Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 2 Will #2
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Capítulo 2 Will #2

Se prometió a sí mismo que aquella noche sería la noche definitiva.

Había escogido su conjunto con mucho cuidado el día anterior con la esperanza de ir a juego con Morgan, la obsesa del color morado.

Tenía que hacerlo bien: impresionarla, llamar su atención…

, lo que fuera con tal de que lo sacara del cajón de la amistad en el que llevaban jugando desde que se habían conocido.

Había algo en ella, en el modo en el que su nombre sonaba entre sus labios y en la forma en la que siempre parecía mirarlo de arriba abajo, que hacía que creyera que entre ellos estaba ocurriendo algo; algo que merecía la pena explorar.

—¿Qué te parece?

Se giró hacia Angel mientras se preparaba para su veredicto mordaz.

Su hija tenía una peculiaridad: nunca decía una sola mentira; ni siquiera una mentira piadosa para no herir los sentimientos de su padre.

La americana morada oscura que había llevado a limpiar y planchar a la tintorería específicamente para el Baile de los Pétalos y las Promesas le había llegado en perfectas condiciones gracias a Marsha Pickens de Cinna Sudz.

Estaba bastante guapo, al menos según sus propios estándares, pero los de su hija eran otra historia totalmente diferente.

Angel se quitó los auriculares rosa fucsia con forma de unicornio de las orejas y le echó un buen vistazo. Will sintió un dolor en el pecho. Cada vez se parecía más a su madre.

El vestido de fiesta rosa claro que llevaba casaba muy bien con su piel oscura como el ébano, y le resaltaba los ojos marrones.

Los apliques de mariposas en 3D le otorgaban a la prenda un aire etéreo y de ensueño.

Cuando la niña le había mandado una fotografía del vestido exacto que quería para el baile, él había accedido con una sonrisa forzada.

Le había costado una fortuna, pero Angel era una buena chica, lo mejor que le había ocurrido jamás, y se había jurado a sí mismo que siempre le daría todo lo que quisiera.

Dentro de lo razonable, por supuesto. Recordaba haberle dado los detalles de la tarjeta de crédito a Frankie Templeton de The Velvet Fox con los ojos cerrados.

Las horquillas de mariposas rosas que llevaba prendidas de los laterales de los moños hacían que pareciera una princesa de jardín salida de un cuento de hadas.

Will estaba mejorando a la hora de peinarla.

Estaba acostumbrado a las líneas rectas y al zumbido de las maquinillas de afeitado, pero se estaba tomando su tiempo para aprender a hacer algunos peinados nuevos.

Sobre todo moños. Se sentía agradecido por la paciencia de su hija.

No le daba miedo admitir que le costaba ser padre soltero y saber si estaba dándole demasiado o no lo suficiente.

Era consciente de que intentaba compensar en exceso el hecho de que la madre de Angel no estuviese muy presente en su vida, pero esas eran las cartas que le habían tocado.

Las excusas eran la herramienta de los hombres incompetentes y Will no era uno de ellos.

Sin demasiado interés, Angel le dedicó un gesto de aprobación con los pulgares arriba.

—Estás bien, viejo.

Will puso los ojos en blanco. La semana anterior, su hija había escuchado a hurtadillas una conversación que había mantenido con el abuelo de la niña en la que, bromeando, él lo había llamado «viejo» por quejarse del dolor de rodilla. Desde entonces, se había puesto muy pesada con el tema.

—Ya estamos otra vez con eso de «viejo» —refunfuñó él mientras volvía a girarse hacia su reflejo—. Si yo soy viejo, tu abuelo es todo un anciano.

—Dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo —contestó ella mientras hacía una floritura en el aire con el dedo índice.

Su habilidad para ser sarcástica en el momento oportuno era impecable.

Sin embargo, Angel había sido una niña adelantada desde que Will tenía memoria.

Con diecinueve meses ya solía mantener conversaciones con él y, en cuanto había comenzado a ir al colegio, había sido imposible impedir que hablara con cualquier cosa que tuviera pulso.

En su familia, era una broma recurrente decir que Angel no se había encontrado con un solo desconocido en toda su vida, y Will no tenía ninguna duda de que saldría de aquel festival de primavera con algún amigo nuevo.

Había entablado amistad con la señora Eleanor, una anciana (aunque solo en edad) que, al igual que ellos, llevaba toda la semana alojándose en la pensión, y sabía que se moría de ganas por bajar al piso de abajo para buscarla.

—¿Estás listo ya? —le preguntó la pequeña con un suspiro que indicaba que su paciencia se estaba agotando.

El Daffodil Jubilee había coincidido con la semana de vacaciones de primavera de Angel y, dado que se habían alojado en la pensión, poder estar con Eleanor permitía que su hija tuviera algo que hacer que no fuera jugar con la tablet .

Su vínculo hacía que se sintiera menos idiota por no haberla inscrito en algún campamento de ciencias o en clases de natación, tal como habían hecho el resto de los padres de la Escuela Primaria Morningstar.

Will tenía que ganarse la vida, y Wesley y Vanessa Taylor pagaban una suma decente por mantener los terrenos de la pensión en condiciones prístinas hasta la llegada del festival.

Los Taylor habían sido muy amables al ofrecerle una habitación en la que alojarse mientras trabajaba en los terrenos y cuidar de Angel mientras él estuviera en la barbería.

Cada día, por la mañana, hacía diligentemente el trayecto de treinta minutos en coche hasta el pueblo para cortarle el pelo a la gente, y regresaba a la pensión para arrancar hierbajos y cortar el césped con su padre bajo el sol de las últimas horas de la tarde.

Las jornadas eran largas; de hecho, agotadoras. Pero, cuando regresaba por las tardes a la pensión y Angel le contaba las aventuras que había tenido con Eleanor aquel día, todos los sacrificios merecían la pena.

En aquel momento, la parte más dura había llegado a su fin.

Los narcisos estaban en plena floración y el laberinto, instalado.

Habían cortado las hectáreas de césped y habían arrancado y esparcido un tratamiento para las malas hierbas.

Si se le permitía decirlo, el jardín había quedado espectacular. La velada se preveía perfecta.

—Ve —cedió mientras señalaba la puerta con la barbilla—. Ve a buscar a tu amiga. Nos vemos abajo en un minuto.

Angel se puso en pie de un salto y arrojó la tablet sobre la cama. Junto a la puerta, se puso los zapatos: un par de bailarinas de charol blancas. Antes de alejarse demasiado, se giró hacia él.

—Estás guapo, papá. —Le dedicó una sonrisa resplandeciente y cerró la puerta tras de sí.

Will sacó pecho un poco más. Sí que estaba guapo, y tenía la esperanza de que eso fuera suficiente para llamar la atención de Morgan.

En cuanto dispusieran de un minuto a solas, se precipitaría hacia ella con un ramo de narcisos recién cortados y pasarían el resto de la noche bailando lento y abrazados.

O, al menos, así era como ocurría en su cabeza.

La puerta se cerró tras él con un chasquido suave. Ya no había forma de volver atrás.

Bajó al piso inferior y atravesó la bulliciosa cocina en dirección a la puerta trasera.

Eddie Rutherford, que era el proveedor del catering del festival, estaba gritándole instrucciones a alguien a quien no podía ver.

Dentro, había un gran ajetreo mientras los camareros se cruzaban los unos con los otros a gran velocidad para dejar y recoger bandejas repletas de hors d’oeuvres para la gente que había asistido a la fiesta.

Una joven con el uniforme negro estándar pasó junto a él a duras penas en el estrecho pasillo, cargada con una amplia bandeja de plata que le cubría la cara.

Por debajo, le asomaban unas trenzas rubias.

Will se apartó justo a tiempo de evitar chocarse con ella.

Llegó hasta la puerta trasera sin más percances y se adentró en la noche primaveral.

El aire era fresco y fragante, pues el aroma de los narcisos en flor se arrastraba por el césped.

La luz del sol se estaba desvaneciendo, dando paso al suave color índigo de las últimas horas de la tarde.

Unas guirnaldas de lucecitas doradas titilaban sobre los terrenos como luciérnagas atrapadas en mitad de una danza.

La pensión estaba transformada. Bordeando el camino de piedra había mesas cubiertas con manteles de lino blanco y jarrones repletos de narcisos amarillos y blancos en el centro.

La música flotaba desde unos altavoces ocultos entre los arbustos y el suave punteado de una guitarra acústica acompañaba el murmullo de las risas y el tintineo de las copas de cóctel y los cubiertos mientras los invitados tomaban los aperitivos.

—¡Señor Reed!

Will se detuvo cuando divisó a Caleb y a Jeremiah en una de las mesas.

Llevaban las corbatas torcidas y las chaquetas les colgaban de los hombros enjutos.

Ambos chicos se estaban metiendo comida en la boca como si llevasen días sin comer y, entre bocados, se sonreían el uno al otro.

Se acercó a ellos y los saludó con un apretón de manos seguido de un abrazo.

—Qué guapos, chicos. —Le dio un tironcito a la camisa demasiado grande de Caleb—. Un poco arrugada, pero está bien.

—Es como si tu tío hubiera encogido y te hubiera dejado esa ropa —bromeó Jeremiah con la boca llena de algo que estaba masticado hasta acabar hecho papilla.

—¿Y tú de dónde has sacado esos zapatos? ¿De Payasos S. A.? —replicó Caleb, y sus carcajadas resonaron en la noche.

Will sintió una oleada de orgullo ante el simple hecho de que hubieran aparecido y estuviesen allí sentados con la cabeza bien alta.

Les dio a ambos una palmadita en la espalda.

—Chicos, os sabéis arreglar mejor de lo que esperaba —dijo, aunque sus ojos empezaron a vagar por el jardín.

Jeremiah sonrió de medio lado y le dio un codazo a Caleb mientras observaba a Will.