Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 3 Morgan #2
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Capítulo 3 Morgan #2

Había comida sobre cada centímetro de las encimeras de mármol, que estaban atestadas con decenas de bandejas apiladas de los hors d’oeuvres cuidadosamente preparados de Eddie Rutherford: exquisitos crostini de brie e higos, brochetas de ensalada estilo wedge para los preocupados por su alimentación, bocaditos de jalapeño envueltos en beicon para dar un toque picante, tablas individuales de charcutería presentadas en adorables tarritos de cristal que Eddie denominaba «tarcutería», bocaditos de gambas con ajo y palmesano y rollitos de tomates secos y albahaca.

Todo ello poniéndose feo poco a poco en las bandejas amontonadas, a la espera.

Morgan y Eddie habían pasado las dos últimas semanas agonizando con respecto al menú.

En aquel momento, Eddie estaba apoyado contra la jamba de la puerta con la piel teñida de un tono verde enfermizo.

Aquel era su primer gran evento como propietario de Rosie’s Diner tras el trágico asesinato de Rosie.

No habría sido un festival de Cinnamon Falls sin sus galardonados bollos de canela.

Eddie se había asegurado de incluirlos como postre, cortándolos en espirales que se pudieran comer de un solo bocado.

Eran casi las diez de la noche y, aun así, la jefa Raines todavía iba ataviada con el uniforme. Morgan se preguntó si se lo habría quitado en algún momento tras haber tomado juramento del cargo. Aquella había sido la única ocasión en la que la había visto sonreír.

—¿Dónde está Jesse? —le preguntó. Raines no era la policía más amigable de la zona y necesitaba ver un rostro familiar; a alguien que pudiera calmar sus miedos y evitar que no dejara de darle vueltas a la cabeza de forma descontrolada.

—En el laberinto —contestó la mujer de forma brusca—. Por el principio, por favor —insistió sin mirar a Morgan en ningún momento. Tenía el bolígrafo apoyado sobre el bloc de notas con una paciencia automática.

Vanessa, que estaba sentada en el banco que había junto a la isla de estilo rústico, respiró hondo, temblorosa.

Tenía las manos apretadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

Tanto Morgan como su padre, Wesley, la flanqueaban por ambos lados, manteniéndola erguida.

Vanessa no era la clase de persona preparada para las sorpresas.

Cualquier inconveniente impredecible podía lograr que cayera en picado en una espiral de pánico.

Para su familia, una muerte en su propiedad era un problema nivel de alerta máxima. Las consecuencias serían aún peores.

La cobertura de la noticia… Los rumores… Las pérdidas…

Su familia… Podrían perderlo todo.

«No pienses así —se dijo a sí misma—. Piensa en positivo».

Sin embargo, lo único que sentía en el interior era un abismo negro de fatalidad creciéndole en el estómago.

Le ardía la piel, unos puntitos le nublaban la visión y se sentía como si las paredes se movieran, cerrándose cada vez más y más sobre ella.

—Estábamos cerca del escenario —comenzó a decir Vanessa en voz baja pero con firmeza.

Wesley intervino, asintiendo.

—Estábamos hablando con Sterling Tate, el nuevo alcalde.

Nos ha llevado aparte para felicitarnos y hablarnos de los grandes planes que tiene para el pueblo.

Entonces, la gente ha empezado a gritar y…

—Miró a Vanessa y, aunque se le movieron los músculos de la garganta, no le salió ningún sonido—.

No ha llegado a terminar de contárnoslos.

La jefa Raines alzó la vista brevemente.

—¿Y no han visto nada?

—Nada —reiteró su madre—. Sterling estaba en medio de una frase cuando hemos oído el grito. —La voz se le quebró—. No… sabíamos que había alguien herido. Y mucho menos que se trataba de Eleanor.

Raines escribió algo más.

—Hablaremos con el alcalde Tate. Háblenme de la víctima.

—Era una huésped habitual de la pensión —afirmó Wesley. Sacudió la cabeza, como si tuviera que unir las partes de la respuesta dentro de su cerebro—. Venía todos los años para el festival.

La jefa de policía arqueó las cejas.

—¿Ah, sí? ¿Cuánto tiempo llevaba aquí más o menos antes de esta velada?

—Cinco noches. Desde el lunes. Su marido y ella eran los propietarios de la casa antes de que nosotros la compráramos y la convirtiéramos en una pensión. Le gustaba venir de vez en cuando para recordar el pasado.

Vanessa soltó un gruñido y Raines se percató de inmediato.

—¿No le caía bien? —preguntó mientras movía el bolígrafo sobre la página con mayor rapidez. Morgan estiró el cuello para ver qué estaba escribiendo, pero se encontraba demasiado lejos como para distinguirlo.

Su madre soltó el aire entre dientes.

—Era muy… exigente —contestó Vanessa, buscando las palabras adecuadas—. Pero la recibíamos como a cualquier otro huésped.

—Ajá —fue lo único que dijo la otra mujer a modo de respuesta.

Vanessa miró a Wesley con gesto de súplica y después a la jefa de policía.

—¿Y ahora qué? Tenemos el patio lleno de gente. ¿Qué hacemos?

Raines se metió el bolígrafo en el bolsillo de la camisa y cerró el bloc de notas con movimientos lentos y controlados.

—Va a tener que dar por concluido el evento, señora Taylor. Les daré algo de tiempo para que saquen de aquí a esta gente. Les ayudaremos guiando el tráfico y todo eso. Por la mañana, regresaremos para hablar con el resto del personal y lo retomaremos a partir de ahí.

«No. —Morgan tenía que poner fin a aquella pesadilla—.

Despierta —se dijo a sí misma». Para ellos, aquella era la velada más importante del año.

Por norma general, los beneficios obtenidos esa noche les permitirían sobrevivir a la temporada baja de invierno hasta que llegara la siguiente primavera.

No podían «dar por concluido el evento» sin más.

Eso acabaría con el negocio. Tenía que haber alguna otra opción.

Morgan abrió los puños y se miró las palmas de las manos, en cuya piel se había dejado marcas en forma de media luna con las uñas. Se puso en pie tan rápido que la habitación le dio vueltas.

—Voy a buscar a Jesse —anunció. Entonces, salió de la estancia antes de que nadie pudiera detenerla.