Capítulo 7 Morgan #3
Lionel negó con la cabeza.
—Nada bueno; eso seguro. Tiana me llamó anoche, después de marcharse del festival —comenzó a decir él, bajando la voz por si su madre rondaba por allí.
Tiana era la limpiadora a tiempo parcial.
Dos días a la semana y un par de horas los domingos por la tarde, limpiaba la pensión en profundidad.
Era varios años más joven que ella y soñaba con ser actriz de Hollywood.
Morgan no sabía demasiado sobre sus dotes actorales, pero sí sabía que tenía un don para el dramatismo y que la exageración era su mejor habilidad.
Estaba segura de que fuera lo que fuese lo que le hubiera contado al cocinero era información incorrecta.
El hombre prosiguió.
—Me dijo que encontraron a la pobre señora Eleanor muerta entre los campos de narcisos y que la gente se peleaba por salir de aquí.
—Al menos una parte te la contó bien —contestó Morgan—. El jardín está destrozado.
—Vanessa tiene que estar que trina con respecto a eso.
Intercambiaron una mirada significativa. Dudaba que su madre fuera a superarlo en algún momento.
—¿Crees que habrá visto ya las cosas que dicen en internet? —preguntó ella.
Lionel torció los labios.
—Oh, sí que las ha visto. Esta mañana está en modo sargento instructor. No pienso interponerme en su camino y te recomiendo que hagas lo mismo.
En ese momento, sonó el timbre. Daphne soltó un par de ladridos de advertencia y tanto ella como Morgan se dirigieron hacia la entrada principal.
Abrió la puerta, lista para explicarle a quien quiera que fuera que el Daffodil Inn estaba cerrado. Estaba preparándose cuando reconoció a Nia, que sostenía dos cafés helados y una bolsa de Rosie’s Diner. Morgan sabía que contendría los bollos de canela de Rosie, que eran sus favoritos.
Su amiga le tendió el café como ofrenda de paz.
—Te he pedido uno con crujiente de canela por encima y otro con espuma fría endulzada porque no sabía qué versión de ti iba a encontrarme esta mañana.
Morgan soltó una carcajada breve y rota mientras Nia entraba en la pensión. Daphne la olisqueó con vigor.
—No hacía falta que vinieras —consiguió decir. A pesar de que se esforzó por mantener la compostura, se le quebró la voz.
—Claro que hacía falta, eres mi mejor amiga —contestó Nia de forma sucinta. Dejó la comida sobre la mesa del recibidor y se colocó las gafas de sol en la cabeza. Después, la estudió con los ojos marrones—. ¿Dónde iba a estar si no?
—Es domingo, normalmente tienes que trabajar en la heladería…
—He hecho que Niles se encargue del resto de mi turno. Además, he visto todo lo que se está comentando en internet. Sé cómo es eso, así que tenía que venir a verte.
Morgan apretó los labios e intentó respirar a pesar de la presión que notaba en el pecho. No se dio cuenta de lo mucho que se había estado conteniendo hasta que no estuvo cara a cara con la persona a la que había necesitado ver durante toda la noche.
—Todo se ha… ido a la mierda y no sé qué hacer —comenzó a decir Morgan, a quien las palabras le salían demasiado rápido para el ritmo de su respiración. El pecho le subía y bajaba y la nariz le escocía por las lágrimas.
Cuando Nia le abrió los brazos, titubeó unos segundos antes de acercarse a ella dando tumbos y aceptar el abrazo. Una vez que estuvo allí, todo se vino abajo. El dolor, el miedo, la vergüenza y el alivio salieron de su cuerpo mientras abrazaba a su amiga.
—He intentado mantener la compostura. No quería llorar delante de mamá o del resto de la gente —dijo con un hipido—. O delante de Will.
Nia la condujo hasta el salón y se acomodaron en el sofá mullido con las manos entrelazadas.
—Puedes derrumbarte conmigo —dijo su amiga en voz baja mientras volvía a atraparla en un fuerte abrazo.
Morgan le apoyó la cabeza sobre el hombro y dejó que cayeran las lágrimas.
A sus pies, Daphne gimoteaba con suavidad mientras le tocaba las piernas con las patas.
Entonces subió al sofá de un salto y le enterró la cabeza bajo los brazos.
Se quedaron así un rato, hasta que Morgan pudo recuperar el aliento.
—Gracias por venir —dijo al fin, mientras se apartaba con una sonrisa avergonzada.
Nia empujó el café hacia ella y fingió no darse cuenta de que llevaba la sudadera empapada por sus lágrimas.
—Tú lo habrías hecho por mí —contestó—. Y me siento como una amiga de mierda por haberme perdido el baile de anoche. Estaba agotada. Y ahora come, que sé que la señora Vanessa nos va a poner a trabajar.
Morgan se percató de que no le había preguntado ni por la señora Eleanor ni qué planeaba hacer su familia. Sencillamente, había ido a apoyarla y eso era más importante para ella de lo que Nia llegaría a comprender jamás.
El teléfono de la pensión comenzó a sonar en la cocina.
—¡Vanessa! ¡Es para ti! —gritó Lionel en dirección al piso de arriba.
—Pasa la llamada a mi despacho —respondió ella a gritos mientras bajaba las escaleras.
Morgan se dio cuenta de que la ropa de su cama estaba en la cesta que su madre llevaba pegada al costado.
La mujer entró en el salón con los labios preparados para regañarle.
Probablemente por haberse olvidado de las sábanas.
Pero entonces se fijó en la invitada que acompañaba a su hija en el sofá. Los ojos se le iluminaron.
—Nia, cielo, me alegro de verte de nuevo. —Estiró el brazo y dio un trago al café que Morgan no se estaba bebiendo—. ¿Es para mí?
—Todo tuyo —contestó Morgan mientras sonreía con los dientes apretados y la esperanza de que su madre no se diera cuenta de que había estado llorando apenas unos minutos atrás.
Vanessa Taylor pensaba que las lágrimas eran algo inútil, que las lágrimas nunca le servían de nada a nadie.
Lo único que servía de algo era hacer cosas.
Lo importante era lograr algo. Una lista completada de tareas pendientes le causaba una felicidad mayor de la que jamás lograrían ofrecerle los diamantes.
La mujer dio media vuelta y se dirigió hacia la cocina mientras daba otro largo trago de la bebida que había pertenecido a su hija. Daphne la siguió con obediencia, probablemente con la esperanza de que volvieran a echarle gambas.
—¿Quién es? —Oyó que preguntaba su madre con un tono de molestia en la voz—. Si es un periodista o algo así, puede besarme el…
Lionel interrumpió su diatriba.
—Ha dicho que se llamaba Max Greaves.
Morgan nunca había oído a su madre sonar tan fría como cuando exigió:
—Cuelga. Ahora mismo.