Capítulo 1 Morgan #2
Morgan iba a abrir la boca para desestimar el elogio de Nia cuando se percató de que había movimiento en el exterior de la carpa, lo que amenazaba con dejar al descubierto su escondite.
Cerca de las casetas de los juegos, William Reed se había colocado detrás de su hija, Angel, y la estaba ayudando a lanzar a canasta en la competición de baloncesto.
Con una mano guiaba la de ella con cuidado mientras apoyaba el otro brazo musculoso en el marco de la caseta.
Cuando la pelota de la niña voló demasiado alto y rebotó en el aro, Will le entregó otro dólar al empleado y dejó que lo intentara de nuevo.
El gesto decidido de Angel hizo que se le derritiera el corazón.
Nia siguió la dirección de su mirada.
—Deberías ir a hablar con él.
Morgan soltó un bufido burlón y apartó la vista de golpe.
—¿Te has vuelto loca? Angel está en mi clase de primer curso.
—Más bien estaba en tu clase de primer curso —le clarificó su amiga—.
Ahora está en segundo de primaria, por lo que tienes vía libre con su padre —añadió Nia con una sonrisa de medio lado—.
Venga ya; tuviste que percatarte de cómo te miraba durante el evento de recaudación de fondos de primavera que se celebró la semana pasada.
—Estaba mirando la mesa de la comida —masculló ella.
—Créeme: no eran los brownies lo que lo tenía sumido en un trance.
Acalorada de pronto, Morgan dio un trago largo de limonada.
Volvió a posar la vista en Angel, que se estaba riendo con los brazos estirados para recoger el unicornio azul que le estaba entregando el encargado de la caseta.
Era demasiado bajita, así que Will le entregó el juguete a su hija con un ademán exagerado, haciendo una reverencia profunda.
La pequeña levantó su premio por los aires mientras soltaba un grito de guerra victorioso.
Una mujer mayor se acercó en aquella dirección.
Llevaba la melena burdeos peinada en suaves ondas y recogida a un lado con horquillas y mostraba una sonrisa de orgullo en la profundidad de los ojos.
Eleanor Langford. Se alojaba en el Daffodil Inn desde el lunes y siempre iba vestida de forma impecable, como si la vida fuera su propia pasarela.
Aquel día llevaba un kimono floral vaporoso con unos volantes exagerados que arrastraba por el suelo cuando caminaba.
Morgan podría distinguir una prenda a medida de Frankie Templeton con los ojos cerrados.
Ella misma era como una valla publicitaria andante de The Velvet Fox Boutique.
Con una mano enjoyada, Eleanor se apretaba contra el pecho una delicada taza de té como si fuese una posesión muy preciada y Morgan quiso pensar que estaría llena de su dosis diaria de manzanilla.
Pero, conociendo a la mujer, bien podría tratarse de vodka a palo seco.
Angel le enseñó el premio y Eleanor ahogó un grito de alegría antes de unirse a la pequeña en un baile de la victoria consistente en sacudir las caderas.
—Tengo que acabar de ayudar a mi padre a desmontarlo todo.
—Nia tecleó algo en su teléfono, devolviendo a Morgan al presente.
Entonces, empezó a enumerar con los dedos—.
Después me marcharé a casa para darme una ducha y echarme una siesta.
En ese orden. Ya sabes lo mucho que me gusta seguir durmiendo a pesar de las alarmas, así que es posible que llegue un poco tarde para el Baile de los Pétalos y las Promesas.
—Espero que elegantemente tarde —le dijo ella mientras se alejaba.
—¡Por supuesto! —replicó su amiga—. Guárdame un bollo de canela y… —Se cubrió la boca con las manos—. Reserva un baile para ese saco de problemas alto y con patas —añadió, señalando sin demasiada sutileza a Will con la mano todavía sobre los labios.
Morgan resistió la tentación de hacerle un corte de mangas por si había algún niño observándolas. Lo último que necesitaba era que su madre se enterara.
El resto de la tarde transcurrió sin incidentes y, a pesar de ser el único responsable del dolor intenso y agudo que Morgan notaba entre los mofletes del trasero, el Daffodil Jubilee llegó al último acto: el Baile de los Pétalos y las Promesas.
El baile comenzó justo cuando el sol se ocultaba tras los árboles, cubriendo los campos de narcisos que se mecían al viento con un resplandor etéreo.
La auténtica magia ocurría por la noche, bajo un cielo de estrellas resplandecientes que transformaban el patio en algo que parecía sacado de una de esas revistas de casas de lujo.
Se recogían las carpas, las mesas y las sillas y se cubría la hierba mullida con una pista de baile improvisada.
La música, que consistía en una mezcla de músicos locales y vinilos viejos de soul , se esparcía por todo el jardín y se entremezclaba con las risas espontáneas de las parejas de enamorados y el suave tintineo de las copas de cóctel.
«Puedes hacerlo —se dijo Morgan a sí misma—.
No es más que otro festival. Se acabará en…
». Miró la esfera de su reloj inteligente.
El temporizador que marcaba el paso del tiempo en la esquina superior le indicó que tan solo habían transcurrido veintidós minutos desde el comienzo del baile, pero ella ya estaba harta.
Respiró hondo con calma, tal como le indicaban las meditaciones nocturnas con las que se quedaba dormida, para tranquilizar los caballos galopantes que tenía en el pecho.
Por norma general, se habría regocijado de que fuera ese momento de la noche.
En apenas unas horas, habría dejado atrás aquel día infernal que llevaba temiendo desde el comienzo del año nuevo.
Podría volver a su vida normal y dormir en su propia cama sin que su madre controlara todos y cada uno de sus movimientos.
Estaba segura de que eso era lo que Vanessa prefería.
A aquellas alturas, ya estaba acostumbrada a la frialdad de su madre.
Desde que se había mudado a su propia casa, en la otra punta del pueblo, nunca la llamaba para ponerse al día con ella a menos que se tratara de un asunto relacionado con el negocio.
Morgan podría haberse fugado con un circo para ser la mujer barbuda y, aun así, su madre tan solo le habría soltado un «Qué bien» indiferente por teléfono.
No todo era malo en Vanessa Taylor. Mostraba su dedicación a través del trabajo. Para ella, el trabajo implicaba acción. La acción producía resultados y no tenía tiempo para los asuntos triviales del corazón como el afecto.
Morgan subió al cenador que tendrían que haber derribado años atrás.
Era tan antiguo como el terreno sobre el que se alzaba (tenía la pintura desgastada y desconchada a causa de los minerales del agua del río y clavos rebeldes que sobresalían por aquí y por allá), pero su madre estaba obcecada con conservar el «encanto retro» de la pensión, significara lo que significase eso.
Los arcos de los pies le dolían a causa de los zapatos de cuña de doce centímetros y el vientre le rogaba tener un descanso de la faja moldeadora en la que se había embutido a duras penas al principio de la noche.
Le levantaba los pechos hasta la nariz a pesar de que llevaba un vestido sin tirantes, por lo que había merecido la pena hacer algunos sacrificios.
Se sentó en el banco de madera, se dio la vuelta y, con cuidado de no clavarse ninguna astilla, pasó el brazo por encima del borde para tener unas buenas vistas del río que fluía junto a ella con lentitud, manso e imperturbable, hasta llegar al océano, que se encontraba a kilómetros y kilómetros de distancia.
Un coro de grillos y ranas entonaba su balada nocturna, dándole una serenata, mientras los mosquitos se esforzaban por evitar sus rápidos reflejos.
Hacía una temperatura inusualmente alta para ser abril y el calor era opresivo, pero el río cercano le ofrecía una brisa tan agradable como el beso robado de un amante.
No era capaz de distinguir en el horizonte dónde acababa el río y dónde comenzaba el cielo.
Unas esferas blancas diminutas salpicaban el firmamento nocturno y creaban un caleidoscopio de constelaciones que, cuando iba al colegio, Morgan solía saberse de memoria.
Ahora le parecían un mapa complicado que no era capaz de interpretar.
Las estrellas se reflejaban en el agua como bancos de peces que brillaban en la oscuridad y se alejaban nadando de Cinnamon Falls. Deseó poder marcharse con ellos.
Dio un sorbo a la copa perlada de condensación que tenía en la mano: un margarita de fresa bien cargado tanto de puré de fresa como de tequila.
Sorbió con fuerza, dispuesta a acabarse la bebida de una sola vez.
El trago contenía un trozo de fruta que salió disparado hacia el fondo de su garganta como un misil guiado por calor.
Se dobló por la mitad y tosió de tal modo que se le llenaron los ojos de lágrimas.
Al final, escupió la fresa que había estado dispuesta a matarla, la cual aterrizó con un ruido húmedo junto a unos zapatos de suela dura que se encontraban a la entrada del cenador.
Con los ojos llenos de lágrimas, miró de arriba abajo al hombre que estaba frente a ella.
Los zapatos de vestir negros de piel de serpiente asomaban bajo unos vaqueros oscuros con vuelta en los bajos que se le pegaban a los muslos de un modo que hacía que salivara (y no por haber estado a punto de asfixiarse).
Menuda suerte la suya atragantarse cuando el hombre más apuesto de todo Cinnamon Falls estaba de pie frente a ella, sosteniendo el ramo más perfecto que hubiese visto jamás de narcisos color crema y amarillo, sus favoritos.
William Reed era una clase de hombre apuesto que no había conocido nunca antes.
En un pueblo pequeño, la mayoría de los hombres estaban comprometidos desde que llevaban pañales.
Gracias a Dios, Will era un forastero recién llegado (procedente de Macon, según le habían dicho) y corría el rumor sospechoso de que estaba soltero.