Capítulo 7 Morgan #2
Morgan las abrió por completo. Las bisagras chirriaron con un suspiro y dejaron a la vista unos estantes hechos a mano que contenían todos los productos de belleza de Eleanor: un surtido de maquillaje, brochas, rímel, polvos, perfume, desodorante y laca.
También había un bolso con abalorios abierto, cuyo contenido estaba desparramado: un ticket del almacén general, un tarjetero que contenía una pila de tarjetas de crédito y un móvil antiguo con tapa.
Hacía siglos que Morgan no veía uno de esos.
Desde las paredes con revestimiento de madera del mueble podía desplegarse un pequeño banco para crear un tocador improvisado.
Detrás del banco había un cubículo del tamaño de un niño pequeño oculto tras una portezuela.
Así había sido cómo, de pequeña, Morgan había permanecido escondida durante horas mientras Lionel, el cocinero de la pensión, la buscaba por toda la casa.
Seguía siendo la campeona reinante del juego del escondite.
Dentro del dormitorio, todavía sobre la cajonera, había una cesta de bienvenida abierta que Vanessa disponía para todas las personas que se alojaban en la pensión.
Con detallismo y meticulosidad, su madre solía preparar un regalo único para cada huésped, basándose en las preferencias que indicaban en la reserva.
La de la señora Eleanor incluía pretzels bañados en chocolate de Guy’s Grocery, una variedad de infusiones de manzanilla artesanales gentileza de Hailey Hamilton, de Cinnamon Grove, varios productos de tocador fácilmente olvidables que Morgan solía comprar al por mayor en el almacén general de Sylvester James (un cepillo de dientes, champú y acondicionador), y un tarrito de mermelada de fresa, cortesía de los fértiles terrenos de la granja Old Man Milton.
Según Morgan, aquellas eran las mejores frutas del sur.
En la mesilla de noche había una foto en la que la señora Eleanor aparecía con el que Morgan supuso que sería su difunto esposo cuando ambos eran mucho más jóvenes.
La imagen granulada y en blanco y negro los mostraba embelesados, sumidos en un beso tan íntimo que se sintió como si se estuviera entrometiendo.
Eleanor tenía los labios fruncidos y los ojos cerrados con ese gesto de alivio absoluto que muestran las mujeres cuando han encontrado a su media naranja.
El que Morgan suponía que era su marido parecía estar en medio de una carcajada y sus respectivos cuerpos estaban entrelazados en un momento intenso de pasión.
—Maldita sea… —masculló Morgan.
No sabía si alguna vez llegaría a experimentar algo así. El momento robado que había pasado bailando entre los brazos de Will podría considerarse bastante romántico si eras fan de que los mosquitos te picaran en los tobillos y de los ronquidos serenos de una border collie con asma.
Morgan se asomó al baño y lo encontró igual que el resto del dormitorio de la señora Eleanor: con señales de vida, como si tan solo se hubiera marchado un breve instante y estuviera a punto de regresar en cualquier momento.
De pronto, al oír los característicos silbidos de su madre mientras subía las escaleras, Morgan salió a toda prisa de la habitación, justo a tiempo de encontrarse en el escalón superior con Vanessa, que cargaba con una cesta de toallas limpias recién sacadas del cuarto de la colada.
Llevaba la larga melena recogida en un moño despeinado en el que todavía lucía las horquillas de pedrería de la noche anterior.
¿Acaso no había parado en toda la noche?
La mujer alzó la vista hacia ella, respondiendo a su pregunta.
Todavía llevaba los ojos enmarcados con delineador negro y, aunque estaba algo emborronada, la sombra de ojos con purpurina seguía intacta.
Tenía sombras oscuras bajo los ojos castaños y almendrados, y Morgan sintió como si se estuviera mirando en un espejo.
—¿Has quitado ya la ropa de tu cama? —le preguntó su madre con los labios fruncidos y sin andarse con rodeos.
¿No podía recibir siquiera un «buenos días» antes de que empezara a darle órdenes?
—Buenos días a ti también —masculló ella mientras la rodeaba para seguir bajando las escaleras.
—¡Espera! —le dijo a su hija, haciendo que frenara de golpe—. Lionel está en la cocina, no vayas a molestarlo para que te prepare el desayuno. Necesito que decida qué hacer con toda la comida que sobró.
—Tan solo iba a…
—Cuando llegue, Tiana tiene que lavar la ropa blanca, así que asegúrate de que tu cama esté deshecha. No necesito oír a esa chica soltando un puñado de excusas sobre por qué no están limpias esas sábanas.
—No estoy muy segura de que eso tenga importancia…
—Tu padre ha ido a hablar con el señor Reed para que arregle los narcisos y quite el maldito laberinto —añadió.
—Ma, no creo que puedas hacer eso…
—Y Daphne se muere por dar un paseo, pero yo no tengo tiempo para estar haciendo el tonto con esa perra. Ya sabes lo mucho que le gusta ir de un lado para otro. Hoy tengo demasiadas cosas que hacer.
—¿Tienes intención de despertar a toda la casa? —preguntó Morgan mientras gesticulaba a su alrededor, refiriéndose a la música que sonaba a todo volumen.
—Will, Angel y los Pruitt han dejado la habitación esta mañana, antes de que saliera el sol. Zara se ha marchado hace un rato. Estamos los tres solos.
Vanessa pasó junto a ella pisando fuerte y recorrió el pasillo hacia el armario de la ropa blanca. Era evidente que no estaba de humor para mantener una conversación sobre nada que no fuera el trabajo.
«Claro que no», pensó ella. Sacudió la cabeza, incrédula.
¿Estaba su madre intentando ignorar el hecho de que habían asesinado a Eleanor?
Seguir adelante con el negocio como si nada parecía contraproducente, sobre todo teniendo en cuenta que, en aquella situación, nada era normal.
Sus vidas habían cambiado para siempre. Morgan deseaba desesperadamente preguntarle a Vanessa si estaba bien.
Pero los años de intentarlo le habían enseñado que su madre no era dada a compartir lo que su corazón estuviese sintiendo.
Lo enterraba todo bajo las tareas y una lista de cosas pendientes que eran más importantes que cualquier distracción como las emociones.
La mujer dejó la cesta en el suelo y comenzó a doblar las toallas en rectángulos perfectos. Cuando giró la vista hacia ella, vio que su hija seguía junto a las escaleras, estudiándola.
—¿Me has oído? —dijo con un suspiro mientras se preparaba para repetir la orden de que se pusiera en marcha.
Morgan se sentía como si volviera a tener dieciséis años y estuviera de nuevo bajo el control de su madre. Mientras Vanessa siguiera viva, las cosas tendrían que hacerse a su manera y nada más importaba.
—Te he oído, ma. Alto y claro. —Contestó ella.
Bajó al piso inferior para buscar a Lionel con la esperanza de que pudiera prepararle una de sus famosas tortillas sin que su madre se enterara.
La tortilla granjera era el mejor plato de la carta de desayunos de la pensión.
Lionel siempre preparaba unos huevos perfectos y esponjosos y el crujiente salado del beicon coronado con la explosión del sabor ahumado de la salchicha hizo que Morgan bailara una jiga sobre el banco.
Daphne seguía el tenedor con la precisión de un francotirador entrenado por el Ejército, a la espera de que se le cayera algo.
Lionel era uno de los mejores amigos de su padre.
Habían sido compañeros de trabajo en el club de campo Cinnamon Crest desde muy jóvenes y habían seguido unidos a medida que iban ascendiendo.
Cuando Wesley le había contado que iba a abrir su propia pensión, se había llevado al amigo en el que más confiaba para que le acompañara en aquella aventura.
Lionel llevaba tanto tiempo formando parte de la historia de los Taylor que Morgan lo consideraba su tío: alguien a quien podía acudir y que la escucharía de verdad para comprenderla y no para replicarle o regañarle.
Procedente de la ventana abierta que había sobre el fregadero, una brisa cálida recorrió la cocina: una señal de que el verano estaba en camino.
Para ser una mañana soleada de domingo, Lionel estaba tan callado que resultaba sospechoso.
Por norma general, habría hecho algún comentario sobre el tiempo, sobre los narcisos dorados o incluso sobre lo experta que era Daphne a la hora de robar la comida que se le caía.
El hombre de piel caramelo estaba trabajando en silencio con los labios apretados en señal de concentración y las cejas, cuidadosamente arqueadas, fruncidas.
Morgan observó cómo se le sacudían los horribles pendientes de diamante que llevaba en ambas orejas mientras, sobre la isla, cortaba en trozos grandes una bandeja de gambas al vapor.
Cada pocos minutos, lanzaba a un lado una gamba para que Daphne la atrapara a la velocidad de la luz.
—Puedes decirlo. —Morgan fue la primera en romper el silencio mientras dejaba el tenedor sobre la mesa.
—¿El qué? ¿Que habéis consentido a la perra hasta decir basta? —Lionel sacudió la cabeza y lanzó otro trozo de gamba a un lado. El animal chasqueó la boca una vez y se relamió el hocico expectante. ¿Estaba tragando siquiera?
—Perdona, pero eres tú el que le está dando gambas para desayunar —señaló ella.
—Pero es que está ahí quieta, con cara triste… Cuando he llegado esta mañana, no tenía ni agua en el cuenco ni comida. Dejasteis a mi niña sin nada, como si estuviera muerta.
Morgan puso los ojos en blanco.
—Fue una noche dura, ¿de acuerdo?
Lionel señaló las bandejas de comida refrigerada que su madre le había dejado para que obrara un milagro con ellas.
—Me doy cuenta.
—¿Qué está diciendo la gente? —preguntó ella, avergonzada, moviendo de un lado para otro los pocos trozos de tortilla que le quedaban.
Seguía siendo pronto, apenas acababan de dar las ocho de la mañana, pero los cotilleos nunca dormían demasiado—.
Desde anoche no he tenido las agallas de mirar.
Estoy segura de que hoy Elaine Matthias lo habrá puesto en primera plana.