Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 5 Morgan
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Capítulo 5 Morgan

Morgan

Los tacones de Morgan retumbaban por toda la casa vacía, lo que contrastaba de una forma muy marcada con el caos del exterior.

Allí fuera se había desatado un infierno.

Se oían unas sirenas lejanas que se iban acercando mientras las luces rojas y azules cubrían las instalaciones.

En el camino de acceso se agolpaban los agentes uniformados que estaban dirigiendo el tráfico, que había empezado a colapsar en la entrada.

En la cocina, sus padres seguían vestidos con la ropa del festival.

Su madre se encontraba junto al fregadero, con los dedos cerrados con fuerza en torno a una botella de vino sin abrir, como si hubiera estado planteándose la idea de bebérsela entera.

Justo cuando Morgan entraba, se dio la vuelta y, con un silbido dramático, la cola de su vestido negro con un hombro descubierto, adornado con pedrería, ondeó con tuerza en torno a su figura con forma de botella de coca cola.

Su padre estaba sentado en el extremo de la isla alargada con los ojos vidriosos, la corbata suelta y las palmas de las manos apoyadas sobre la mesa como si las necesitara para mantenerse erguido.

Ninguno de los dos dijo nada. Morgan no estaba muy segura de que la estuviesen viendo realmente frente a ellos, pues estaban demasiado ocupados calculando cuánto daño sufriría la reputación de la pensión como un refugio seguro y pacífico ahora que se había convertido en la escena de un crimen.

La jefa de policía, Raines, se había marchado.

Eddie Rutherford también. Daphne, la border collie de la familia, atravesó las baldosas con diseño de ajedrez de la cocina para llegar hasta ella, haciendo resonar las patas sobre el suelo.

Ya era demasiado grande como para que Morgan pudiera levantarla en brazos, así que, en su lugar, se agachó hacia el suelo y la aferró contra ella.

A juzgar por cómo temblaba, la perra estaba aterrorizada.

Le dio besos suaves en lo alto de la cabeza mientras le aseguraba que todo iba a salir bien a pesar de que ella misma no se lo creía.

Le rascó detrás de las orejas y le acarició el suave pelaje blanco y negro.

El animal movió la cola de un lado a otro antes de posarla sobre las baldosas.

—He tenido que dejar que saliera del sótano, ya que no dejaba de llorar —masculló su madre mientras señalaba a Daphne.

Vanessa miró a su hija con los ojos vidriosos por las lágrimas—.

¿Puedes creer que no sea capaz de encontrar por ninguna parte el maldito sacacorchos?

—Cerró el cajón más cercano de golpe, haciendo que la cubertería de plata del interior se sacudiera—. ¿Qué te han dicho sobre Eleanor?

—Grace no sabrá nada con certeza hasta que no la lleve a la morgue —contestó ella mientras se preguntaba si debería contarles todo.

La verdad le reposaba sobre el pecho, pesada como una piedra.

Decidió que el silencio era peor que las malas noticias—.

Ha… encontrado algo —añadió. Su padre al fin alzó la vista y posó la mirada de acero sobre ella—.

Una taza de té bajo el cuerpo de Eleanor.

Vanessa pestañeó como si su hija estuviera hablando con algún código secreto.

—Siempre iba por ahí con una. Las encontraba allá dondequiera que fuera.

—Y un cuchillo —les informó Morgan mientras se aferraba todavía más a Daphne—. A Eleanor la han… asesinado.

Su madre se quedó paralizada. La botella que tenía en la mano se le escurrió hacia un lado, pero consiguió atraparla justo a tiempo y la dejó sobre la encimera con un golpe seco.

—No —susurró. La palabra se le escapó de los labios como si la hubiera sorprendido.

Se llevó las manos de golpe a la boca y después al pecho—.

No, no, no. —Sacudió la cabeza y retrocedió como si aquella noticia fuese un ente físico que se dirigiera corriendo hacia ella.

El rostro se le quedó lívido—. ¿Aquí, en esta casa?

—Estaba empezando a alzar la voz mientras el pánico se abría paso con uñas y dientes hacia la superficie.

Se giró hacia la ventana y descorrió la cortina.

—Vanessa… —comenzó a decir su padre.

Sin embargo, su esposa prosiguió, frenética.

—Tenemos que sacar a todo el mundo de la propiedad ahora mismo.

—La ventana que se encontraba sobre el fregadero era el punto perfecto desde el que poder contemplar todo el patio trasero.

Si fuese de día, la vista alcanzaría hasta el río—.

Antes de que llegue Elaine Matthias y aparezcamos en el periódico de mañana con el titular: «Muerte en el Daffodil Inn».

—Se giró hacia Wesley con los ojos abiertos de par en par—.

¡Dime que esto no está ocurriendo! ¡Dime que la velada no está arruinada!

Morgan agachó la cabeza.

—Mamá, ha muerto una mujer. Tenemos que…

—Sí, eso ya lo sé —dijo su madre entre dientes—.

Y, créeme, no hay nadie más desolado que tu padre y yo.

¡Pero eso no significa que vayamos a quedarnos de brazos cruzados mientras esa gente me pisotea las flores!

¡Las están destrozando! —dijo, inquieta.

Daphne enterró el hocico bajo las piernas de Morgan mientras su madre seguía refunfuñando—.

La tal Raines ha asustado tantísimo al fotógrafo y al del catering con sus preguntas que los hemos tenido que mandar a casa.

—Con la mano, hizo un gesto en dirección a las pilas de comida intacta que tenían trente a ellos—.

¿Sabes cuánto tuvimos que pagar por esos crostini de brie ? ¿Y por las gambas? ¡Las gambas, Wesley!

—¿Tienes que preocuparte ahora mismo por las gambas? —preguntó Morgan, incrédula.

—No se trata de las gambas… —intervino Wesley.

—¡Lo que me preocupa es la pensión, Morgan!

—subrayó su madre mientras las lágrimas se le agolpaban en los ojos—.

Tu padre y yo llevamos toda la vida trabajando para convertir este sitio en un lugar respetable, ¡en algo duradero que nos sobreviviera a nosotros y también a ti!

¿Sabes lo frágil que es la reputación en un lugar como este?

Su padre se puso en pie con lentitud.

—Vanessa… —le advirtió con un tono autoritativo en su voz grave de barítono. Daphne alzó las orejas.

—No, Wesley, tiene que oír esto. —Su madre se giró hacia ella con los ojos entrecerrados—. Toda nuestra vida está en este sitio y, ahora, ¡ha habido un asesinato en nuestro jardín delantero!

Técnicamente, había ocurrido en el patio trasero, pero a Morgan no le pareció que aquel fuese el momento de indagar en cuestiones semánticas. Pasó la vista entre sus padres, que tenían el rostro arrugado por el miedo y la decepción, como si fuera culpa suya. ¿Por qué todo era siempre culpa suya?

—¿Creéis que quería que ocurriera esto? —La voz se le quebró bajo la presión que se estaba formando en su interior.

—No, cielo, claro que no —comenzó a decir Wesley.

Vanessa abrió la boca para hablar, pero, en su lugar, frunció los labios.

Volvió a girarse hacia la ventana y observó las luces que brillaban sobre el césped.

El silencio cubrió la cocina. Morgan habría preferido escuchar la voz que no dejaba de refunfuñar en el interior de la cabeza de su madre que ser tratada con esa frialdad.

Se preparó para que, aunque no llegara a decirlo nunca, su madre acabara culpándola.

Además, había sido ella la que se había abierto paso hasta el interior del laberinto.

Vanessa se frotó las sienes en círculos lentos y prosiguió.

—Tiene que marcharse todo el mundo. Quiero que este sitio se quede vacío.

Morgan se cruzó de brazos.

—¡No podemos despachar a todos los huéspedes sin más! ¿Qué quieres que les diga a Zara y los Pruitt? «¡Gracias por haber venido! ¡Siento lo del cadáver! ¡No se olviden de la reseña de cinco estrellas!».

—Morgan… —le advirtió Wesley, que volvió a ponerse la americana y le tendió la mano a su hija—. Ya nos preocuparemos por los huéspedes en otro momento. Ahora vamos a despejar el recinto y a ayudar a toda esa gente a llegar al coche.

Morgan cedió y le tendió la mano. Él tiró de ella para ponerla en pie. Era mejor que se marcharan para disipar la tensión. Una sola palabra más de su madre en aquel tono de «Estoy muy decepcionada contigo» y le estallaría una vena, y ya habían vivido demasiada tragedia por una sola noche.

Vanessa tomó dos puñados de gambas y se los metió en la boca mientras volvía a rebuscar entre los cajones. Morgan supuso que andaba en búsqueda y captura del sacacorchos. La mujer no levantó la vista cuando les dijo:

—Y decidles que no pasen por encima de mis parterres.

Daphne fue trotando a su lado mientras su padre y ella se dirigían hacia la puerta.

Wesley la abrió y Morgan salió en primer lugar.

El aire la recibió con un frescor primaveral pronunciado que le enfrió las mejillas.

Sin embargo, bajo el frío se escondía algo más pesado: un trasfondo que se aferraba al caos como si la noche estuviera conteniendo el aliento.

Poco a poco, los invitados salían a la calle, murmurando entre ellos como abejas en una colmena sacudida.

Algunos estaban llorando y otros susurraban mientras estiraban el cuello para asomarse al laberinto con esa mezcla de curiosidad y miedo que solo aparece cuando a otra persona le pasa algo terrible.

Morgan respiró hondo y puso el gesto que reservaba para las reuniones obligatorias del colegio y las recaudaciones de fondos.

—Lo sentimos muchísimo —dijo, dirigiéndose a la multitud—. Por favor, regresen a casa con cuidado. Pronto tendremos más información. Por ahora tenemos que dejar que la Policía haga su trabajo.

—¿Saben qué es lo que ha ocurrido? —gritó alguien entre el gentío.

Junto a ella, su padre se puso tenso.

—No —mintió el hombre—. No sabemos nada.