Maggie
Maggie
A Maggie nunca le habían gustado mucho los lugares cerrados y oscuros.
Cualquier espacio subterráneo o apretujado.
A lo mejor era por la experiencia que Colin había denominado «El incidente en la bodega».
O quizá se debía a haberse criado en una de las zonas más propensas a tener tornados y haber pasado demasiadas tardes de primavera encerrada en un sótano que olía a tierra húmeda y telarañas.
(Y a serpientes. Pero Maggie hacía todo lo posible para no pensar en ese detalle).
Por tanto, no estaba muy segura de qué esperar cuando la puerta se cerró a sus espaldas y el aire se llenó de polvo y de un rastro a algo que había empezado a concebir como Aroma a Ethan.
Algo oscuro, intenso y tan delicioso que dolía.
Seguro que podrían venderlo en centros comerciales.
Los vendedores podían ponerse chaquetas de cuero y se quedarían sin existencias todas las Navidades.
Lo observó mientras se volvía hacia la entrada secreta e intentaba abrirla a la fuerza, pero la puerta permaneció cerrada y todo seguía a oscuras y lo único que pudo hacer ella fue quedarse allí, quietecita en medio del silencio.
—Vale, suponiendo que no me equivocaba... —empezó despacio.
—No te equivocabas.
—Y Eleanor quería que encontráramos esto...
—Exacto.
—¿Por qué?
Una fina franja de luz se colaba desde el pasillo e iluminaba el rostro de un hombre que la miraba como si lo hubiesen conseguido.
Como si estuviese dispuesto a darlo todo.
A darlo todo... junto a ella. Y era demasiado.
La sensación de que lo bueno estaba a punto de empezar, porque nada de aquello podía considerarse algo bueno.
Un hombre estaba al borde de la muerte y una mujer había desaparecido y si Maggie estaba convencida de algo en la vida era de que lo bueno nunca duraba y a lo único que una podía aspirar era a ir tirando.
Porque ir tirando era algo aceptable.
Ir tirando era algo que podía tolerar.
Ir tirando era como dar un paseo tranquilo y agradable por unas vías planas y rectas, sin subidas que le dejaran el corazón en la garganta ni caídas libres horrorosas. Una existencia libre de subidas y bajadas, eso era lo único que quería.
Pero entonces alzó la vista hacia él. Respiró su aroma. Y las palabras volvieron a ella, rebotando por el espacio tan angosto en el que se encontraban: «Se viene lo bueno...».
Y cuando Ethan le tendió una mano y le preguntó si confiaba en él, Maggie ni siquiera tuvo que pararse a pensarlo antes de dársela.