Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2) Capítulo 1 Morgan
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Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2)

Crimen en la pensión de las flores (Los secretos de Cinnamon Falls 2)

Por R. L. Killmore

© inepub.com

Capítulo 1 Morgan

Morgan

Sábado

Que conste en acta que Morgan Vanessa Taylor no era muy aficionada a ser la anfitriona de celebraciones grandes y extravagantes, especialmente aquellas en las que todo el pueblo estaba invitado a tu patio delantero.

Sin embargo, cuando tus padres eran los dueños de «una pensión muy pintoresca, con relajantes vistas a la orilla del río, donde se extiende un interminable campo de narcisos de una belleza impresionante», no tenías más remedio que memorizar el texto promocional de la página web, apretar los dientes y cumplir.

El Daffodil Jubilee, el festival de primavera anual de Cinnamon Falls, era la peor idea que sus padres habían tenido jamás.

Su madre aseguraba que, de niña, a Morgan solía encantarle, pero en aquel entonces, habría asegurado que la tierra era plana si su madre se lo hubiera pedido, sobre todo si eso hubiera significado recibir su atención durante más de cinco minutos seguidos.

Para los forasteros, el Daffodil Jubilee se parecía a algún otro festival de pueblo pequeño de Cualquier Parte, Estados Unidos.

Sin embargo, para los habitantes de Cinnamon Falls, aquella celebración significaba que, como una promesa cumplida, la primavera había llegado, cálida y dorada.

Era una excusa para deshacerse de las tiritonas invernales, salir de casa para beber limonada y compartir fotografías panorámicas con los mismos diez seguidores de siempre.

Los más pequeños se perdían en el laberinto de setos o buscaban huevos de plástico detrás de matas de hierba artificial mientras todos los demás disfrutaban de la música en directo, los puestos de mercado locales y la joya de la corona, que daba nombre tanto a la pensión como a la celebración: un jardín de narcisos amarillos y blancos que se extendía hasta donde la vista alcanzaba.

Todo había comenzado como una invitación informal casi treinta años atrás, cuando la familia Taylor había plantado narcisos en el descuidado jardín que se encontraba detrás de la hacienda recién restaurada que habían convertido en pensión.

Aquella iniciativa empresarial marcaba un nuevo comienzo para la familia, así que los Taylor habían difundido la noticia a los cuatro vientos para que los viajeros, los vecinos y sus amistades fuesen a celebrar el comienzo de la primavera.

La gente había asistido y, desde entonces, no había dejado de hacerlo.

Su padre, Wesley Taylor, llevaba toda la vida trabajando en la hostelería.

De joven, había servido bebidas frías durante los días calurosos de verano a mujeres maduras que coqueteaban con él en el club de campo Cinnamon Crest de Asheville.

Con los años, había llegado a ser ayudante de desayuno y después camarero.

Los clientes habían elogiado tanto su atención que lo habían ascendido a recepcionista y, al final, a encargado, puesto que había ostentado durante la mayor parte de su carrera.

Hasta que se le ocurrió la idea absurda de abrir su propia pensión.

Según se dice, cuando los padres de Morgan se enteraron de que, a las afueras de Cinnamon Falls, existía una propiedad en venta junto al río, no dejaron pasar la oportunidad de adquirirla.

Combinando los ahorros que ambos habían reunido a lo largo de su vida, compraron de buen grado un terreno descuidado con una choza en ruinas abandonada tiempo atrás.

Les había supuesto años de esfuerzo, decenas de noches bañadas en lágrimas y discusiones acaloradas, pero el Daffodil Inn que conocía Cinnamon Falls era el objeto de idolatría de sus padres: el símbolo del arduo trabajo de toda una vida englobado en treinta y dos hectáreas de colinas ondulantes de exuberante vegetación que habían sido transformadas para albergar una finca encantadora que colindaba con un campo de narcisos que se extendía a lo largo de Ja orilla tranquila del río.

El nacimiento de Morgan, por muy emocionante que hubiese sido supuestamente, palidecía en comparación con la alegría desatada que había sentido su padre cuando la pensión al fin había abierto sus puertas apenas unos meses después de que ella naciera.

No recordaba la inauguración, dado que había estado profundamente dormida en brazos de su madre, pero había visto (y desempolvado) la fotografía conmemorativa casi todos los días de su vida.

Colgaba con orgullo sobre la chimenea de ladrillos del salón principal, dentro de un marco ornamentado dorado.

Bajo el punto de vista de Morgan, para ellos no había nada más importante que la pensión; ni siquiera su propia hija.

A lo largo de los años, sus padres se habían perdido innumerables partidos de fútbol, debates en equipo y competiciones de baile por estar ocupados con la pensión.

Siempre tenían trabajo pendiente: camas que hacer, repisas de chimenea a las que quitar el polvo, malas hierbas que arrancar o césped que cortar.

Nunca tenían tiempo para ambas cosas. Al diablo con los preciosos recuerdos de la infancia.

Por mucho que Morgan estuviese resentida con el Daffodil Inn por acaparar la atención de sus padres, también sabía que su deber era ayudarlos.

Por eso, cuando le habían pedido que cancelara los muy esperados planes que había hecho con su mejor amiga, Nia, para las vacaciones de primavera, había aceptado a regañadientes pasar la semana en la pensión en su lugar, preparándolo todo para la festividad.

Cada año, el Daffodil Jubilee transformaba su patio en un mosaico de carpas verdes, amarillas y blancas que ondeaban con la brisa como los pétalos agitándose bajo el sol.

Aquel año no iba a ser diferente. Los Taylor no podrían haber deseado que hiciera mejor tiempo. El sol dorado mantenía a raya el frío del invierno y Morgan se alegraba de haber optado por una camiseta de manga tres cuartos.

Observó a los niños, que chillaban de emoción con los dedos pegajosos, los ojos desorbitados y las mejillas pintadas con dibujos de narcisos, mariposas o alas de hadas.

El característico aroma de la vieja receta de los bollos de canela de Rosie’s se mezclaba en el aire con el toque dulce de las palomitas de maíz con caramelo y los buñuelos, así como con el olor especiado y dulce del humo de la barbacoa.

En la distancia, Rodney Mclntire and the Macs, el grupo folk más popular de Cinnamon Falls, estaba interpretando una versión de un viejo clásico mientras, sentados en sus tumbonas, los padres chasqueaban los dedos al ritmo de la música, rememorando el pasado.

Morgan se agachó para entrar dentro de una carpa vacía que se encontraba junto al ahumador de carne de Benny Johnson.

El dueño de BBQ Joint llevaba todo el día ahumando un brisket con el que se le estaba haciendo la boca agua.

Se enjugó la frente con el dorso de la mano y respiró hondo, inhalando humo y estrés a partes iguales.

Aquel era tan buen escondite como cualquier otro, pues la mantendría alejada de las multitudes y las quejas constantes de su madre durante un segundo que parecía caído del cielo.

Se recolocó la placa laminada con forma de narciso que llevaba colgada del cuello y escudriñó los terrenos del festival desde aquella posición privilegiada.

Todo parecía estar saliendo como la seda.

«Apenas unas horas más», le dijo su cerebro.

—¿Es una buena señal que nadie esté llamándote a gritos o preguntándote dónde hay una alargadera? —Nia Bennett apareció a su lado, con las gafas de sol sobre la cabeza y dos botellas heladas de limonada en las manos. Entonces frenó en seco—. Perdón, ¿se suponía que estabas escondiéndote?

Nia siempre era muy oportuna y se daba cuenta de las cosas obvias demasiado tarde.

Llevaban siendo mejores amigas desde primer curso, cuando Morgan se había matriculado en la Escuela Primaria Morningstar, y, desde entonces, habían permanecido unidas.

Habían sobrevivido a la complicada y traumática muerte de su mejor amiga en común, Sienna, así como a la de su madre, Rosie, y, en aquel momento, se estaban embarcando juntas en una aventura nueva: la boda de Nia con el mejor policía de Cinnamon Falls, Jesse Shaw.

Aquel día, Nia llevaba los rizos recién teñidos de un tono castaño miel recogidos en una coleta alta y sus aretes de oro destellaron bajo el sol cuando ladeó la cabeza con una sonrisa cómplice al comprender al fin la situación.

Su vestido largo, cubierto de margaritas amarillas, ondeaba con la brisa, y el delantal, que llevaba el logo estampado de The Cinnamon Scoop, todavía mostraba una leve mancha de helado de canela seco a causa de los cucuruchos que llevaba sirviendo toda la mañana.

Era preciosa de un modo que destilaba seguridad y naturalidad.

Nunca tenía que esforzarse demasiado para obtener la atención de la gente o, dicho sea de paso, para ser aceptada.

Morgan admiraba el hecho de que supiera con exactitud quién era y no malgastara energía en conseguir la aprobación de los demás.

—Ya no —refunfuñó ella mientras le quitaba una de las botellas de la mano y le quitaba el tapón con ganas—.

Que nadie me esté buscando puede ser una buena señal o un indicio del apocalipsis.

—Alzó la botella en dirección a su amiga como muestra silenciosa de agradecimiento—.

Llevo desde el amanecer corriendo de un lado para otro como un pollo sin cabeza. Lo necesitaba.

—Lo has vuelto a conseguir —dijo Nia mientras miraba en torno al jardín con una sonrisa de orgullo—. Puede que este sea el mejor festival de primavera hasta la fecha.