Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 7 Morgan
25%

Capítulo 7 Morgan

Morgan

Morgan se despertó con el sonido tranquilo de música R&B antigua. Incluso con la puerta cerrada, podía oír a una mujer cantando con tono meloso y desesperado sobre su dulce enamorado. Eso solo podía significar una cosa: su madre estaba borracha. Y un domingo, nada más y nada menos.

Vanessa Taylor era una criatura de costumbres.

Los domingos se despertaba temprano y se vestía de punta en blanco.

Si podía evitarlo, jamás se perdía una sola misa.

Aquel debía de ser uno de los días en los que había decidido quedarse en casa, lo que era comprensible.

Si su madre se hubiera acercado a menos de dos metros del tabernáculo de All Saints, la congregación la habría avasallado a preguntas incesantes y entrometidas en el aparcamiento.

No podía culparla por no querer enfrentarse a un puñado de feligreses indiscretos y criticones.

Además, tenían cosas más importantes en las que centrarse que en la opinión de los demás.

Como, por ejemplo, en salvar el negocio.

Morgan todavía estaba enfrentándose al hecho de que la noche anterior había sido real. Habían asesinado a Eleanor Langford y la reputación del Daffodil Inn pendía de un hilo.

Deseaba poder deshacer los acontecimientos de la velada.

La parte sobre el cadáver, no la de bailar lento con Will bajo las estrellas.

Todavía podía sentir sus brazos fuertes estrechándola en un abrazo.

Podría haberse quedado allí para siempre.

Pero ¿podría haber vivido una de esas cosas sin la otra?

Esa era la parte irónica de su vida: por cada cosa mágica que experimentaba, había un desastre a la vuelta de la esquina, esperando para devolverla de golpe a la realidad.

—Gracias, mundo cruel —masculló en voz alta.

Se suponía que aquel día tenía que regresar a su apartamento.

Si todo hubiera salido según sus planes, habría estado allí a primera hora tras haber salido pitando de la pensión.

Sus padres habrían disfrutado de un exitoso fin de semana y las reservas habrían inundado el sistema Online a lo largo de las semanas siguientes.

Estarían celebrándolo con café recién molido, unos rollitos de canela y tal vez algunas de las sobras del evento de cada año.

Ella habría cumplido con su deber anual como hija y podría haber regresado a su tranquilo apartamento de dos dormitorios sin tener que preocuparse por nada.

El ambiente de la casa estaba cargado. Podía sentirlo.

Lo más probable era que el día acabase resultando peor que la noche anterior.

A medida que la música iba subiendo de volumen, que era la manera que tenía su madre de indicarle que saliera de la cama, Morgan supuso que ya había esperado y retrasado lo inevitable durante tiempo suficiente.

Se quitó de encima la manta, se dio la vuelta de inmediato para volver a hacer la cama y se aseguró de meter bien las sábanas en las esquinas, tal como le había enseñado su madre.

Ahuecó los almohadones y les dio un golpe en el centro para que se mantuviesen erguidos.

Estiró la colcha para que no hubiera arrugas hasta que la habitación tuviera exactamente el mismo aspecto que en la página web.

La habitación Flor Silvestre era su favorita.

Antes de que sus padres hubieran comenzado a reformar la pensión, había sido su dormitorio de la infancia.

Los tonos suaves amarillos y lavanda junto con las vistas laterales de los campos de narcisos habían logrado que sintiera que era su propio mundo secreto.

Tenía una ventana saliente con un acogedor rincón de lectura que era el mejor lugar para echarse una siesta durante los largos días de verano.

Sus padres habían decidido mantener la ventana saliente y habían sustituido la pintura por un papel pintado floral recargado pero elegante.

Aun así, bajo todo aquello, seguía siendo su lugar favorito.

Rebuscó en su equipaje un par de leggings y una camiseta. En menos de diez minutos entró y salió del baño aseada y lista para trabajar. No necesitaba que el volumen de la música volviera a subir.

Con cuidado de no despertar a los Pruitt que se encontraban en la habitación contigua, Morgan cerró la puerta del dormitorio con cuidado.

La habitación Rayo de Sol, que se encontraba al final del pasillo, hacía honor a su nombre.

Las paredes eran de un color amarillo mantequilla y unos narcisos pintados a mano recorrían todo el borde del techo.

Morgan había escogido personalmente los muebles pintados de blanco, incluidas la espaciosa cómoda y la mecedora.

Varios años atrás, su madre había decidido añadir unos bajoplatos florales de la tienda de segunda mano sobre el armazón de latón de la cama porque Eleanor había asegurado que las paredes estaban «demasiado vacías».

Al llegar, la señora Pruitt había dicho que la habitación era «encantadora y romántica», lo que había hecho que Morgan se sintiera mucho mejor con respecto a las elecciones de diseño de su madre, que eran de cierto mal gusto.

El señor y la señora Pruitt eran unos amantes de las flores que estaban celebrando la segunda luna de miel de su segundo matrimonio, y a la mujer no le avergonzaba contarlo.

Aquella peculiar pareja había vuelto a tener contacto tras el cuadragésimo reencuentro del instituto y entonces ambos se habían dado cuenta de que, después de todo, estaban enamorados.

El señor Gilbert Pruitt, un anticuario jubilado que vestía tirantes, era un hombre tranquilo y curioso que siempre se guardaba alguna flor en el bolsillo para añadirla a su libro de recortes conjunto, al que denominaban «El sendero de los Pruitt».

Por otro lado, la señora Marlene Pruitt, el tipo de mujer que viste las blusas abotonadas hasta el cuello, era más habladora, aunque no con mucha diferencia. No hacían nada el uno sin el otro.

De camino al piso inferior, Morgan dejó a la izquierda el dormitorio de Will y Angel, la habitación Azulejo.

En la puerta, su padre había pintado a mano dos pájaros azules que revoloteaban sobre el pomo de latón con gesto triunfal.

Era la única habitación con camas dobles y una decoración totalmente azul: papel pintado toile en color azul pálido con muebles blancos.

El baño privado tenía un cabezal de ducha con efecto lluvia y, por las mañanas, ofrecía las segundas mejores vistas del amanecer.

La puerta estaba ligeramente entreabierta y, cuando Morgan terminó de abrirla con el pie, la encontró vacía.

A pesar de que vería a Angel en el colegio, le habría encantado tener la oportunidad de despedirse.

Quería tener la ocasión de darle las gracias a Will por toda su ayuda.

O tal vez tan solo se tratara de una excusa para volver a verlo tras la noche anterior.

En el poco tiempo que habían pasado juntos durante la velada, había descubierto más cosas sobre él de las que nunca había sabido.

Antes tan solo había sido el padre apuesto de Angel con el que todas las profesoras babeaban cuando iba a recoger a su hija a la escuela.

Tenía un aire de confianza tranquilo y sereno que lo convertía en alguien misterioso, peligroso e irresistible.

Morgan había leído suficientes novelas románticas como para saber que los padres solteros eran los más sexis, pero la vida le había demostrado una y otra vez que ella no era la protagonista.

Pasó junto al dormitorio de Eleanor Langford, que se encontraba justo al lado de la escalinata.

La suite Jardín: la favorita de todo el mundo.

Contaba con una cama de tamaño extragrande con dosel cubierta por sábanas retro con estampado de narcisos y unas paredes pintadas de un suave tono savia cubiertas con obras de arte de motivos botánicos.

Era la única habitación que tenía una bañera con patas.

También era la única del piso superior que ofrecía un balcón privado desde el que se podían ver en su totalidad los campos de narcisos.

Era perfecta para darse un largo baño, para escribir en un diario o para manifestar una vida nueva.

Aunque Morgan no sabía lo que era eso, por supuesto.

Aflojó el paso y, en contra de su buen juicio, echó un vistazo al interior, esperando encontrar a un grupo de agentes catalogando todas las pertenencias de la mujer para obtener pruebas.

En su lugar, la encontró vacía, como si Eleanor acabara de marcharse para dar un paseo matutino.

Abrió la puerta un poco más, dejando a la vista la opulencia de la estancia.

Sin importar cuántas veces las viera, jamás superaría las imponentes vistas del jardín.

A través de las puertas francesas, divisó las hileras de narcisos que se desperezaban bajo el sol matinal, engañosamente serenos tras los pisotones que habían recibido la noche anterior.

Algunas zonas del jardín habían quedado aplastadas, aunque no sabía si bajo los zapatos de los invitados asustados o los de los policías descuidados.

A pesar de que algunos narcisos estaban aplastados, Morgan seguía encontrando impresionante la belleza de la escena que se extendía ante ella.

La cama de Eleanor estaba hecha a la perfección.

Varios vestidos florales colgaban del armario antiguo de castaño que se alzaba contra la pared más alejada y que formaba parte de la casa original: el único mueble demasiado pesado como para moverlo durante las reformas.

Con el paso del tiempo, la madera de castaño había envejecido de maravilla y se había oscurecido, y en el punto exacto en el que la luz procedente de las puertas francesas incidía sobre ella, resplandecía con un cálido tono dorado.

Las puertas del armario, que tenían un motivo de narcisos tallado, estaban abiertas, como si la mujer estuviera justo allí, decidiendo qué ponerse aquel día.