Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 5 Morgan #2
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Capítulo 5 Morgan #2

Horas más tarde, Morgan salió por la puerta lateral y plantó ambos pies sobre el jardín.

Cuando los movió, sus dedos se regocijaron, libres de las ataduras de unos apretados zapatos de tacón alto.

Enterró los talones a mayor profundidad y la hierba suave y fresca recibió su presencia de buen grado.

La oscuridad la envolvió mientras la luz de la luna resplandecía de forma hechizante sobre el río, que fluía con lentitud.

En aquel momento, las risas y la música de antes se habían desvanecido y habían sido reemplazadas por los ruidos nocturnos de la naturaleza.

Los sapos croaban sin cesar mientras las cigarras y los grillos se sumaban a su orquesta.

Cuando cambió el peso de pie para sacar el móvil, el sensor de movimiento se encendió y la bañó con un resplandor cálido pero solitario.

Las secuelas provocadas por aquella velada frenética quedaron a la vista.

Parecía como si un desastre natural hubiese arrasado con el Daffodil Inn, su hogar de la infancia.

El laberinto, anteriormente impecable, en el que Will y su padre tanto habían trabajado, estaba cubierto de cinta policial amarilla.

La pista de baile improvisada estaba rodeada de sillas abandonadas, volcadas y en diferentes estados de colapso.

Los manteles de color pastel manchados que cubrían las mesas altas ondeaban con la brisa.

Vasos, cubertería y platos hechos añicos resplandecían entre la hierba aplastada bajo las huellas de las botas que iban de un lado para otro.

Si no hubiesen sido las dos de la madrugada, habría gritado.

Se tragó a la fuerza el nudo que tenía en la garganta.

Se rodeó el cuerpo con los brazos, pero, aun así, las lágrimas se le escaparon.

Llorar siempre hacía que se sintiera débil, como si hubiese permitido que alguien viera las grietas que tenía en el interior.

Había crecido siendo fornida en un pueblecito en el que ser más gruesa que un palo estaba mal visto.

Debería ser la reina de vivir bajo presión.

Desbloqueó el teléfono y se encontró con un aluvión de notificaciones: etiquetados, mensajes, videos y menciones.

Un video estaba siendo tendencia, destinado a convertirse en algo viral: una lenta panorámica de la cinta policial con música dramática y una leyenda que rezaba «Fiesta asesina en el jardín».

Alguien había comentado: «Vaya con la hospitalidad sureña».

Otro comentario: «No pienso volver a este sitio. Me han arruinado la velada».

Se quedó sin aliento. No se veía capaz de leer las reseñas de la pensión. Una mala publicidad implicaba malas reseñas, las malas reseñas implicaban falta de reservas y la falta de reservas implicaba…

Justo cuando empezaba a nublársele la visión, una voz se coló entre todo el ruido.

—¿Morgan?

Se dio la vuelta a toda velocidad mientras pestañeaba con fuerza para deshacerse de las lágrimas y se guardó el móvil. Will estaba a un par de metros de distancia. Daphne estaba junto a él, jadeando con la boca abierta y la lengua colgando.

Llevaba una camiseta fina bajo una chaqueta de estilo utilitario que se le ceñía al torso amplio.

Con una mano sujetaba la correa rosa fucsia de la perra mientras, con la otra, sostenía una botella de cerveza medio vacía.

Debía de haber sacado al animal a dar un paseo nocturno, que eran sus favoritos.

Pensó que todos necesitaban un momento de soledad para recuperarse de tanto drama.

—Hola —dijo mientras intentaba aclararse la garganta sin que resultase evidente. Daphne se acercó a ella a toda velocidad, emocionada. Se agachó para acariciarle la cabeza y, entonces, el animal se tumbó a sus pies—. Pensaba que Angel y tú os habríais marchado después de todo lo que ha ocurrido.

—No me parecía bien irme sin comprobar cómo estabas —contestó él mientras metía la mano libre en el bolsillo de la chaqueta—. Además, es tarde. No me atrevería a despertar a mi hija ahora mismo. —Will señaló a la perra—. La he visto husmeando por ahí y he supuesto que le vendría bien un amigo.

—Le gusta pasear por la noche —comentó Morgan.

Él se colocó junto a ella y se quedó en silencio un instante mientras el croar de los sapos llenaba el silencio. Morgan lo agradeció. En ese instante, no necesitaba palabras vacías de consuelo. Necesitaba a alguien con quien compartir todo aquello.

Deseó que Nia estuviera allí, pues su mejor amiga siempre sabía qué hacer.

Había resuelto el asesinato de Rosie por pura determinación.

Había recibido un poco de ayuda de Jesse, pero ella se había negado a detenerse incluso cuando eso le había costado el negocio familiar.

Habían tardado un año entero, pero habían conseguido reconstruirlo y, en aquel momento, The Cinnamon Scoop era un negocio más fuerte que nunca.

Morgan quería creer que lo mismo era posible en el caso de sus padres, pero no podía concentrarse en ninguna salvación futura que quedase fuera de vista.

No tenía tiempo para eso. En aquel preciso instante, lo único que existía era el desastre que se desplegaba ante ella.

—La pensión está condenada —dijo al fin en voz alta. Will esperó y ella prosiguió—. A mi madre tan solo le importan los narcisos. Mi padre está muerto de vergüenza y yo solo… —Se rodeó el cuerpo con los brazos.

«Estoy intentando no llorar», pensó.

—Lo estás llevando mejor que la mayoría —respondió Will—. Te he visto antes ahí fuera —añadió, señalando el porche delantero—. Creo que lo estás haciendo lo mejor posible, dadas las circunstancias.

Morgan sacudió la cabeza mientras se apretaba el torso aún más fuerte con los brazos.

—Siento como si todo fuera culpa mía —masculló.

Él asintió con lentitud. Morgan fingió no darse cuenta de cómo la luz de la luna se reflejaba sobre su tono de piel oscuro y cómo, desde donde se encontraba, sus labios dibujaban la forma perfecta de un corazón.