Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 1 Morgan #3
4%

Capítulo 1 Morgan #3

Llevaba una camiseta negra de cuello redondo metida por dentro de los pantalones, que se sostenían con un cinturón de piel de serpiente a juego con los zapatos.

Morgan, una mujer a favor de combinar colores intensos, apreciaba su esfuerzo.

Una americana color ciruela, que casi brillaba bajo la luz de la luna, le colgaba de los hombros atléticos y podía admirar sus músculos bien definidos por los años de trabajo intenso y sudoroso en el jardín incluso a través de la tela pesada.

Su gesto pasó de la preocupación a la diversión mientras con los labios carnosos e increíblemente besables dibujaba una sonrisa que dejó a la vista dos hileras de dientes tan blancos que resultaban asombrosos.

Llevaba las largas rastas recogidas en una coleta, dando protagonismo a su tez suave como la crema de mantequilla.

Arrugó la nariz respingona a causa de una carcajada inminente y sus ojos, amables y sonrientes, hicieron que a Morgan se le encendiera la piel por la vergüenza.

Con Will iba a lo seguro, sin complicaciones: una relación amistosa pero superficial.

Desde luego, nunca había tenido las agallas para preguntarle por su situación sentimental.

Ni siquiera parecía ser el tipo de persona a la que le gustasen las relaciones serias.

Sin duda, un hombre tan guapo tendría una caterva de mujeres ansiosas por tener una oportunidad con él.

No tenía intención de ser una de esas mujeres desesperadas por recibir una mirada o el atisbo de una sonrisa, a pesar de que, en realidad, podría presentarse para ser la presidenta de su club de fans.

Además, las amistades eran algo en lo que destacaba.

Ese era su terreno. Las historias de amor caóticas y dignas de un cuento de hadas eran para los demás, para gente más blanda y menos complicada.

Había hecho las paces con la idea de ser la amiga graciosa de la historia de amor de otras personas.

Era más fácil así: mantener su enamoramiento enterrado en las profundidades del rincón más apartado de su corazón, allí donde guardaba todas aquellas cosas que no se atrevía a desear demasiado.

—¿Son para mí? —dijo con voz ronca. Se enjugó varias lágrimas que se le habían escapado y se incorporó mientras tomaba varias bocanadas de preciado aire.

Will bajó la vista hacia las flores olvidadas y colocó bien algunos de los pétalos aplastados.

—Sí… —respondió con timidez mientras un toque de rosa le teñía las mejillas—. Iba a… Perdona, ¿te encuentras bien?

—Sí —contestó Morgan mientras dejaba la copa a un lado—, pero no sabía que las fresas estuvieran tan sedientas de sangre.

Él sonrió de medio lado.

—Nota mental: las fresas quedan prohibidas. —Se metió la mano libre en el bolsillo de los vaqueros y comenzó a mecerse sobre los talones. Morgan señaló las flores—. Perdona —dijo por segunda vez.

Cuando dio un paso al frente en dirección a ella, el zapato se le enganchó con algo que había en el suelo, así que se inclinó hacia delante y perdió el equilibrio.

Sus frentes chocaron con una sacudida que la tomó por sorpresa y provocó que una oleada de dolor le recorriera el cerebro y la dejara conmocionada.

Empezó a ver estrellas y soltó un «ufff» dolorido cuando el cuerpo sólido de Will se estrelló contra el suyo.

Mientras se tambaleaba hacia atrás, Morgan intentó desesperadamente agarrarse a la barandilla para recuperar el equilibrio.

El banco de madera atravesó la tela del vestido color lavanda y las astillas se le clavaron en la piel suave de los muslos.

A Will se le escaparon de las manos las flores, que se precipitaron por encima de la barandilla y acabaron flotando río abajo.

El hombre aterrizó sobre ella y la inmovilizó con sus fuertes brazos. Lo más probable era que, en circunstancias diferentes, Morgan hubiese agradecido y disfrutado de tener un encontronazo semejante con Will, pero, tal como siempre ocurría en su vida, las cosas tenían que salirle mal sin más.

—Lo siento muchísimo —dijo él sin aliento mientras se ponía en pie a duras penas. Le tendió la mano para ayudarla a levantarse y tiró de ella con tanta rapidez que tuvo que aferrarse a su pecho duro como una roca mientras se le nublaba la vista.

No se le pasó por alto el hecho de que tenían la cara a escasos centímetros de distancia y los labios perfectamente alineados.

Si Morgan fuese la princesa de un cuento, su Príncipe Encantador se inclinaría hacia delante, listo para besarla, mientras el sonido de la música se intensificaba y los fuegos artificiales estallaban en la distancia, bañando sus cuerpos con explosiones de luces centelleantes. Pero no era Cenicienta.

Se sacudió la ropa y alzó la vista hacia él, muerta de vergüenza.

—Al menos vamos empatados en lo que a momentos incómodos se refiere.

Will la miró con un destello travieso en los ojos. Había pasado un año escolar desde que había dejado de darle clases a su hija, pero reconocería esa mirada a un kilómetro de distancia. Era la misma que le dedicaba Angel cada vez que estaba a punto de poner la clase de primero patas arriba.

—A ver si podemos hacer que sean dos de dos. —Will le colocó un dedo debajo de la barbilla y dirigió sus labios hacia los de él.

El tiempo se detuvo.

El resto de los pensamientos ansiosos se le esfumaron de la cabeza. En aquel momento la estúpida fiesta, el dolor de pies o los muslos sangrantes le parecían asuntos triviales.

La melodía de las ranas alcanzó su punto álgido y, durante un breve instante, Morgan se preguntó si de verdad su vida estaba a punto de convertirse en algo sacado de una novela romántica.

Will se acercó hacia ella con los ojos cerrados y las piernas se le volvieron de gelatina.

Estaba a tan solo unos centímetros de distancia.

A unos milímetros… A apenas el susurro de un aliento atrapado entre los labios expectantes de ambos.

Un grito, bestial y gutural, rompió el silencio de la noche, haciendo que una descarga eléctrica le recorriera la columna vertebral. Se separaron de golpe y el momento romántico se alejó volando con el viento de paso.

Miró a Will a los ojos, que estaban llenos de pánico, y, sin mediar palabra, salió corriendo del cenador, bajó los escalones de un salto y fue a toda velocidad hacia la pensión.

—¡Morgan! —exclamó él a su espalda—. ¡Espera!

Le llegaron fragmentos de las conversaciones mientras se abría paso entre la multitud de espectadores que observaban la escena con gesto de curiosidad y horror.

Llegó al centro de la muchedumbre, hasta el punto en el que, semanas antes, se había erigido el laberinto de setos gracias a Will y su padre, dueño de Reed & Roots, la mejor empresa de paisajismo de Cinnamon Falls.

Morgan había fingido no estar observando a Will desde la ventana del segundo piso mientras este trabajaba bajo el sol de abril, sudoroso y sin camiseta, anclando los setos al suelo de uno en uno para construir aquel complicado tapiz de vegetación.

—¿Qué ocurre? —le preguntó a la gente que se había congregado a la entrada del laberinto.

Caleb Brewster y un grupo de alumnos de último curso del Instituto de Cinnamon Falls se encontraban allí con el rostro tan pálido como el de un fantasma. Will llegó junto a ella sin aliento y empezó a buscar a su hija entre la multitud.

—¡Angel! —gritó por encima de la muchedumbre, que se volvía más ruidosa a cada segundo que pasaba.

Entonces Morgan recibió la peor noticia de la noche. Caleb sacudió el dedo índice en dirección al laberinto.

—Señorita Morgan, ahí dentro hay una persona… muerta.