Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 6 Will
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Capítulo 6 Will

Will

Domingo

Will se despertó sobresaltado, con una sensación de inquietud en las entrañas.

Nunca hacía caso omiso de una corazonada.

Algo iba mal. Se quedó tumbado en la cama, quieto, aguzando el oído para intentar detectar el sonido que lo había despertado del sueño.

En su lugar, lo único que oyó fue silencio y, cuando había de por medio una humana diminuta, el silencio siempre era algo sospechoso.

Abrió los ojos de uno en uno, recibiendo la luz del amanecer que estaba comenzando a filtrarse a través de las finas cortinas de la ventana.

Se incorporó y se estiró para desprenderse de la tensión de la espalda hasta que notó un crujido satisfactorio.

Estaba ansioso por volver a casa y recuperar tanto su colchón tamaño extragrande como la pared que separaba su dormitorio del de Angel.

Por mucho que estuviera disfrutando de pasar un tiempo en estrecha compañía de su pequeña, tenía ganas de disfrutar de cierta privacidad.

Cuando echó un vistazo al otro lado de la habitación, descubrió rápidamente que Angel no estaba roncando en la cama que se encontraba frente a la suya.

La colcha estaba apartada a los pies como si se hubiera marchado a toda prisa.

Atravesó la habitación en dos pasos rápidos y descubrió que las sábanas estaban frías como el hielo.

Con el sueño calándole todavía la profundidad de los huesos, se dirigió hacia el baño contiguo.

—¿Melocotoncito? —La llamó desde el otro lado de la puerta cerrada.

Ella no contestó, aunque podría deberse a que tenía una relación de amor-odio con el apodo que le había dado su abuela materna cuando tan solo era un bebé.

Cuando Tanya había llegado a casa desde el hospital con la niña, la pequeña iba envuelta en una mantita rosa.

La madre de Tanya, una mujer de Georgia de pura cepa, había empezado a llamarla «mi dulce melocotoncito» de forma afectuosa y en referencia al propio estado, conocido como «el estado del melocotón».

El apodo se había quedado. Sin embargo, Tanya y su madre, no.

Deslizó la puerta corredera para abrirla.

Vacío.

La noche anterior le había costado varias horas conciliar el sueño.

El grito se había repetido en su cabeza en bucle, seguido por los llantos desgarradores de Angel y la escalofriante declaración de Grace esperando entre bastidores.

Tenía que encontrar a su hija. Si él todavía estaba atormentado, no sabía cómo se estaría sintiendo ella.

Salió de la habitación a toda velocidad, teniendo cuidado de no resbalarse con la alfombra fina que se extendía de un lado a otro del pasillo. Con las antiguas láminas de madera crujiendo bajo su peso, bajó los escalones de dos en dos hasta llegar a la planta a pie de calle.

Encontró a Angel sentada en el salón principal con su pijama rosa a juego y sin un calcetín.

Daphne, que estaba echa un ovillo junto a su hija, masticaba dicho calcetín entre los dientes mientras la pequeña garabateaba en su iPad.

En la mesita que había junto a ella, había una taza de té abandonada con apenas un dedo de infusión.

Tenía el mismo diseño que la que Grace había encontrado la noche anterior.

Angel y la señora Eleanor habían compartido una rutina matutina: ver el amanecer mientras disfrutaban juntas de una manzanilla.

Después, solían pasear por los campos de narcisos.

Will se preguntó cuánto rato llevaría su hija esperando a que llegara la mujer.

La punzada que sintió en el corazón lo dejó sin aliento.

Se pellizcó el puente de la nariz para contener las lágrimas. Podría llorar más tarde.

A veces deseaba tener pareja, alguien en quien apoyarse y que pudiera tomar la iniciativa a la hora de abordar una conversación sobre la muerte.

Durante el embarazo de Tanya, se había quedado despierto hasta tarde para leer libros sobre paternidad, pero ninguno de ellos había contado con un capítulo titulado: «Cómo decirle a tu hija de siete años que su mejor amiga no va a volver».

Aquel no era el momento de lamentarse por la falta de ayuda. Tenía que ser fuerte por Angel. Si le preguntaba por Eleanor, le contaría lo que sabía dentro de unos límites razonables. Pero, si no lo hacía… Bueno, no tenía un plan para lo que eso significaba.

Su hija no alzó la vista mientras se acercaba a ella.

Cuando carraspeó para hacer notar su presencia, Daphne alzó las orejas hacia el techo.

El animal se dio la vuelta y colocó las patas sobre el respaldo del sofá mientras pasaba la larga cola sobre la pantalla de la tablet de Angel, bloqueándole la visión.

—Muévete, Daffy —se quejó la pequeña mientras intentaba agarrar la cola del animal, con lo que tan solo logró que la moviera con mayor rapidez y no pudiera alcanzarla.

Will se agachó para darle a la perra unas cuantas caricias matutinas y ella le pasó felizmente la lengua por el antebrazo a modo de pago por semejante gesto amable.

Angel seguía sin darse la vuelta. Se dio cuenta de que tenía los auriculares de unicornio bien puestos, así que le dio una palmadita en el hombro.

—Buenos días, cielo —dijo Will, otorgándole a su tono de voz toda la gravedad de la que fue capaz.

Ella se quitó los auriculares y guardó el boceto en el que estaba trabajando antes de alzar la vista hacia su padre.

—Estaba pensando en comer tortitas —dijo con toda la naturalidad del mundo, como si no se hubiesen pasado toda la noche rodeados de cinta policial.

Se dio cuenta de que no se encontraba bien, ni mucho menos, pero era evidente que todavía no quería hablar de ello.

A pesar de su edad, Angel no tenía problemas para expresar su opinión, ya fuese buena, mala, injustificada o solicitada.

Will se preguntaba de forma constante si crecer sin su madre había dejado algún tipo de agujero en su vida.

Y ahora se preguntaba si perder a la señora Eleanor le afectaría de algún otro modo.

Una cosa era perder a un ser querido, pero otra muy diferente era perder a alguien que formaba parte de tu familia por elección: un amigo.

—Vamos a hacer las maletas. Después, si quieres, podemos ir a The Toasted Pecan —le ofreció él.

Ella lo miró con legañas en los rabillos de los ojos.

—¿Todavía preparan esas tortitas de canela con sirope de miel?

A veces se parecía tanto a su madre que le revolvía el estómago. Tanya podría haberles ahorrado mucho sufrimiento si no hubiese…

—Y con mantequilla de arce —añadió, manteniendo un tono de voz calmado a pesar de que quería derrumbarse.

Deseaba poder deshacerse del dolor de su hija, hacer retroceder los relojes hasta la noche anterior, cuando aún era una princesa hada de jardín con su carísimo vestido de mariposas.

Tal como se sentía en aquel momento, habría comprado veinte vestidos más si eso hubiese hecho que la pequeña sonriese aunque solo fuera un poco—. Puedes comer toda la nata que quieras.

En el rostro de Angel se dibujó una sonrisa triste. Pero, para Will, incluso media sonrisa era una victoria.

Tomó la taza de té y se dirigió a la cocina mientras su hija subía corriendo al piso superior con Daphne pisándole los talones.

La señora Vanessa estaba sentada a la mesa de la cocina y sostenía una taza humeante de café con gesto inexpresivo.

La taza de cerámica le temblaba un poco entre las manos, traicionando la quietud que la mujer se esforzaba por mantener.

Atravesó la sala, metió la delicada taza de té en el lavavajillas y lo cerró con cuidado. El electrodoméstico se cerró de golpe con un sonido inusualmente fuerte en medio del silencio pesado de las primeras horas de la mañana. Will se apoyó contra la encimera.

—Vamos a marcharnos —dijo en voz baja—. A Angel le apetece comer tortitas.

Vanessa alzó la vista y pestañeó. Will se percató de que todavía llevaba el maquillaje de la noche anterior sobre la cara arrugada. Se preguntó si habría dormido algo o si se habría pasado toda la noche en vela, clavada al suelo de la cocina.

—Claro —dijo ella tras un instante—. Estoy esperando a que llegue la Policía. La jefa Raines dijo que vendrían a primera hora. Gracias por haberte quedado. Y por todo. Sé que adoraba a Eleanor.

—Así es —contestó con la voz pastosa—. Yo también. —Hizo una pausa mientras se frotaba la nuca—. Ha sido muy buena con nosotros, señora Vanessa. No me tomo eso a la ligera. Gracias por abrirnos sus puertas a pesar de todo lo que está ocurriendo.

La mujer asintió y le dedicó una sonrisa tibia.

—No hay de qué, Will. Angel y tú seréis bienvenidos siempre que queráis.

Antes de que pudiera responder, unos pasos atronaron sobre sus cabezas y prosiguieron por las escaleras. Daphne llegó primero. Después el señor Pruitt apareció en el umbral de la puerta. Su esposa iba pisándole los talones, arrastrando por las lamas de madera del suelo la maleta de ruedas llena.

—Vamos a dejar ya la habitación —anunció el señor Pruitt, un hombre enjuto a mediados de la sesentena.

A toda velocidad, se caló la gorra marrón de repartidor de periódicos sobre las orejas grandes y sacó la barbilla hacia afuera de un modo que hacía que pareciera que estaba perpetuamente molesto con la situación.

Jamás relajaba la profunda arruga que tenía entre las cejas y que, con toda probabilidad, se le había formado en algún momento durante la presidencia de Nixon.

Llevaba los pantalones caqui planchados a la perfección y remangados sobre unas deportivas de suela de goma.