. Pero, si no está, vuelve de inmediato. No vayas a molestar a la señora Guy con la teoría del color y esa idea de hacer que las cosas sean «estéticamente agradables».

Hacía poco que Angel se había obsesionado con el diseño de interiores. Había tenido que disculparse diez veces con la señora Taylor cuando su hija le había preguntado por qué había escogido decorar por completo una de las habitaciones de la pensión en tonos azules.

La niña suspiró con dramatismo y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el reposacabezas.

—Está bien —resopló.

Will se aseguró de observarla mientras recorría la calle vacía hasta la tienda de comestibles dando saltitos y con los rizos rebotando en el aire.

Por el momento, Main Street estaba tranquila.

Miró el reloj de pulsera. Acababa de pasar el mediodía, hora en la que todo el mundo estaría buscando algo que comer tras haber salido de misa.

Mientras esperaba a que llegara Jesse, abrió la barbería.

Bones no trabajaba los domingos, pero a Will no le importaba aquella calma, pues necesitaba tiempo para pensar.

Encendió todas las luces y comenzó a preparar su puesto de trabajo.

Limpió el asiento con un desinfectante e hizo lo mismo con las herramientas.

Desmontó varios pares de maquinillas y roció también las hojas.

Estaba a punto de sacar el champú y el acondicionador por si Jesse necesitaba un lavado rápido cuando le empezó a sonar el móvil.

Se apresuró a contestar con la esperanza de que no fuese la señora Guy rogándole que fuese a recoger a su hija, que era demasiado entusiasta.

Al mirar la pantalla, vio que se trataba de Elijah, su hermano.

Por norma general, habría dejado que saltara el buzón de voz.

No es que no le gustara hablar con él, es que todas las conversaciones acababan girando en torno a él y su vida perfecta.

Era como si quisiera restregarle a Will en las narices que haber tomado el buen camino de pequeño realmente había dado sus frutos.

Su tono condescendiente y sus cumplidos con doble sentido, que siempre camuflaba como preocupación, eran recordatorios sutiles de que Will podría haber hecho más con su vida.

—Hola —contestó, sujetando el teléfono entre la oreja y el hombro.

—¿Cómo estás, hermano? —le preguntó Elijah—. ¿Tienes un segundo?

Will se apartó el móvil de la oreja. ¿Desde cuándo le pedía su hermano permiso para hablar?

Por norma general, iniciaba la conversación sin que él pudiera decir una sola palabra.

El doctor Elijah Reed hacía que toda la gente de su vida tuviera que adaptarse a sus propios horarios.

Había dejado muy claro que su tiempo era el único que importaba.

Al mirar el reloj, Will se dio cuenta de que tenía unos diez minutos antes de que llegara Jesse. Tiempo suficiente para meterle prisa a su hermano y que colgara el teléfono.

—Tengo un cliente en unos minutos —contestó—. ¿Qué pasa?

—¿Qué pasa contigo? Esa es la pregunta. —Elijah sonaba como si tuviera una sonrisa en los labios—. Me dijiste que, en Cinnamon Falls, nunca ocurría nada malo. ¿Has visto las noticias de esta mañana? Alguien ha muerto en ese festival de flores.

—En el Daffodil Inn, cielo —oyó Will de fondo. Se trataba de Renee, su mujer, corrigiéndole con una carcajada.

¿Es que siempre tenía que estar presente cuando hablaban por teléfono? Era incapaz de recordar la última vez que Elijah y él habían estado solos, sin Renee.

La mujer siempre se había mostrado cordial con él y aún más con Angel.

Dado que era la niñita de la familia, a Renee le encantaba colmarla de zapatos de diseñador que le quedarían pequeños en dos meses o joyería de oro auténtico que la pequeña siempre acababa perdiendo durante el recreo.

Como contable con un médico por marido, Renee Reed tenía una vida perfecta.

Su cuñada era distinguida y eficiente. Dirigía una casa repleta de calendarios sincronizados, encimeras resplandecientes y pantalones bien planchados.

Estaba muy lejos de ser la clase de mujer que a Will le parecería atractiva o, cuando menos, interesante.

Era demasiado rígida, demasiado fría: era la esposa perfecta para su hermano.

Apretó la mandíbula.

—La verdad es que no tiene gracia, Eli. Ha muerto una mujer. Angel y yo estábamos allí.

—No pretendía… —comenzó a decir Elijah, cuyo tono pasó de juguetón a adusto. Oyó un ruido y después unos pasos bajando escaleras. Entonces, volvió a hablar, esta vez con seriedad—. No pretendía que sonara así, hermano. ¿Angel se encuentra bien? ¿Y tú?

Will soltó el suspiro que le había estado aprisionando el pecho.

—No lo sé. La señora Eleanor era su amiga. Ahora bebe infusiones de manzanilla por influencia suya… Esta mañana no ha hablado demasiado, pero ya conoces a mi melocotoncito… Se recuperará.

—Dale un poco de helado y volveréis a ser mejores amigos —bromeó Elijah.

Aquello hizo que él se riera también, dado que eso era exactamente lo que había hecho. Tal vez su hermano lo conociera mejor de lo que había creído.

Se produjo un instante de silencio antes de que Elijah soltara un suspiro pesado. Will se preparó para el verdadero motivo de la llamada.

—Hermano, tengo que preguntarlo. No estuviste… involucrado en esto, ¿verdad? Tan solo quiero decir que… Papá no va a tener que preocuparse por…

Will apretó la mandíbula con tanta fuerza que oyó los huesos crujiéndole en el interior de la cabeza. A pesar de todos los años que habían pasado, su hermano seguía considerándolo la oveja negra de la familia.

—Tengo que colgar —consiguió decir con los dientes apretados.

Se negaba a dignificar su pregunta con una respuesta. Por un instante, se preguntó para sus adentros qué tendría que hacer para demostrarle a su hermano que había dejado atrás aquellos años.

—Venga, hermano, tenía que comprobarlo… —le suplicó Elijah.

La campanilla del techo tintineó. Jesse entró en la barbería, agarrando de la mano a Angel, que lo estaba interrogando sobre la señora Eleanor, haciéndole una pregunta detrás de otra.

—Te he dicho que tengo que colgar.

Nunca en toda su vida había tenido tantas ganas de poner fin a una llamada.

Ignoró la vibración del móvil cuando su hermano intentó llamarlo de nuevo y deseó que tuviera los modales necesarios para disculparse, pero conocía a Elijah Reed mejor de lo que él se conocía a sí mismo: aquel hombre no se disculpaba con nadie porque, según él, nunca se equivocaba.

Angel ralentizó el ritmo lo suficiente como para que Jesse pudiera intervenir.

—Todavía nos queda mucho trabajo por delante, así que todavía no lo sé —dijo. Había hincado una rodilla en el suelo para estar a la altura de aquella niña insaciable de siete años—. La Policía está trabajando duro para descubrir lo que le ocurrió a la señora Eleanor.

—¿Y tú estás trabajando duro? —Especificó la pequeña mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.

—Claro que sí. Yo soy el mejor —declaró Jesse.

Angel hizo un puchero, sacando el labio inferior.

—No sé por qué murió de repente. Nos estábamos divirtiendo mucho. ¿Crees que estaba enfadada conmigo? Mi padre dice que, a veces, hago demasiadas preguntas…

A Will se le encogió el corazón dentro del pecho. Con ojos tristes, Jesse pasó la mirada entre él y su hija.