Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 6 Will #3
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Capítulo 6 Will #3

—Digamos que Eleanor era capaz de hacerte sentir muy pequeño si no cumplías con sus expectativas.

Era todo perlas y pose, pero ¿la lengua que se escondía detrás de esas sonrisas?

Afilada como un cúter. Thomas la tenía atada en corto, pero, tras su muerte, todo fue cuesta abajo.

Verás, puedo entender el dolor. Perdí a mi Willbur hace casi diez años.

Pero eso no significa que puedas ir por ahí tratando de malas maneras a gente amable y trabajadora.

—Will no dijo nada a modo de respuesta. Supuso que la mujer tenía mucho más que añadir—.

Discutí con ella una vez que vino aquí un domingo durante la hora punta del brunch y me exigió que bajara la música, alegando que le estaba dando dolor de cabeza.

¿Sabes que llamó a la Policía? Si no lo hubiera conocido de toda la vida, Wade me habría puesto una multa.

Yo llevaba celebrando los brunch con jazz de los domingos más tiempo del que ella llevaba viviendo aquí.

—Cruzó los brazos sobre el pecho—. Así era Eleanor: un puñado de opiniones indeseadas que no temía expresar.

Pregúntale a Vanessa; sé que Eleanor y ella discutieron unas cuantas veces.

Eleanor tenía todo el dinero del mundo, pero ni un solo rastro de humildad.

Odio decirlo, pero aquí nadie lamenta que ya no esté.

Will resopló, pues eso era algo que le costaba creer. La Eleanor que conocía era amable y generosa.

—Vivió aquí la mayor parte de su vida; tiene que haber alguien que vaya a echarla de menos.

—Bueno, tal vez los de la biblioteca —dijo la mujer, pensativa, con un gesto desdeñoso.

Will sintió que había abierto un grifo y ya no había manera de que Clarissa dejara de hablar. Miró por encima del hombro en busca de Angel, pero la pequeña seguía en el baño.

—¿La biblioteca? —repitió.

—Todos los años, como un reloj, donaba dinero al Fondo de los Amigos de la Biblioteca.

Hace unos años incluso financió la reforma.

Pusieron su nombre en una placa y todo. Estoy segura de que sigue allí.

De lo único de lo que hablaba era del hecho de que había conseguido que pusieran su nombre en un edificio.

¡Qué diablos! Cualquiera con los fondos necesarios podría conseguir eso.

Cuando Angel le dio a Will una palmadita en el hombro y se metió en el reservado junto a él, Clarissa se calló.

—Voy a ponerme manos a la obra con vuestro pedido. Enseguida vuelvo con la infusión —dijo con tono alegre antes de alejarse.

Will tomó nota mental del hecho de que Eleanor tenía una larga lista de enemigos. Pero ¿la odiaban lo suficiente como para matarla? Necesitaba una segunda opinión, pero, antes, tenía que hablar con alguien que había estado presente durante los últimos instantes de la vida de Eleanor.

Le mandó un mensaje de texto a Caleb Brewster:

Llámame.

Su mirada vagó hasta la ventana mientras los engranajes de su cerebro empezaban a girar.

Cuando llegaron las tortitas, Angel sonrió al fin.

Will deseó poder capturar aquel momento para siempre.

El extra de nata estaba colocado de tal forma que dibujaba una cara sonriente.

Mantuvo la boca cerrada mientras su hija ahogaba las tortitas en sirope de arce.

El subidón de azúcar que experimentaría después de comer valdría la pena a pesar del bajón posterior.

La niña dio vueltas a la comida en el plato y tomó un bocado pequeño.

Después, tomó otro antes de dejar el tenedor, que se hundió en la montaña de nata hasta desaparecer por completo.

—¿De verdad está muerta la señora Eleanor?

Will se quedó petrificado en medio de un trago de café.

Ahí estaba: el momento que había llegado demasiado pronto.

Se enorgullecía de nunca mentirle a su hija.

Eso significaba que estaba al tanto de muchas más cosas de las que una niña de segundo curso debería saber, pero quería ser siempre sincero con ella, incluso aunque él mismo acabara herido en el proceso.

No había nada que le importase más que Angel. Merecía saber la verdad.

—Sí, melocotoncito —dijo al fin—. Está muerta.

Angel frunció el ceño y apartó el rostro de él como si, en su cabeza, estuviera intentando solucionar una ecuación complicada.

—¿Acaso no era una señora simpática?

Will pensó en la Eleanor Langford que conocía: ruidosa, elegante y amistosa.

No había tratado a su hija como a una niña, sino como a una compañera, como a una igual.

A pesar de lo que le había contado Clarissa, Angel no era la única devastada por lo que le había ocurrido a la mujer. Él también lo estaba.

—Era una señora muy simpática —contestó con tono amable.

—Entonces, ¿por qué querría matarla alguien? —preguntó la niña.

El café caliente se le fue por el otro lado, por lo que la garganta le ardía cuando replicó con voz ronca:

—¿Quién ha dicho que la mataron?

—Vi a la señorita Grace antes de que me obligaras a irme a la cama.

Una vez vino a clase durante las jornadas de orientación profesional y nos dijo que trabajaba en el sitio en el que están todas las personas muertas.

Que les saca fotos y cosas así. Jason Richardson le preguntó si tenía que acudir a las escenas de los crímenes.

Yo no sabía a qué se refería, pero veo Andrew Guy, investigador privado con el abuelo y también se lo oí decir en una ocasión.

—No lo sé, Angel —contestó él, estupefacto—, pero el tío Jesse y la Policía lo averiguarán. Cómete las tortitas.

—Pero, papá —gimoteó su hija—, ¿cómo van a saber…?

—Escucha, melocotoncito: a veces, a la gente buena le pasan cosas malas —le explicó con la esperanza de calmar sus preocupaciones—. No es trabajo nuestro comprender por qué. Eso se lo vamos a dejar al tío Jesse. Por ahora vamos a cuidar de la gente que nos rodea, ¿de acuerdo? Come.

Angel tomó el tenedor a regañadientes.

—Está bien —dijo con un suspiro.

Will le otorgó un instante y la observó mientras daba vueltas a las tortitas sobre el sirope sin tomar un solo bocado.

—Esta última semana habéis pasado mucho tiempo juntas —le dijo con tono amable—. Cuéntame otra vez a qué sitios habéis ido.

Recordaba que la mujer le había pedido permiso antes de salir a callejear con su hija, pero, al parecer, se le habían pasado por alto muchos pequeños detalles.

—Hemos ido a todas partes. —Angel se animó—.

En primer lugar, a la biblioteca. La señorita Aisha me deja tomar los libros prestados a mí sola.

Tengo que esperar a la marca verde y a que la máquina haga «¡Bip!

». Entonces es cuando sé que el libro aparece como prestado.

Después, fuimos a ese sitio con tantos zorros para recoger el vestido de la señora Eleanor para el festival.

—Un momento…, The Velvet Fox es donde te compré el vestido. ¿Quieres decir que podría haber encargado uno más barato y…?

Angel soltó una risita disimulada.

—El señor Frankie hizo uno especialmente para mí —dijo con una sonrisa resplandeciente.

Will negó con la cabeza. Una vez más, su hija lo había engañado para que le comprara una prenda cara.

Cuando alcanzara la adolescencia, iba a suponer todo un desastre para sus bolsillos—.

¡Incluso me dejó ponerme brillo de labios con purpurina!

—La sonrisa de su hija se apagó de inmediato—.

Se suponía que no tenía que contarte eso.

—Un momento… —La interrumpió Will.

Angel prosiguió al mismo tiempo que él.

—Fuimos a hablar con el señor Hartley en ese edificio grande y blanco.

—La pequeña se dio unos golpecitos en los labios con el dedo índice, pensativa—.

Oh, la señora Eleanor también me llevó a que la peinaran.

Después de eso, fuimos a visitar a un señor llamado Thomas y a una niñita que vivían bajo tierra.

Tuvimos que hablar en voz muy baja y la señora Eleanor se puso muy triste.

—¿Triste en qué sentido?

Ella se encogió de hombros.

—Me dijo que ella también tenía una hija, pero que ya no la tenía. No sonrió demasiado y tuvimos que quedarnos sentadas y quietas durante mucho rato.

A Will se le contrajo el pecho. Las personas que vivían bajo tierra tenían que ser el difunto marido de Eleanor y su hija. La mujer debía de haberla llevado al cementerio. No había sido consciente de lo mucho que Angel sabía sobre Eleanor.

—Le gustaba mucho estar contigo —dijo Will mientras le quitaba una migaja de tortita de la mejilla.

Ella bajó la vista.

—Era como tener una abuela divertida. Me caía muy bien.

Will le estrechó la mano con suavidad.

—Lo sé, melocotoncito. A mí también.