Capítulo 4 Will #2
El vello de la nuca se le erizó. Sintió la presencia de Morgan antes de que apareciera a su lado.
Puso empeño en hacer contacto visual, pero ella no giró la cabeza en su dirección.
Había estado llorando. Mientras atravesaba el seto, se enjugaba los ojos húmedos.
Sin pensarlo, Will alzó una mano frente a ella para evitar que se acercara más.
—No tan rápido, amiguita —le advirtió Grace al mismo tiempo.
Tras garabatear algo en su bloc de notas, Jesse se llevó el bolígrafo a los labios. Ladeó la cabeza y volvió a mirar bien a la mujer.
—¿Era huésped en la pensión? —preguntó la forense.
Hizo estallar otro fogonazo de la cámara y Will temió que el destello repentino de luz fuese a borrarle la memoria.
—Sí —contestó Morgan. Se pasó una mano por las trenzas que se le habían soltado del peinado que llevaba. Will se percató de que, en algunas, llevaba mechas de un color morado eléctrico—. Se registró el lunes. Siempre la alojamos en la suite Jardín.
Morgan señaló la habitación que sobresalía del lateral del edificio. Las puertas francesas, que comunicaban con un balcón privado, estaban abiertas de par en par y las cortinas ondeaban con la brisa. En las profundidades del dormitorio, una luz seguía encendida, resplandeciendo desde el interior.
—¿Siempre? —preguntó Jesse.
—Viene todos los años y se queda durante el Daffodil Jubilee —le explicó Morgan.
—¿Es posible que se haya caído? —preguntó su amigo mientras pasaba la vista por turnos entre la señora Eleanor y el balcón.
Los cuatro estiraron el cuello en aquella dirección. La distancia era grande y, con una caída tan larga, sin duda se habría roto alguna extremidad.
—Imposible. —Morgan fue la primera en hablar—. Alguien habría visto a una mujer precipitándose por el borde.
—¿Qué ha ocurrido exactamente? —dijo Jesse con una voz nasal que Will no le había oído utilizar nunca antes.
«¿Es esa su voz de policía?», se preguntó.
Parecía como si hubiese sido el día anterior cuando su amigo se había visto envuelto hasta las cejas en un caso de asesinato que había sacudido los cimientos de Cinnamon Falls.
Para cuando las cosas se habían calmado, Asad Lyons, el querido y veterano alcalde del pueblo, y Vernon Prescott, jefe de policía, habían sido desenmascarados por su corrupción en el caso de asesinato de Sienna Rose y su madre, Rosslyn, cariñosamente conocida como «Rosie», la antigua dueña de Rosie’s Diner.
No había sido solo un pequeño escándalo, sino todo un terremoto, de esos que partían por la mitad la confianza de las personas y las dejaba rebuscando entre los escombros de lo que creían haber sabido sobre su agradable pueblecito.
Aquello había sacudido a toda la comunidad de un modo tan severo que la gente acababa de comenzar a respirar tranquila de nuevo y a cotillear sobre los dramas vecinales más insignificantes en lugar de sobre tapaderas y veredictos del juzgado.
—¡Se supone que eso es lo que tienes que descubrir! —replicó Morgan—. Un instante estaba ahogándome con una fresa y, al siguiente, estaba corriendo entre la multitud porque alguien había gritado como si lo estuvieran asesinando.
—¿Quién? —graznaron Grace y Jesse a la vez. Will miró en dirección al cielo por si se había extraviado algún pájaro.
—No lo sé —contestó ella con los labios fruncidos—. Ha sido Caleb Brewster el que me ha indicado que entrara al laberinto. —Morgan cruzó los brazos sobre el pecho mientras pasaba la vista entre la forense y el policía—. ¿Dónde está Nia?
Jesse se enderezó ante la mención del nombre de su prometida. El flash se disparó de nuevo cuando Grace volvió a ponerse manos a la obra. Will tosió para romper el silencio que, a cada segundo que pasaba, se volvía más atronador.
—En casa, durmiendo —contestó Jesse—. El festival la ha dejado agotada. Pero, volviendo con este asunto…
—No veo pruebas de ningún crimen, agente Shaw —lo interrumpió Grace, muy seria—. Tendría que volver a examinarla en la mesa de la morgue para saber más, pero no veo heridas defensivas ni hematomas de ningún tipo que se encuentren fuera de lo normal. Tal vez haya muerto por la edad.
—¿Así que ha decidido estirar la pata justo esta noche? —preguntó Morgan.
Will volvió a toser, cubriéndose la boca con el puño para ocultar una carcajada. No era gracioso en absoluto, pero Morgan tenía el don de lograr que casi cualquier situación se convirtiera en un espectáculo cómico.
—El momento es desafortunado, pero no es como si pudiéramos elegir cuándo morir —comentó Grace.
Jesse habló a través de la radio que llevaba en el hombro.
—Que venga Gage con la camilla. Vamos a llevar el cadáver a la morgue.
Unos segundos después, aparecieron Terrance Chambers y Gage Whitfield. Terrance era el compañero de Jesse en el Departamento de Policía de Cinnamon Falls. El hombre delgado asomó la cabeza y se agachó para pasar por los agujeros que Will había dejado en el laberinto.
—No vamos a poder pasarla por aquí —les informó—. Tendremos que cortar el seto antes de poder moverla.
—Will conoce el camino —comentó Morgan de manera espontánea.
—¿Tienes todo lo que necesitas? —le preguntó Jesse a Grace, que se estaba quitando los guantes con un ruido húmedo.
Ella asintió. Will y Morgan se hicieron a un lado mientras Terrance y Gage atravesaban el seto y flanqueaban el cuerpo de Eleanor por ambos lados.
—¿Listos? —dijo su amigo.
Los dos hombres asintieron al unísono. Jesse pasó las manos por debajo de los brazos de la mujer mientras su compañero sostenía la parte central del cuerpo y Gage, las piernas. En un solo movimiento, la colocaron de medio lado.
—¡Esperad! —exclamó Grace mientras disparaba la cámara en varias ocasiones—. Olvidad todo lo que he dicho —les anunció.
Mientras se agachaba, se sacó un guante nuevo del bolsillo trasero y estiró el brazo para alcanzar algo que se encontraba justo debajo del cuerpo de Eleanor. Un jadeo se le escapó de entre los labios.
Retiró la mano. El guante de látex blanco estaba resbaladizo por la sangre que resplandecía bajo la luz plateada de la luna.
Sostenía una diminuta taza de té de cerámica, cuyo delicado estampado de espirales quedaba oculto por una mancha carmesí oscura.
El rostro de Morgan se torció en un gesto de confusión y después de reconocimiento.
Se llevó una mano a la boca. La taza se balanceaba en el dedo meñique de Grace, que la sostenía en el aire, examinándola.
—Voy a llevarme esto al laboratorio, pero no es lo que la mató.
Se agachó de nuevo y, al mismo tiempo que ella, Will lo vio: un destello metálico.
Grace apartó la tela empapada de sangre y dejó a la vista la empuñadura de un cuchillo de mango fino que la mujer tenía clavado con profundidad en la espalda.
La forense se puso en pie lentamente, con el rostro pálido.
Se giró hacia el grupo y habló con voz lúgubre.
—Agente Shaw, tiene entre manos un asesinato.