Capítulo 3 Morgan
Morgan
En el pasado, Morgan había creído que lo peor de Cinnamon Falls era su tamaño.
Recordaba que, cuando era más joven, solían aterrarle los árboles demasiado altos y las noches más oscuras que las sombras, iluminadas tan solo por los destellos de las luciérnagas que jugueteaban en los campos abiertos cercanos a la pensión.
El cielo le había parecido interminable, pues se expandía más allá de los extensos terrenos de su hogar, hasta donde la vista alcanzaba.
En esa época, todo le había parecido fuera de su alcance.
En aquel momento, se daba cuenta de que lo peor de Cinnamon Falls era su tasa de mortalidad. ¿Por qué siempre tenía que morir alguien? ¿Y por qué, de todas las noches posibles, tenía que ser justo esa?
Eleanor Langford la miraba fijamente con los ojos sin vida.
El vestido de seda color naranja tostado se le pegaba al cuerpo delicado.
Las mangas con ribetes de encaje le rozaban las muñecas y llevaba un broche enjoyado antiguo con forma de zorro prendido del pecho, justo encima del corazón.
Los zapatos de tacón bajo, dorados y sencillos, yacían dispersos, a escasos centímetros de sus pies pálidos y llenos de venas.
Un dolor de cabeza le martilleaba tras los ojos con un palpitar sordo que parecía un eco de los latidos de su propio corazón. La verdad es que la muerte tenía el peor don de la oportunidad.
—Venga ya —gruñó Morgan.
Se agachó hasta quedar cerca del cuerpo de la señora Eleanor y le suplicó en silencio que se quedara a este lado del éter, esperando que se incorporara con un estallido de carcajadas como si todo aquello no hubiese sido más que una elaborada broma.
Sin embargo, no detectó ningún movimiento ni ningún aliento. Tan solo una quietud escalofriante.
En el pasado, mucho antes de que sus padres hubieran decidido comprarlo, Eleanor y su difunto esposo, Thomas Langford, habían sido los dueños del Daffodil Inn.
Y, aun así, la mujer nunca había pasado página del todo.
Todos los años regresaba como un reloj y, para consternación de su madre, se registraba justo una semana antes del festival.
En cuanto el nombre de Eleanor aparecía en la lista de reservas, Vanessa se ponía manos a la obra y empezaba a dar a gritos una serie interminable de órdenes.
Había que barrer cada rincón, fregar todos y cada uno de los rodapiés y hacer que hasta la última mota de tierra o de polvo se desvaneciera en el aire.
Porque, de lo contrario, Eleanor podría detectarlo y hacer algún comentario al respecto.
En voz alta. Tenía un ojo crítico y una lengua afilada de forma indiscriminada que, a menudo, acompañaban, a una ceja arqueada y unos brazos cruzados.
Desde el momento en el que llegaba hasta que se marchaba, les ofrecía una lista infinita de opiniones que no le habían pedido sobre cosas que variaban desde los colores de la pintura hasta la disposición de los muebles.
A lo largo de los años, Morgan se había vuelto una experta en lidiar con sus estados de ánimo.
Después de todo, era la hija de su padre, y la atención al cliente le corría por las venas.
Se aseguraba de hospedarla siempre en la suite Jardín, la habitación que ofrecía las mejores vistas a los narcisos salvajes que cubrían el campo que se encontraba junto a la pensión y que había sido el lugar favorito de su marido.
Durante sus últimos días, Thomas solía pedir a menudo que lo llevaran en coche hasta la pensión para poder contemplar las flores, maravillado.
Tras su muerte, Eleanor se aferraba a esos recuerdos mediante una estancia en el lugar que más había amado.
Cada mañana, Morgan la observaba mientras se tomaba la infusión de manzanilla en el porche trasero antes de pasear sin prisa entre las hileras de flores, agachándose para olerías o acariciar algún pétalo aterciopelado entre los dedos.
A veces la oía hablando con ellas o, tal vez, con su esposo.
No estaba segura, dado que nunca la interrumpía.
Lo único que sabía era que las flores parecían encender algo en el interior de la mujer.
Pero ahora lo habían extinguido, dejando atrás tan solo el caparazón de una anciana.
—Pssst —susurró. La mujer no se movió—. ¿Señora Eleanor? —volvió a susurrar. El cuerpo ni se inmutó. Morgan se inclinó hacia delante y le colocó un dedo bajo la nariz. No salió ni un solo aliento cálido—. No me hagas esto —masculló en dirección al cielo—; esta noche, no.
Estaba a punto de colocarle un dedo en el cuello para buscarle el pulso cuando el laberinto del jardín estalló ante ella. El seto se desgarró y, de entre la vegetación, emergió Will, dejando tras de sí una silueta humana recortada.
—He tomado un atajo —masculló mientras se sacudía las hojas que se le habían quedado pegadas a la americana del traje.
Se quitó una ramita de detrás de la oreja y dirigió la atención hacia la señora Eleanor antes de pasar la mirada entre esta y Morgan—.
¿Está muerta? —preguntó. La nuez se le movió en la garganta mientras se acercaba.
Morgan asintió, y el peso de la verdad la empujó hacia atrás hasta quedar sentada en el suelo. Sintió el césped frío entre las palmas de las manos y la tierra dura que tenía bajo ella fue como un recordatorio insistente de que no estaba soñando. Aquello era real.
—¿Qué demonios ha ocurrido? —preguntó Will sin aliento.
—Caleb me ha dicho que sus amigos y él estaban intentando encontrar el centro del laberinto y que, cuando lo han logrado, la señora Eleanor estaba aquí tumbada, muerta.
—¿Crees que lleva aquí fuera toda la noche?
—Alguien la habría visto antes. ¿Qué voy a hacer? —masculló en voz alta para nadie en particular mientras la cabeza se le llenaba de pensamientos existenciales.
Si no solucionaba aquello en los siguientes minutos, en cuanto su madre la encontrara, ella misma acabaría siendo la siguiente persona en la lista de defunciones.
El laberinto del jardín había sido idea suya.
Había esperado que fuera un éxito, no que le estallara en la cara.
Aquello tan solo serviría para echar más leña al fuego y que Vanessa le dijera: «¡Te lo dije! ».
—Voy a llamar a Jesse —sugirió Will—. Él sabrá qué hacer.
Jesse tan solo era detective y Morgan ya había sobrepasado ese punto.
Lo que necesitaba era un físico: alguien que pudiera desentrañar la ciencia que se escondía tras los viajes en el tiempo para poder regresar a quince minutos atrás, cuando todo iba bien en el mundo.
Se llevó las piernas al pecho y apoyó la frente contra las rodillas, preparándose para la larga noche que, inevitablemente, se avecinaba.
—Hola, colega. Sé que es tarde; siento despertarte.
Ah, ¿no estabas durmiendo? Bien. Escucha: estoy en el Daffodil Inn con Morgan —oyó que decía Will.
Alzó la vista y vio que tenía el teléfono móvil pegado a la oreja.
Su voz sonaba grave y pastosa a causa de la tensión—.
Tenemos un problemilla por aquí. —Se frotó la nuca y se metió una mano en el bolsillo—.
Sí. Y creo que está muerta… —Will la miró, preguntándole en silencio—.
No; no tiene pulso. Recibido. Gracias, colega.
Nos vemos en un momento. —Volvió a girarse hacia Morgan—.
Jesse viene de camino. Me ha dicho que no toquemos nada y que despejemos la zona todo lo posible.
«¿Que despejemos la zona?».
—¿Y qué pasa con la fiesta? —No pudo evitar derramar las lágrimas que se le escapaban de los ojos. Meses de planificación acababan de irse al garete en apenas unos segundos. El festival estaba arruinado.
Él la miró con un gesto tan amable que quiso convertirse en un charco de agua.
—Creo que se ha acabado, Morg.
Morgan era consciente de que, lógicamente, tendría que ponerle fin al Daffodil Jubilee antes de tiempo, pero se sentía como si se estuviera arrancando el corazón del pecho. ¿Cómo iba a darles la noticia a sus padres? Todo su arduo trabajo reducido a unos vecinos aterrorizados y un cadáver.
Will se inclinó para ayudarla a levantarse y le ofreció una mano unida a un antebrazo surcado de venas.
Ella se la tomó y, antes de que pudiera recuperar el equilibrio, volvía a estar en pie de nuevo, sosteniéndose contra sus pectorales que, bajo su camisa, parecían losas de hormigón.
En circunstancias normales le habría encantado quedarse allí, a apenas un suspiro de distancia de un hombre extremadamente atractivo, pero la velada estaba resultando ser de todo menos normal.
—¿Estás bien? —le preguntó él mientras la miraba a los ojos y le apoyaba una mano en la zona lumbar para que conservara el equilibrio.
Desde luego, no estaba bien. Negó con la cabeza.
—Creo que no puedo hacerlo.
—Estaré a tu lado —le prometió Will. Apartó unas ramas enmarañadas y la guio a través del agujero con forma de hombre que había dejado en los setos—. Ten cuidado con la cabeza —le advirtió.
Juntos, atravesaron otras cinco aberturas de bordes irregulares (Will se aseguró con ahínco de que ni ella ni su vestido se quedaran enganchados) hasta llegar al borde exterior del laberinto.
—Empiece por el principio. —La jefa de policía Noelle Raines se cruzó de brazos mientras echaba un vistazo en torno a la cocina rústica de la pensión, observándolo todo.
Morgan se preguntó qué pensaría Raines mientras pasaba los ojos por las vigas de roble reutilizadas que recorrían todo el techo y que habían sido cortesía de la restauración que habían llevado a cabo varios años atrás en la granja Old Man Milton.
A Morgan siempre le había encantado cómo la cálida mezcla de materiales naturales lograba que la estrecha cocina pareciera más amplia: aquel era el toque mágico de su madre.