Capítulo 2 Will #3
—Alguien está locamente enamorado —canturreó Caleb, lo que provocó otra ronda de carcajadas.
Will negó con la cabeza e intentó no sonreír mientras se alejaba de la mesa.
—Dejad hueco para la cena —masculló.
Con la risa de los chicos siguiendo su estela, se adentró entre la muchedumbre en busca de un solo rostro: el de Morgan.
Recorrió el camino y pasó entre las parejas que iban ataviadas con sus mejores conjuntos primaverales: trajes de lino y vestidos floreados.
A juzgar por la multitud, el Daffodil Jubilee era uno de los eventos favoritos de los habitantes del pueblo, tan solo superado por el Fall Fest. Al principio, cuando Angel y él habían llegado tres años atrás, Cinnamon Falls y todas sus tradiciones le habían parecido una tontería, pero se estaba encariñando con el pueblecito a pasos agigantados.
Descubrió a Morgan sentada en el cenador, sola, contemplando el río que fluía junto a ella. Mientras se dirigía hacia allí, se le aceleró el corazón.
El vestido color lavanda, suave como una mañana de primavera, se le adhería a las curvas como si se lo hubieran cosido al cuerpo, lo que estuvo a punto de provocar que Will se deshiciera por las costuras.
No era llamativo como los que habían escogido las otras mujeres, llenos de pedrería ostentosa o purpurina.
El escote sin tirantes le enmarcaba la clavícula como si fuera una obra de arte en un museo.
Llevaba unas diminutas flores esculpidas repartidas de forma estratégica por el corpiño y bajando hacia sus amplias caderas como si un jardín estuviera floreciendo desde su interior.
Incluso los zapatos, unas sandalias de cuña cerradas con tiras, lograban que quisiera hacer algo ridículo, como ofrecerse a llevarla en brazos a través del jardín para que no se los manchara o desabrochárselos con los dientes.
Llevaba la melena recogida en un peinado consistente en una trenza complicada que le resaltaba los pómulos, lo que daba todo el protagonismo a sus ojos almendrados.
Quería decirle todo lo que pensaba, pero estaba tan radiante que se quedó paralizado de golpe y el cerebro se le llenó de ruido blanco.
Como si las cosas no hubiesen podido ir a peor, se tropezó consigo mismo y chocó de frente con la mujer con la que soñaba despierto, lo que hizo que las flores que había pasado todo el invierno y la primavera cultivando (desde que eran bulbos hasta convertirse en flores) salieran despedidas por encima del borde del cenador.
Y justo cuando la situación había alcanzado un nivel de humillación imperdonable, llegó el grito.
El momento mágico que había planeado hasta el último detalle imaginable se esfumó en medio de la noche delante de sus narices.
Mientras seguía a Morgan, lo único en lo que podía pensar era en Angel.
La divisó escurriéndose entre las piernas de los invitados a la fiesta, abriéndose paso entre el gentío que se estaba apiñando junto al laberinto.
El alivio le recorrió el cuerpo como una ducha fría.
No era su niña la que estaba herida. Podía volver a respirar.
¿Pero qué podría haber ocurrido? Le rodeó la cintura con un brazo para arrastrarla hacia atrás, lejos del caos.
Los ojos de su hija, desorbitados por el miedo, se posaron sobre los suyos.
—¡Papá! ¡He oído que se trata de la señora Eleanor!
«No». A Will se le cayó el corazón a los pies. Angel forcejeó para escaparse de entre sus brazos, contorsionándose y retorciéndose contra su cuerpo fuerte. Él la aferró con más fuerza y la inmovilizó a su lado.
—¡Déjame! —dijo ella con un hipido mientras las lágrimas se le escurrían de los ojos y le golpeaba los brazos con los puños diminutos—. ¡Es ella! ¡Sé que lo es! ¡No he podido encontrarla por ninguna parte!
Will la dejó en el suelo, apoyó una rodilla en el suelo y se aseguró de agarrarla con fuerza del hombro para que no se alejara demasiado de él.
—Dime qué ha ocurrido —le dijo, tratando de mantener un tono de voz calmado en medio del caos absoluto que estaba estallando a su alrededor.
La multitud corría en estampida de un lado para otro. No quería que su hija se alterara más de lo que ya estaba. No dejaba de mirar en torno al gentío, pero no era capaz de divisar a Morgan. ¿Adónde había ido tan rápido?
—¡Es la señora Eleanor! ¡Ahí dentro! —exclamó Angel mientras señalaba en dirección al laberinto de setos por encima del hombro.
Will se sentía dividido. Por mucho que quisiera ver qué estaba ocurriendo, tenía que llevar a su hija a algún lugar seguro y lejos del alboroto. En ese momento ella era su única prioridad. La agarró de la mano, pero ella clavó los pies en el césped mullido.
—¡No pienso marcharme sin la señora Eleanor!
La atrajo hacia sí hasta quedar cara a cara frente a ella. La pequeña se limpió la nariz húmeda con el dorso de la mano. Tenía una mirada feroz y decidida.
—Quédate aquí —le aconsejó—. No te muevas. ¿Me has entendido?
—Pero… —protestó Angel mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.
—Voy a buscar a la señora Eleanor, ¿de acuerdo? Volveré enseguida.
Su hija asintió justo cuando la madre de Morgan, la señora Vanessa, pasaba por allí a toda velocidad. Cuando vio a Angel y Will, frenó en seco.
—¡Will! ¡Gracias a Dios! —Se llevó las manos al pecho generoso—. ¿Pero qué está ocurriendo? ¡No consigo encontrar a Morgan por ninguna parte!
—Voy a buscarla.
Señaló a su hija mientras suplicaba con los ojos de un modo que sabía que cualquier otro padre comprendería.
—Yo la cuido —le aseguró la madre de Morgan mientras estiraba el brazo para tomar a Angel de la mano—. Vamos adentro.
—Dos minutos —le prometió a la pequeña mientras le daba un beso en la frente.
Entonces entró corriendo al laberinto.