Crimen antes de Navidad Ethan
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Ethan

Ethan

Quién hubiera dicho que, si uno de verdad está a oscuras, la linterna del móvil podría iluminar la mar de bien.

Lo cual les iba de perlas, porque el pasillo se extendía muchísimo más de lo que Ethan había previsto.

Y llevaban allí metidos bastante más tiempo del que había imaginado.

Y la situación resultó más peliaguda de lo que había temido al echar un vistazo por encima del hombro hacia Maggie.

Se había aferrado a la parte de atrás de su camisa como si la vida le fuera en ello, pero al menos respiraba tranquila y de forma constante.

—¿Vas bien por ahí?

—Estupendamente. ¿Por? —Le retorció más la camisa y sus dedos se le apretaron contra la parte baja de la espalda.

—Por nada.

No quería que se pusiera a pensar en cuánto tiempo llevaban encerrados en aquel espacio tan angosto ni en que no parecía haber una forma sencilla de salir de allí.

—No, por nada no, por algo será —le soltó ella en respuesta, lo que... sí, bien. Mejor que se pusiera a discutir con él a que le entrara el pánico.

—Es que sé que no te gusta la oscuridad. Ni los espacios cerrados.

—¿Quién dice que le tengo miedo a la oscuridad y los espacios cerrados? —Sonaba como una mujer que le tenía muchísimo miedo a la oscuridad y los espacios cerrados, pero que no estaba dispuesta a admitirlo.

—Qué va, nadie dice nada. Si ves una rendija de luz o algo así, echémosle un vistazo. Te acompañaré a tu habitación y...

—¿Quién? —repitió, y ya sonaba más bien cabreada.

—Fuiste tú —admitió él.

—¿Cuándo?

«Mierda». Ethan había pasado años evitando aquella conversación y había terminado cayendo directo en ella. Notó un tirón en la camisa y le llevó un momento darse cuenta de que era porque Maggie se había detenido. Había dejado de caminar, pero no lo había soltado.

—Si esto es sobre lo que pasó en Tucson... —empezó.

—Creía que no íbamos a hablar sobre lo que pasó en Tucson.

—Ah. —Ella soltó un resoplido—. Y así será, no se hablará del asunto.

Ethan no tendría que haber recibido la oscuridad y las sombras de buen grado, pero vaya si así era. No quería volverse hacia Maggie y verla. Pero, más que nada, lo que no quería era que ella lo viera al confesar:

—Fue hace mucho tiempo. Seguramente no lo recuerdas... —Dios bendito, de verdad esperaba que no lo recordara—, pero nos quedamos atascados en un ascensor una vez. No fue para...

—Eras tú. —La voz le salió sorprendida, como si llevara todo ese tiempo creyendo que lo había soñado—.

En la fiesta de Navidad. Me quedé atascada en un ascensor con...

Eras tú. —Ethan intentó apartarse, seguir caminando, buscar algún lugar donde esconderse, pero fue como si ella lo estuviera viendo por primera vez, allí en medio de la oscuridad—.

No te reconocí. ¿Por qué no te reconocí?

Porque parecía otra persona. Casi que era otra persona. La mano de Maggie era un peso suave contra su espalda y su cicatriz y la piel que llevaba años sin sentir, y algo en su roce conseguía calmarlo. ¿O a lo mejor lo quemaba? Qué más daba.

—¿Ethan? Esa mañana en el avión... —Maggie hablaba en voz baja y tímida, y él quiso hacerse el tonto, restarle importancia, hacer como que no la había oído—. Vi la cicatriz que tenías.

No quería hablar del tema; ni en aquel momento, ni en aquel lugar, ni nunca, vaya. Pero tampoco tenía intención de mentirle, por lo que se conformó con decir:

—No es una historia muy interesante, Maggie. No salté frente a una bala ni...

—No quiero una historia interesante. No eres Evan Knight, caballero del crimen, antaño asesino a sueldo y ahora guardaespaldas. Tampoco quiero que lo seas, solo quiero saber...

—No vas a dejarlo estar, ¿verdad?

—¿Tú qué crees? —dijo ella, con una risa suave.

De modo que Ethan se volvió y se apoyó contra una pared que no era mucho más que unas tiras de yeso destartalado.

—Tenemos una casa en la montaña. Madre mía.

—Se pasó una mano por la cara—. Eso me hace parecer un gilipollas ricachón.

Mi padre se dedica a la industria armamentística, así que él sí que es un gilipollas ricachón.

Tiene una casa a las afueras de Aspen. Era Navidad y...

—No pudo evitar sonreír porque menuda ironía—.

Fui porque eso es lo que hace un buen hijo.

Así que en la víspera de Navidad abrí mis regalos, una botella de whisky que no bebo y un montón de corbatas que no necesito, y luego salí por patas.

Siguió con la mirada el polvo que parecía danzar en el haz de la linterna.

—No sabía que las carreteras estaban tan mal o... —negó con la cabeza—, quizá es mentira. Quizá sí que lo sabía y me dio igual.

—Ay, Ethan. —Maggie habló en voz tan baja que apenas la oyó.

—Ya iba por la mitad de la montaña cuando los vi.

Un coche se había salido de la carretera y unos faros apuntaban directamente hacia arriba, hacia las nubes y la nieve que iba cayendo por los haces de luz.

Parecía la Batseñal o algo así. Recuerdo haber bajado, pero...

—la risa que se le escapó fue seca y sin pizca de alegría— el coche estaba vacío.

Bajé por un acantilado congelado porque me creí alguna especie de héroe y me encontré con el coche vacío.

De pronto la ladera cedió y... Lo último que recuerdo es el sonido.

Me desperté en el hospital. No sé cuánto tiempo pasé allí sepultado ni cómo llegué a salir, pero...

—Sentía que las palabras se le atragantaban en la garganta—. Jamás olvidaré ese sonido.

—Ethan... —A Maggie le temblaba la voz y el labio inferior. Ethan quiso calmar ambos con un beso.

—Que conste en acta que, ¿esos ojos con los que me estás mirando? —Le acarició la mejilla con el pulgar—. Es por eso por lo que no voy contándolo por ahí a desconocidos.

—Lo siento mucho. —Lo miraba con esos ojazos enormes y anegados de lágrimas y él se odió a sí mismo por ponerla tan triste—. Perdóname, no tendría que haberlo preguntado.

Le había apoyado una mano en el pecho, e Ethan la aferró contra su corazón desbocado.

—No te disculpes.

—Pero...

—No eres una desconocida.

Le dio un apretoncito en la mano y sintió que le fallaban las fuerzas en aquel espacio tan reducido, que se apoyaba en él en medio de la oscuridad.

—Lamento no haberte reconocido. No...

—No pasa nada. Cuando nos conocimos, había pasado ocho meses de operación en operación y cuatro en fisioterapia.

Había dejado de comer. No podía afeitarme ni peinarme.

Me había quedado sin trabajo y mis amigos dejaron de contestarme las llamadas.

La cosa se puso tan fea que una noche terminé abriendo esa botella de whisky .

Y bebí tanto que... ¿Sabes qué? Da igual.

Se apartó de la pared. Tenían que seguir andando.

—Bebiste tanto que... —Parecía tan preocupada que no podía no contárselo.

—Solía viajar por trabajo. Pero mucho. A mis compañeros les gustaba vacilarme por todos los libros que leía, así que un día me puse a escribir una novela sobre un tío llamado Evan Knight.

Puras chorradas, solo lo hice para pasar el tiempo durante un vuelo nocturno.

No estaba terminado y fijo que no era nada del otro mundo tampoco, pero lo que le faltaba en calidad lo compensé con creces con lo borracho que iba.

Empecé a contactar con agentes literarios, escribiendo como podía con la mano izquierda.

Creo que llegué a pensar que lo había soñado todo hasta que me empezaron a llegar los rechazos.

Hasta que uno de esos no lo fue y... —Soltó un suspiro cansado—.

De ahí salió Muerte al caballero . Y supongo que el resto ya lo sabes.

—Vaya. —Parecía haberse quedado sin palabras—. No imaginé que fuese posible odiarte más de lo que ya lo hacía.

La frase lo habría destrozado si no la hubiese dicho sonriendo.

—Y eso. Fue así como terminé en esa fiesta. Y por eso da igual que no me reconocieras. En retrospectiva y siendo sincero, ni siquiera me reconozco a mí mismo.

Ethan se puso a caminar, apartando telarañas y señalando tablones podridos. Estaban perdidos en aquel espacio tan angosto y podía sentir a Maggie: su mirada, su mano y todas las preguntas que revoloteaban a su alrededor como el polvo, tan espesas que casi conseguían asfixiarlo.

—¿Lo echas de menos? El Servicio Secreto.

—Sí. No. Yo qué sé.

—Pero qué... específico —se burló ella—. Menudo despliegue de elocuencia de tu parte. Muy...

—Ya no soy el mismo. —No pretendía desquitarse con ella.

Era una confesión. Eso era lo que los demás nunca entendían; que la razón por la que Ethan nunca hablaba sobre su pasado no era porque le gustase mantener su vida en privado, sino porque ya no parecía suya—.

Lo echaría de menos si siguiera siendo la misma persona, pero esa vida le pertenecía a otro.

No he... No puedo... Hacía años que ni siquiera tocaba un arma.

Hasta ayer. —Meneó la cabeza, pero sin volverse. Porque él nunca volvía atrás.

—¿Qué pasa? —preguntó Maggie con voz contenida—. ¿Ethan? No vayas tan rápido. Ethan. —Volvió a aferrarlo de la camisa hasta lograr que se detuviera—. ¿Qué pasó?

Maggie era una escritora de renombre, era obvio que iba a percibir que la historia no acababa allí. Pero eso no quería decir que tuviera que contárselo. Siempre podía mentir, irse por la tangente, ponerse a tontear. Lo habría hecho con cualquier otra persona, pero con Maggie...

—Me sometí a las operaciones y a la fisioterapia, pero... —Sostuvo la mano derecha bajo el haz de luz y, al final del pasillo, su sombra tembló. Porque la mano le temblaba. La mano siempre le iba a temblar, por el resto de su vida—. ¿Lo ves? ¿Ves cómo tiembla?

—Pues no, la verdad.

—Sí que tiembla. Hazme caso. —Se aferró la mano con tanta fuerza que se dejó marcas con las uñas sobre las palmas. Unas cicatrices que solo él podía ver—. Nunca deja de temblar.

Se quedaron un buen rato en silencio, perdidos entre el polvo y los secretos que no dejaban de dar vueltas a su alrededor, por lo que no estaba esperando que le preguntara...

—¿Tienes hijos?

La risa que se le escapó fue brusca y demasiado escandalosa en medio de la calma.

—¿Qué dices? —preguntó, poniéndose a caminar de nuevo.

—No te rías. Es que... se te dan muy bien los bebés y no sabía si...

—No. No tengo hijos. Lo que sí tengo es cuatro hermanos y cuatro cuñadas...

Quienes me revientan el móvil con mensajes cuando descubren que no voy a pasar las Navidades con ellos, por cierto.

—La miró con intención y Maggie se echó a reír—.

Y también sobrinos y sobrinas. Sobrinos y sobrinas por un tubo.

—¿Cuántos?

—Siete. No, espera, doce. ¿Puede que sean dieciocho? Qué sé yo, siempre que voy hay más.

—Sí que los conoces. Seguro que os veis todos los días.

—Oye, soy yo quien se encarga de llevarlos a caballito y comprarles chuches. Esos renacuajos me adoran.

Al final terminaron llegando a unas escaleras que bajaban en espiral hacia un espacio que parecía incluso más cerrado y más oscuro, por lo que intentó que Maggie fuese en dirección contraria.

—Vale. Toca dar media vuelta y...

—No. ¿Acaso no quieres saber qué hay ahí abajo?

—No hace falta que vayas —contestó él sin más.

—No tengo miedo. —Maggie apoyó un pie sobre el primer escalón y este crujió bajo su peso, pero no se rompió. Y entonces la mirada que vio en sus ojos lo dejó sin aliento—. Estamos juntos.

Al final de las escaleras, el suelo estaba hecho de tierra y el techo era más bajo, e Ethan supo, sin que nadie se lo dijera, que estaban en una sala subterránea. Tenía que sacarla de allí. Pero Maggie iba justo detrás de él y, cuando le dio la mano, la suya no temblaba en absoluto.