Capítulo 6 Will #2
Junto a él, la señora Pruitt se recolocó la correa del bolso enorme de cachemira con los labios fruncidos en un gesto de desaprobación.
Llevaba una chaqueta de lana rosa sobre una blusa blanca abotonada hasta el cuello.
De una cadena fina de oro colgaba un crucifijo que le reposaba sobre las clavículas.
Llevaba el cabello canoso apartado de la cara con una cinta de pelo fina y no había ni un solo mechón fuera de su sitio.
Escudriñó la cocina desde detrás de unas gafas bifocales como si esperara que el polvo (o el pecado) fuese a aparecer de un salto desde algún rincón.
Will echó un vistazo al reloj con forma de gallo que había en la pared. Acababan de dar las seis de la mañana.
Vanessa se puso en pie de golpe.
—Ay, no se apresuren, por favor. Lionel llegará en cualquier momento para preparar el desayuno y estaré más que encantada de invitarlos a la noche…
—No será necesario, Vanessa. —La señora Pruitt se aferró al brazo de su esposo como si fuese a salir flotando—.
No te ofendas, pero no queremos pasar ni un solo minuto más aquí.
Pensé que esta sería una buena experiencia para nosotros, pero he de decir que no ha sido más que una pesadilla.
—Resolló mientras alzaba la barbilla hacia el techo—.
¿Un asesinato? ¿Qué clase de sitio es este?
¡Y que, aún encima, nos interrogara la Policía!
—Se ha pasado toda la noche llorando —añadió el señor Pruitt.
La mujer se llevó la mano a la frente.
—Estoy sufriendo una gran agitación emocional —balbuceó—. No puedo… No puedo pasar aquí ni un solo segundo más.
—Tenemos que ponernos en marcha —dijo su marido de forma brusca, evitando hacer contacto visual.
Will contempló la conversación en silencio.
El señor Pruitt tenía los hombros cuadrados con indignación, mientras que Vanessa los tenía hundidos por la derrota.
La pensión había pasado de pintoresca a maldita de la noche a la mañana.
No podía culparlos, pero ver el gesto de la señora Taylor desmoronarse hizo que sintiera una punzada de dolor en el pecho.
—Lo entiendo —dijo Vanessa mientras se le quebraba la voz a pesar de los esfuerzos—. Buen viaje.
Desaparecieron por el pasillo. Will oyó que la puerta principal se abría y se cerraba, dejando tras de sí un frío persistente.
La dueña del negocio exhaló con fuerza y bajó la vista hacia el café que reposaba sobre la mesa, ya frío.
—Es la tercera cancelación de la mañana —murmuró—. Incluso me da miedo mirar el correo electrónico. Estoy segura de que habré recibido más mensajes de odio.
Will cambió el peso de pie. Después, se acercó a ella y le tocó el brazo con delicadeza.
—Esto no es culpa suya. La Policía se va a hacer cargo de todo. Saldrán adelante.
Ella levantó la vista con los ojos vidriosos.
—¿Eso crees?
Él le sostuvo la mirada.
—Es más fuerte de lo que cree.
Pasaron unos segundos antes de que la mujer asintiera.
—Dile a Angel que, si quiere, puede quedarse con la taza de té —dijo mientras la sacaba del lavavajillas y la enjuagaba.
—Le encantará —comentó Will con voz suave.
Cuando se disponía a marcharse, se detuvo en el umbral de la puerta y volvió la vista atrás hacia la mujer que los había tratado a su hija y a él como si fueran parte de la familia.
Vanessa volvió a dejarse caer sobre el banco y centró la vista de nuevo en la taza que tenía frente a ella como si fuese a desvelarle el futuro.
Will subió las escaleras con paso arduo mientras el peso del dolor y las preguntas sin responder le pisaban los talones.
A pesar de la hora temprana de la mañana, The Toasted Pecan ya estaba muy concurrido, repleto de clientes habituales que cuchicheaban sobre las noticias de la noche anterior con un café de por medio.
En la televisión anclada a la pared que había junto a la barra, un titular recorría el tercio inferior de la pantalla.
Will estaba demasiado lejos como para leerlo, pero, a juzgar por cómo todo el mundo había girado la cabeza hacia él al entrar, estaba seguro de que hablaba sobre el Daffodil Inn.
No era ningún secreto que en Reed & Roots se habían encargado del cuidado de los terrenos antes del Daffodil Jubilee.
En Cinnamon Falls, los rumores se esparcían a la velocidad de la luz y todo el mundo hablaba sobre el cadáver que habían encontrado en el laberinto.
Angel escogió uno de los reservados que había cerca de la ventana a pesar de que Will habría preferido una mesa al fondo del restaurante.
Por costumbre, se sentó mirando hacia afuera, pues siempre se aseguraba de no darle la espalda a la puerta.
Era algo que le había enseñado su padre.
Tal vez él pudiera romper el hielo y hablar con Angel, que apenas había dicho nada desde aquella mañana.
Justo cuando estaba a punto de sacar el teléfono móvil para hacer la llamada, vio que Clarissa Hargrove, la propietaria de aquel restaurante de estilo casero, se dirigía hacia su mesa.
Era la personificación humana de la palabra «reconfortante»: una mujer rolliza y educada que irradiaba calidez.
Llevaba el pelo arreglado en una perfecta melena corta gris que encajaba a la perfección con su rostro redondeado.
Se movía por el local como si tuviera todo el tiempo del mundo, saludando a los clientes habituales por el nombre y entablando conversación con cada uno de ellos sobre pequeños detalles de sus respectivas vidas.
Conforme se acercaba, sus rasgos suaves se iluminaron al ver a Angel.
—¿Quieres lo de siempre? —le preguntó Will a su hija, que había comenzado a garabatear en la esquina del mantel infantil de papel con la cera roja que le habían entregado.
Ella asintió.
—¿Puede ser con extra de nata, por favor?
De ningún modo iba a decirle que no.
—Claro que sí, melocotoncito.
Will vio que la amplia sonrisa de Clarissa se transformaba en un gesto solemne mientras se aproximaba a ellos. Se preguntó cuánto tiempo tendría que lidiar con esa clase de cosas.
—Me he enterado de lo que ocurrió en el festival.
¿Estáis los dos bien? —Pasó los ojos entre Will y Angel, que estaba demasiado ocupada rellenando la sopa de letras del menú infantil como para entretenerse con charlas.
Will deseaba poder tener algo con lo que distraerse también en lugar de tener que entablar una conversación que ocultaba un intento de desenterrar algún que otro cotilleo.
—Bien —contestó con una sonrisa educada.
En el sur, las charlas insustanciales eran una moneda de cambio y él tenía la cuenta en negativo. A pesar de que llevaba algo más de tres años viviendo en Cinnamon Falls, seguían considerándolo un forastero, hecho al que atribuirían su falta de modales.
—Me alegro de verte de nuevo, Angel —dijo Clarissa—. ¿Cómo te encuentras esta mañana?
—Hola, señora Hargrove —respondió la niña a regañadientes—. En esta ocasión, mi padre va a pedir el desayuno por mí porque la señora Eleanor no ha podido venir conmigo hoy —le informó, como si a esas alturas no se hubiera enterado ya medio pueblo.
—Ya veo —contestó Clarissa mientras las mejillas se le teñían de rojo y le dedicaba a la pequeña una sonrisa triste—.
Todos estamos un poco afligidos por eso.
Si no recuerdo mal, lo primero que solíais tomar era una infusión de manzanilla, así que te traeré eso, cariño. ¿Ya sabéis lo que vais a comer?
Will comenzó:
—¿Podría traer unas tortitas de canela con extra de nata para esta pequeña? —Angel asintió con gesto de aprobación—. Yo tomaré el combo de desayuno con salchichas.
Su hija fingió meterse un dedo en la garganta y tener arcadas.
—Esperaba que pidieras el beicon.
—Me lo imaginaba —contestó él, bromeando. Parte del motivo por el que se pedía las salchichas era precisamente para poder disfrutar de la comida sin tener que compartirla. De todos modos, le dedicó a Clarissa una mirada cómplice que significaba que les añadiera un extra de beicon para compartir.
Angel salió del reservado y anunció que iba al baño. Will se dispuso a acompañarla, pero ella lo frenó de inmediato.
—No soy un bebé —dijo con desdén—, puedo ir sola.
—Muy bien, señora —respondió él.
Clarissa se rio con disimulo mientras ambos observaban a la pequeña abrirse paso por el local.
—Es la monda —comentó—. Una auténtica diva. La última vez que estuvo aquí hizo que todo el restaurante acabara partiéndose de risa. Aunque no esperaba verla con alguien como Eleanor Langford.
Will arqueó una ceja.
—Entiendo que no era una gran admiradora suya.
—Es posible que tu hija sea la única persona de Cinnamon Falls que sí lo era.
—El tono de voz de Clarissa adquirió esa clase de neutralidad ensayada y cautelosa que uno adopta cuando intenta evitar un escándalo, pero quiere contar lo que sabe de todos modos—.
No me gusta hablar mal de los muertos, pero, por aquí, no se apreciaba demasiado a Eleanor.
—Se sacudió algo invisible del delantal—.
Hacía mucho tiempo que había quemado todos los puentes.
Will empezó a prestar más atención.
—¿De verdad?
Sabía que a la madre de Morgan no le había caído demasiado bien, pero no había creído que todo el pueblo tuviese algo en contra de aquella mujer.
Con él, siempre se había mostrado agradable, pero era posible que no la conociera tanto como la conocían los habitantes de toda la vida de Cinnamon Falls.
Clarissa le dedicó una mirada significativa.