Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 2 Will
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Capítulo 2 Will

Will

Ocho horas antes

Como cada mañana fresca de sábado, William Romeo Reed se encontraba enterrado hasta las cejas en la tierra del invernadero de su padre.

La luz del sol se expandía por el cielo pálido y se reflejaba sobre el césped cubierto de rocío mientras un alegre coro de petirrojos entonaba una dulce canción.

A su espalda, la puerta mosquitera chirriaba con cada soplo de brisa, que arrastraba el leve dulzor de la madreselva que se enroscaba en torno a la valla perimetral.

Will se subió aún más las mangas, manchándose los brazos de tierra, y siguió trabajando con calma y satisfacción junto a la Brigada del Cultivo, media docena de chicos adolescentes procedentes del Instituto de Cinnamon Falls que necesitaban una válvula de escape: algo que hacer en lugar de meterse en problemas.

Con diferentes niveles de esfuerzo, arrancaban malas hierbas del terreno, más interesados en darse codazos los unos a los otros que en enterrar las manos en la tierra.

El programa, organizado por la empresa familiar, Reed & Roots, no solo era para plantar tomates y arrancar malas hierbas.

Era supervivencia. Y, en el caso de algunos de los chicos, aquella era la primera vez que veían algo crecer gracias a ellos en lugar de a pesar de ellos.

Will acababa de apilar una hilera de cajas de tomates cuando oyó las palabras arrastradas de su padre, que le llegaron flotando desde el terreno colindante.

—Eso de ahí —dijo Calvin, señalando un grupo de tallos altos y elegantes coronados por unas flores en forma de campana en tonos suaves de rosa y morado— es dedalera.

Preciosa, ¿verdad? Atrae a las abejas, los colibríes y toda clase de animales polinizadores.

Pero, oídme bien, no la toquéis. Si no se manipula de forma adecuada, resulta venenosa.

Will se limpió las manos en las perneras de los pantalones estilo cargo y observó cómo algunos de los chicos daban un paso atrás al unísono, impresionados pero recelosos. Calvin pasó a hablar del caudal de riego y Will cruzó la mirada con la de Caleb Brewster, que se mantenía alejado del grupo.

Para tener dieciséis años, era alto, delgado y enjuto, con la complexión de una mala hierba.

Llevaba el ceño fruncido de forma permanente, tallado en el rostro como si fuera una máscara con la que hubiese llegado a sentirse demasiado cómodo.

Su tío, el anterior jefe de policía de Cinnamon Falls, Vernon Prescott, solía lucir el mismo gesto.

Después de que lo hubiesen arrestado, despedido y condenado por el papel que había desempeñado a la hora de encubrir los asesinatos de Sienna y Rosslyn Rose, Caleb había ido de mal en peor.

Había pasado de ser el niño mimado de Cinnamon Falls a ser el paria del pueblo.

En clase los jóvenes susurraban a sus espaldas y también a su cara.

Algunos decían que Caleb acabaría igual que su tío, que era algo que venía de familia.

Los rumores parecían tener cierto peso, dado que había hecho amistades nuevas en Atlanta que habían aparecido por el pueblo con coches tuneados y cadenas gruesas.

Will llevaba suficiente tiempo en el negocio de la vida como para saber que los chicos así no iban a ninguna parte por las vistas.

Caleb estaba metido en algo hasta las cejas y él estaba haciendo todo lo posible por sacarlo de ahí.

Tampoco ayudaba el hecho de que, el invierno anterior, la madre del joven, Rhonda, prácticamente lo hubiese acorralado en Bones Barber Shop con las pestañas llenas de lágrimas para rogarle que buscara algo, lo que fuera, que mantuviera a su hijo a salvo y alejado de los problemas.

Y, de ese modo, Caleb había acabado formando parte de la Brigada del Cultivo.

Durante las primeras sesiones, apenas había pronunciado una sola palabra.

Sin embargo, Will se había fijado en la intensidad con la que prestaba atención y en el hecho de que permanecía junto a las plantas más tiempo que los demás.

Sabía que todavía quedaba algo en su interior a lo que apelar, algo real.

—¿Qué pasa, Caleb? —le dijo.

El chico se encogió de hombros mientras daba golpecitos a un terrón de tierra con la punta de la bota.

—Nada —contestó.

A Will tampoco le gustaba conversar a primera hora de la mañana, por lo que no se lo tomó como algo personal.

—¿Tienes algún plan para hoy? —le preguntó mientras se apoyaba sobre la pala.

—Son las siete de la mañana —se quejó Caleb—. Ahora mismo en lo único en lo que puedo pensar es en volver a la cama.

Will soltó una risita.

—Deberías pasarte por el Daffodil Jubilee. ¿Te acuerdas de ese terreno que nos ayudasteis a cultivar el otoño pasado? Es una locura lo mucho que han florecido las plantas.

El rostro de Caleb permaneció inescrutable, pero Will detectó un breve destello de orgullo en sus ojos. Los demás chicos se reunieron en torno a ellos, curiosos.

—¿Lo dice en serio? —preguntó Jeremiah English mientras se ponía de puntillas por la emoción—. ¿Nosotros también podemos asistir? —El chico era el más joven del grupo y los ojos todavía le brillaban, llenos de posibilidades.

—Sí —contestó Will, sonriendo—, pero tendréis que encontrar algo decente que poneros. No aparezcáis por allí como si os acabarais de levantar de la cama. ¿Tenéis traje?

Caleb se encogió de hombros.

—Tengo algunas cosas de mi tío.

—¿Un traje para ir a ver flores? —Cari Weathers soltó un bufido burlón—. No pienso ponerme una pajarita ni nada por el estilo.

—No solo se trata de las flores. Hay música en directo, puestos de comida, fotomatones… Asiste todo el pueblo. Al final de la velada se celebra el Baile de los Pétalos y las Promesas. El traje lo necesitaréis para eso.

Los chicos intercambiaron miradas traviesas. Will sabía lo que significaban: chicas.

—¿Qué va a ponerse usted, señor Reed? —preguntó Caleb.

Will no titubeó.

—Algo morado.

Sus carcajadas resonaron a través del campo silencioso. Sobre ellos, un pájaro salió disparado de una rama, asustado. Will puso los ojos en blanco. Caleb sonrió de medio lado.

—¿Morado? ¿Qué pasa, intenta ir a juego con alguien?

Al principio no contestó. Pasó la vista por el campo, donde la luz del sol se filtraba entre los narcisos y la brisa creaba suaves olas entre las flores doradas.

En su mente, visualizó a Morgan Taylor riendo y con la cabeza ladeada, probablemente vestida con algún vestido vaporoso de seda morada que haría que el corazón le diese un vuelco.

Tenía la esperanza de que aquel fuese el día en el que al fin pudiera pedirle una cita.

—Tal vez —contestó finalmente, más para sí mismo que para el grupo, mientras una sonrisa le torcía los labios—. Vosotros preocupaos por aparecer y nada más, ¿de acuerdo?

Todos ellos estiraron el brazo para chocarle el puño y se dispersaron para ayudar a Calvin con los últimos sacos de compost. Will se quedó rezagado un momento más, observándolos.

Sobre todo a Caleb. Se había esforzado mucho por mantener al chico cerca y evitar que se precipitara por el borde de algo que no podría deshacer.

Si darles a aquellos muchachos algo de lo que enorgullecerse podía cambiar el futuro de uno de ellos, cada una de las articulaciones doloridas que tenía en el cuerpo habría merecido la pena.

Se dirigió hacia el cobertizo para recoger las herramientas mientras pensaba en qué zapatos se pondría para que combinaran con la americana.

Aquella tarde, en su habitación del Daffodil Inn, estaba tan nervioso que el estómago amenazaba con hacerle vomitar el desayuno. ¿Cuándo había sido la última vez que había estado tan alterado? Durante el nacimiento de Angel.

Se sacudió los nervios y le dio a su reflejo una charla motivacional silenciosa frente al espejo que llegaba hasta el suelo mientras su hija lo contemplaba, aburrida.

Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama doble extragrande de la habitación que compartían y lo miró de arriba abajo con escepticismo antes de seguir garabateando en la tablet que, desde que su madre se la había comprado las últimas navidades, se había convertido en su tercer brazo.

A él no le había hecho demasiada gracia, sobre todo teniendo en cuenta que Tanya y él habían acordado que Angel se criaría sin pantallas.

No había nada de malo en que dibujara de manera tradicional, con lápiz y papel: los artistas llevaban siglos haciéndolo.

Sin embargo, no podía decir que no a la mirada de su hija, que suplicaba poder quedársela.

Le aterrorizaba la idea de que pudiera acabar resentida con él durante la adolescencia, especialmente por haberlo hecho todo él solo.

No merecía la pena luchar algunas batallas para obtener la victoria.

Tenía suficiente con saber que su niña, sana y sonriente, había podido pasar las navidades con su madre al menos una vez.

Para ser sincero, no había vuelto a pensar en ninguna mujer desde que Tanya y él habían decidido separarse justo después del tercer cumpleaños de su hija.

Además, había estado bastante ocupado con la pequeña.

Pero Morgan Taylor era diferente.

Cuando la había visto el primer día de escuela de Angel mientras saludaba a todos los alumnos nuevos, había sido como si el tiempo se hubiera ralentizado.

Su personalidad magnética, aquella sonrisa que hacía que se le plegaran las rodillas y su sentido del humor afilado como un cuchillo hacían que sintiera cosas que creía haber olvidado.

Aquel año había mantenido las distancias y la había admirado desde lejos (con énfasis en la parte de «admirar»).

Pero ahora que Angel estaba en segundo curso y con una profesora diferente iba a hacer el esfuerzo de conocer mejor a la «señorita Morgan» de la que su hija hablaba tan bien.

A lo largo del último año, se habían dado innumerables ocasiones en las que podrían haber charlado sobre algo que no hubiese sido Angel. Sin embargo, cada vez que estaba cerca de ella, era como si su cerebro aprovechase la ocasión para desconectarse.