Capítulo 4 Will
Will
Tras asegurarse de que Angel estuviera en el piso de arriba, enterrada bajo las sábanas, Will vio que Jesse Shaw estaba aparcando su coche patrulla en el camino de acceso de gravilla.
Un instante después, con gesto sombrío, llegó Grace Whitfield en su Caprice negro medianoche.
Los invitados merodeaban por la zona, boquiabiertos por la escena que se estaba desarrollando ante sus ojos mientras la grababan con los teléfonos móviles.
Tras la llegada de la forense, todas las dudas que podrían haber albergado se desvanecieron: alguien había muerto durante el Daffodil Jubilee.
Una sensación aciaga se le asentó en las entrañas y Will fue consciente de que las cosas habían empeorado.
Cinnamon Falls acababa de recuperar la normalidad tras la muerte de Rosie.
Por la mañana, cada detalle se compartiría a través de mensajes en conversaciones grupales y junto a las cajas registradoras.
Lo de aquella noche alimentaría los cotilleos durante los siguientes seis meses.
Todo le parecía surrealista. En un instante estaba con Morgan, con su cuerpo suave pegado al suyo, y, al siguiente, estaba contemplando el cuerpo sin vida de una mujer a la que su hija adoraba más que a cualquier otra persona.
El júbilo de la velada se había disuelto en un frío que le había puesto los pies en la tierra y que todavía no había remitido.
Un viento gélido se abrió paso entre los campos y le recordó que no hacía demasiado que el invierno había llegado a su fin.
Los Taylor no se merecían aquello. Vanessa y Wesley eran buena gente. Les habían abierto sus puertas tanto a él como a Angel sin dudarlo y les habían regalado una semana de comodidades y cuidados que no habían vuelto a experimentar desde que se habían marchado de Macon.
Lo habían tratado como a uno más de la familia.
Lionel cocinaba todo lo que Angel le pedía, algo de lo que ella se había aprovechado sin ningún tipo de vergüenza, y la señora Vanessa los mimaba a ambos, asegurándose de que sus necesidades estuvieran cubiertas antes de que él tuviera tiempo de pedir nada.
La señora Eleanor había sido la compañera inseparable de su hija durante toda la semana y le había enseñado a alzar la voz, a ir con la cabeza bien alta y a pensar por sí misma.
De la noche a la mañana, la pequeña se había vuelto más descarada, pero a él no le había importado.
Hacía tiempo que no la había visto divertirse tanto.
Eleanor no se merecía haber muerto la noche que más había atesorado.
Con los zapatos de tacón tambaleándose a cada paso, un grupo de mujeres con vestidos color pastel atravesó el jardín mientras se levantaban las faldas para evitar la hierba húmeda. Hacía rato que la fiesta había llegado a su fin, pero las consecuencias apenas habían comenzado.
Will apretó la mandíbula. El peor sentimiento del mundo no era el dolor, sino la impotencia. Y no tenía intención de quedarse de brazos cruzados, vestido con ropa formal y pegajosa, cubriéndose la boca con una mano para cuchichear y especular como todos los demás.
No sabía cómo, pero iba a descubrir lo que había ocurrido. Por Angel. Por los Taylor. Y por la señora Eleanor también. Sin importar lo que pudiera tardar.
Mientras se dirigía corriendo hacia el laberinto, pasó junto al recién nombrado alcalde, Sterling Tate.
El hombre iba vestido con una americana a medida color gris claro y unos chinos azul marino de corte entallado, informales pero cómodos.
Un pañuelo amarillo con un bordado de narcisos le colgaba con holgura del bolsillo de la chaqueta.
No lucía corbata sobre la impecable camisa blanca y llevaba el último botón desabrochado, lo que le daba un aire desenfadado.
Will sabía lo que era ser el forastero en un lugar donde todo el mundo estaba tan unido como en Cinnamon Falls.
Con tono tranquilo, el político estrechó muchas manos y calmó muchos miedos mientras guiaba a los invitados a través del camino de gravilla en dirección a sus respectivos coches.
Era la primera vez que se veía al alcalde fuera del ayuntamiento.
Desde que habían desenmascarado al alcalde Lyons, prácticamente había vivido allí.
Se suponía que aquella noche iba a ser su gran debut; la oportunidad de que todo el pueblo pudiera ver a su nuevo comandante en jefe.
Corría el rumor de que el gobierno estatal le había dado el puesto para que «arreglara» el pueblo.
Harold Bones, jefe de Will, propietario de Bones Barber Shop y la fuente principal de rumores de la localidad, decía que el alcalde Tate solía trabajar en Atlanta como una especie de experto en responsabilidad gubernamental: era la persona a la que llamaba la gente para hacer limpieza en un lugar tras una tragedia, especialmente si se trataba de una tan siniestra como un asesinato.
Mientras pasaba junto a él, Will se preguntó cómo lidiaría con otra muerte en Cinnamon Falls.
El alcalde Tate condujo a una pareja de ancianos hasta su coche con un gesto agradable. Bajo presión, seguía pareciendo elegante y tranquilo. ¿Le habría puesto alguien al día?
—Alcalde late —lo llamó Will mientras le tendía una mano. El hombre se dio la vuelta y le dedicó una sonrisa despreocupada y ensayada mientras le tomaba la mano para estrechársela con firmeza.
—¡Buenas noches! —dijo con voz resonante—. ¿Necesitas ayuda para llegar hasta tu coche, hijo?
Will negó con la cabeza.
—Me alojo aquí. Mi padre es Calvin Reed. Somos los propietarios de Reed & Roots.
Un destello de reconocimiento atravesó el rostro del alcalde.
—¡Ah, sí! He conocido a tu padre esta tarde. Lo he felicitado en persona por el diseño del jardín. Los parterres de narcisos están perfectos. Un trabajo precioso.
Will asintió.
—Se lo agradezco. Nos esforzamos mucho. También lo ayudé a diseñar el laberinto de setos… Aunque supongo que esa parte ya no marcha tan bien.
Tate sacudió la cabeza mientras metía las manos en los bolsillos de los pantalones.
—Al inicio de la jornada ha sido todo un éxito. A los niños les estaba encantando. Una lástima lo que ha ocurrido. Tengo entendido que la Policía lo tiene todo bajo control, que ahora tan solo es cuestión de despejar la zona.
Will había estado en lo cierto. El hombre no tenía ni idea de lo trágica que se había vuelto la velada. La persona enviada a arreglar las cosas tenía mucho que arreglar.
—Eleanor Langford debería seguir entre nosotros, celebrando el festival. Le encantaba este lugar.
El alcalde se quedó paralizado. El destello de alarma que le atravesó los ojos fue rápido e inconfundible, como si fuese un hombre que acabase de ver una mecha ya encendida. Dio un paso rápido hacia atrás.
—Bueno, debería ir a hablar con las fuerzas del orden y ofrecerles mi apoyo. Si me disculpas, señor Reed…
Tate no esperó a que le respondiera. Dio media vuelta, sacó su teléfono móvil y empezó a dar órdenes.
Recorrió el camino de gravilla a toda velocidad en dirección a la entrada, donde apareció una camioneta negra a la que se subió.
Will lo observó mientras se marchaba, pero aquella mirada extraña se aferró al borde de sus pensamientos.
Desde la entrada del laberinto, alzó la vista en dirección a su dormitorio. Todo se había torcido demasiado rápido.
El interior de la habitación se encontraba a oscuras y las cortinas estaban corridas, lo que significaba que había muchas posibilidades de que Angel estuviera fingiendo estar dormida.
Su hija era curiosa y solo era cuestión de tiempo que se acercara lentamente a la ventana o se arrastrara al piso de abajo por las escaleras traseras para obtener un asiento en primera fila para aquella conmoción.
Cada segundo que pasaba sin que movieran el cadáver de la señora Eleanor era demasiado.
Tarde o temprano, Angel iba a descubrir que no se había equivocado: su persona favorita ya no estaba.
La idea de romperle el corazón hizo que los ojos se le llenaran de lágrimas. ¿Cómo iba a explicárselo?
Volvió a adentrarse en el laberinto y siguió el camino que había memorizado durante la instalación hasta llegar al centro.
—No te muevas, por favor —le dijo Grace, extendiendo una mano enguantada frente a ella, a medida que se acercaba. Estaba agachada junto al cadáver de la señora Eleanor, estudiándolo con detenimiento.
Grace y su hermano mayor, Gage Whitfield, regentaban la empresa funeraria Whitfield Family Mortuary.
Por lo poco que sabía de ella, se tomaba todo muy en serio siempre.
Llevaba la larga melena recogida en una coleta muy apretada y una linterna frontal, apoyada sobre la frente.
Sobre unos vaqueros y una camiseta, vestía un abrigo negro largo con bolsillos profundos que, con toda seguridad, estarían repletos de las herramientas propias de su oficio.
Will se mantuvo alejado de la escena, respetando el perímetro invisible que la mujer había trazado, para darle todo el espacio que necesitara.
Jesse estaba de pie detrás de ella, con los puños cerrados sobre las caderas.
Se miraron a los ojos e hicieron un gesto con la cabeza, dedicándose un saludo silencioso y lúgubre.
Cuando Morgan le había dicho que la señora Eleanor estaba muerta, la única persona a la que había pensado en llamar había sido Jesse.
Ser buen amigo de un detective era de mucha ayuda.
Jesse y él habían estrechado lazos después de que hubiera comenzado a cortarle el pelo de manera semanal al policía.
Un cliente reticente se había convertido en un amigo de confianza y, en noches como aquella, Will se sentía especialmente agradecido por tenerlo en su vida.
Jesse estudió a la mujer que yacía sobre la hierba.
—Parece que se trata de Eleanor Langford.
Grace disparó el flash de la cámara, que iluminó la zona y los cegó durante un instante.