Capítulo 5 Morgan #3
—Nada de lo que ha ocurrido esta noche es culpa tuya, Morgan. Esto no recae sobre tus hombros.
—Me siento muy… culpable —contestó ella.
Will dio un largo trago a la cerveza y soltó un suspiro.
—Sí, eso lo entiendo —dijo tras un instante.
El tono de su voz hizo que Morgan se girara para mirarlo.
Ya no estaba sonriendo—. De adolescente, era el que siempre metía la pata: me saltaba las clases, me metía en peleas…
Hacía todo tipo de locuras. Estuve a punto de destrozar el negocio de mi padre.
—«Locuras» —masculló ella mientras los pensamientos le daban vueltas en la cabeza. ¿Quién había sido Will antes de llegar a Cinnamon Falls? ¿Llegaría a descubrirlo en algún momento?
—Volvía loco a mi padre, que siempre me estaba comparando con mi hermano.
Morgan arqueó una ceja. ¿Había dos como él?
—Déjame adivinar: tu hermano es neurocirujano y su esposa, enfermera. Tienen un hijo perfecto y un golden retriever que se llama Biscuit.
A sus pies, Daphne soltó un gruñido.
—Parecido. —Will se echó a reír—. Él es cardiólogo y su mujer, contable. Tengo dos sobrinos, Jayden y Jordan, que son gemelos y nunca sacan menos de un sobresaliente. Y tienen dos peces: Epi y Blas.
Morgan soltó un bufido burlón.
—Cómo no.
A Will se le curvó la comisura de los labios en una leve sonrisa y dio otro trago de cerveza.
—Se suponía que la empresa de paisajismo de mi padre pasaría a mis manos, pero, cuando me desvié del camino del hijo ideal, dejó de mencionar el asunto.
—Morgan se percató de lo tensa que tenía la mandíbula mientras proseguía—.
Fui a una escuela de barbería y empecé a cortar el pelo.
Supuse que, si no iba a continuar el negocio familiar, podía forjarme mi propio camino, ¿sabes lo que quiero decir?
Morgan conocía mejor que nadie las complicaciones propias de los negocios familiares.
—De pequeña, lo único que quería era ser normal por una vez, así que convencí a mis padres de que me dejaran asistir al colegio público en lugar de que me educara en casa una mujer que seguía llamando «Marthasville» a la capital de Georgia.
—Will soltó una carcajada a modo de respuesta—.
Sin embargo, en mi clase de primer curso había dos Morgan, así que empecé a vestir de morado para diferenciarme.
No quería ser «la otra Morgan» o la chica cuyos padres regentaban la pensión.
Tan solo quería… —Se mordió el labio— que me vieran como soy y no como todo el mundo quiere que sea.
Yo misma, sin más. —Los ojos le escocían por las lágrimas y se obligó a contenerlas.
Ya había llorado suficiente por una sola noche—.
Solía creer que mi madre estaba hecha a prueba de balas.
De algún modo, siempre encontrábamos la manera de salir adelante; incluso durante las temporadas bajas.
—Morgan pestañeó rápidamente, oponiéndose a la oleada de emoción que le subía por la garganta—.
No sé si podremos luchar para salir de esta —susurró—.
Las reseñas, los medios de comunicación, la Policía…
¿Cómo te recuperas de algo como un asesinato?
Will dejó la botella en el suelo y se giró hacia ella por completo.
—Se nos ocurrirá algo. A ti y a mí. Tu familia me ha hecho un favor y un Reed siempre paga sus deudas. Trabajaremos juntos en ello, descubriremos quién ha hecho esto y limpiaremos el nombre de tu familia. No estás sola.
Alzó la vista hacia él y, durante un breve instante, el miedo, la presión y el peso aplastante de la responsabilidad desaparecieron.
—¿Por qué estás siendo tan amable conmigo? —le preguntó en apenas un susurro.
—Porque te veo —contestó él—. Aunque a veces quieras tirar la toalla, en el fondo sabes que no lo harás. Y, para mí, eso es importante.
Aquellas palabras la asaltaron como una ráfaga cálida de viento. Sonrió por primera vez en lo que le parecieron días. Entonces, él le tendió la mano.
—Eh… No he llegado a entregarte esas flores y tampoco hemos bailado.
Morgan soltó una carcajada mientras el corazón le latía dentro del pecho con un sonido envolvente.
—No hay música.
Will se llevó un dedo a los labios mientras la orquesta nocturna de la naturaleza los envolvía.
—Sí la hay.
Esperó con paciencia mientras Morgan pasaba la vista entre él y su mano extendida. Estaba actuando como si aquella noche no hubiese sido un desastre, como si tuvieran tiempo para un baile cuando todo estaba arruinado…
—Manda callar a tu cerebro —intervino él mientras una sonrisa le asomaba entre los labios—. Todo lo demás puede esperar.
Morgan colocó la mano sobre la suya. Entonces, como si estuviera tirando de un hilo invisible, Will la atrajo hacia él. Le rodeó la cintura con los brazos y ella apoyó la cabeza en su pecho, aferrándose a la única cosa firme en un mundo que parecía estar derrumbándose bajo sus pies.
Él empezó a mecerse y Morgan lo imitó. Bajo las estrellas titilantes y el aroma de los narcisos aplastados, bailaron, corazón con corazón, acompañados por la improvisada orquesta de la naturaleza.