Maggie #2
—Margaret Elizabeth Chase —pronunció muy despacio, alargando las palabras, pero eso solo sirvió para recordarle cómo había dicho su nombre correcto en el cuarto de las armas, como si siempre lo hubiera sabido.
Que la había llamado la mejor—. ¿Has robado el nuevo libro de Eleanor?
—Pilló el cuaderno que estaba más arriba en la pila.
—No —dijo ella sin pensar, a lo que Ethan le dedicó una miradita como diciendo «¿Estás segura?»—. Vale. Sí. Cabe la posibilidad. Los he tomado prestados. ¡Pero no es culpa mía! Es el libro número cien, ¿qué querías que hiciera?
¿Que si sonaba como una cría quejica? Sí. ¿Que si le importaba? Ni por asomo.
—El inspector Dobson nos dejó muy claro que no debíamos entrar en el despacho. Porque es la escena de un crimen.
—Pues el inspector Dobson también le dijo a Kitty que siempre había querido un jersey con un tamborilerito, así que es obvio que el inspector Dobson miente más que habla.
—¿Eso quiere decir que te has colado? ¿Sin mí? Menuda puñalada trapera. —Hojeó uno de los cuadernos, aunque demasiado rápido como para leer nada—. ¿Y qué tal?
A Maggie le fallaron las piernas y se dejó caer en la cama.
—No sé. Es... distinto. No sé decir muy bien por qué.
—Bueno, es un primer borrador —dijo él.
—Sí, y solo hay siete cuadernos, lo que quiere decir que no está terminado.
—Pero eso no es lo que te molesta.
Jolín, qué mal le caía cuando parecía leerla como si fuera un libro abierto.
—No, es que... —Algo dentro de ella le decía que no debía contárselo, pero lo hizo de todos modos—.
No puedo evitar pensar que... ¿Y si es el último libro de Eleanor Ashley que leo por primera vez?
—Se puso a juguetear con el hilillo de su manga otra vez.
Hasta decirlo en voz alta dolía—. ¿Y si es lo último de Eleanor Ashley?
No se echó a llorar, pero, cuando la cama se hundió a su lado y un brazo se puso sobre sus hombros, sí que agradeció el peso. Y cuando Ethan la atrajo hacia él, tampoco se resistió.
La gravedad e Ethan Wyatt: dos fuerzas de la naturaleza indisputables que se confabulaban en su contra, y Maggie estaba demasiado cansada para oponer resistencia.
Notó un aliento cálido contra la sien. El roce de unos labios en el inicio del cabello.
—Vamos a encontrar a Eleanor, ¿vale? Te lo prometo.
—Vale —asintió ella, obligándose a contestar esa única palabra.
Cuando Ethan apagó la luz, Maggie sintió los párpados pesados, el ambiente tranquilo de la noche y ni un asomo de sueño.
A lo mejor fue cosa del silencio o del estrés o del desfase horario...
O quizá todo se debía a que había pasado demasiado tiempo desde la última vez que un latido se acompasaba al suyo en medio de la oscuridad, pero se oyó a sí misma decir:
—De pequeña, mi familia no tenía mucho dinero.
No iba a campamentos ni practicaba ningún deporte.
Ni siquiera a fiestas de cumpleaños, porque hay que llevar regalo y en algún momento llega tu turno y tienes que organizar tú la fiesta.
Además, mis padres siempre estaban trabajando, así que...
Los veranos eran lo peor. ¿O quizá era todo lo contrario?
—La verdad era que ni ella misma lo sabía—.
Porque solo tenía dos cosas: el carné de la biblioteca y tiempo libre.
Y luego pasé a tener tres cosas, porque también la tenía a ella. Siempre he tenido a Eleanor en mi vida.
No sabía cómo, pero había terminado apoyándole la cabeza en el hombro, por lo que intentó apartarse, pero Ethan la abrazó con más fuerza.
Como por instinto. Como si le resultase natural.
Como si estuviera... (notaba cómo su pecho subía y bajaba) ¿dormido?
Mientras intentaba decidir si lo que sentía era alivio o decepción, le llegó un:
—Mi padre estaba en el ejército.
Al instante, Maggie quiso incorporarse y atacarlo a preguntas, pero Ethan tenía los músculos tensos, el aliento contenido. Las palabras parecían hacerle daño. Como si incluso el hombre que suele hacer de escudo humano solo fuese lo bastante valiente para pronunciarlas en medio de la oscuridad.
—Así que nos mudábamos muchísimo. Y él era...
ambicioso. No. —El pecho de Ethan subió y bajó deprisa; la risa silenciosa que uno suelta cuando ya nada le parece gracioso—.
Si la ambición fuese hambre, mi padre estaba famélico.
Por desgracia, la ambición era sinónimo de ascensos y, los ascensos, de mudanzas y...
A lo que voy es que estuve en diez colegios distintos en un lapso de doce años, así que las fiestas de cumpleaños tampoco eran una opción para mí.
Era lo más bonito que podría haberle dicho, y por mucho que ella jamás habría usado las palabras cálido o reconfortante para describir al hombre que tenía al lado, se descubrió a sí misma acurrucándose contra él, con los párpados cada vez más pesados.
Cuando Ethan le echó una manta encima, Maggie supo que tendría que haberle pedido que se fuera a su propia cama.
A su habitación. Que la dejara en paz. Pero él estaba muy calentito y la hacía sentir bien y... segura.
Por primera vez en cuestión de años, Maggie se sentía segura, y una parte de ella quiso ponerse a analizar la sensación, desmontarla y descubrir lo que había dentro. Pero otra parte, una que pudo someter a la primera, solo quería conseguir que durara un poquito más.
—Maggie... —La voz de Ethan sonaba más baja, como si hubiera estado librando su propia guerra en su interior. Como si llevara las de perder—. Sobre lo que oíste esa vez... En Nueva York...
Y se acabó lo que se daba.
—No sigas por ahí. —Aunque no quería sumirse en aquella batalla, esta había ido a buscarla de todos modos, por lo que ya se estaba incorporando y apartándose hasta el otro lado de la cama.
—Deja que te lo explique, por favor.
—Esta noche no, Ethan. Estoy demasiado hecha polvo para escuchar que te entendí mal o que no lo decías en serio o...
—Pero sí que lo decía en serio. Cada palabra.
Maggie sintió que se le helaba la sangre.
—Vete —ordenó.
—Pues claro que iba a terminar dejándote, Maggie.
—Que te largues.
Casi se había levantado de la cama cuando la manta entera empezó a moverse y tirar de ella hacia atrás como si fuese una cinta transportadora.
—Maggie, te lo ruego. Escúchame. Iba a terminar dejándote porque fuiste tú quien cambió las reglas.
Las palabras le sentaron como una bofetada que tendría que haberse visto venir.
—Claro. Tenía que ser culpa mía, cómo no. —Todo siempre era culpa de ella.
—¡No quería que lo eclipsaras! —soltó Ethan, y Maggie se congeló donde estaba.
Hasta su corazón dejó de latir mientras los ojos de él buscaban los suyos y bajaba la voz para añadir—: No debías llegar más lejos que él.
No debías superarlo. Y mucho menos ganar más dinero que él.
Conozco a ese tipo de hombres. Provengo de un linaje muy largo de hombres que son justo así, por eso créeme cuando te digo que tu marido necesitaba que fueras inferior a él. Y tú siempre ibas a estar por encima.
Ethan alzó una mano como si no supiese bien qué hacer con ella. La vio temblar en medio del ambiente frío y, cuando notó que un dedo cálido le rozaba una mejilla para secar la lágrima que se le había escapado, el gesto casi pudo con ella.
—No existe ningún universo ni realidad en la que tú no seas la estrella más brillante de todo el firmamento. Y... —El sonrojo le llegó a las mejillas. La mano le tembló, y tuvo que apartar la mirada como si, de pronto, fuese él quien estuviera avergonzado—. Y eso es todo lo que quería decir.
Ya casi se había levantado de la cama cuando Maggie lo pilló de la muñeca. Lo sintió temblar, pero por un instante se limitaron a quedarse sentados bajo el brillo de las estrellas sobre el campo nevado, con el pulso de él latiendo desbocado bajo los dedos de ella.
—No te vayas.
Ethan hizo todo lo posible para no sonreír mientras Maggie se metía bajo las mantas y alzaba una esquina, a la espera de que él hiciera lo propio.
—Deja de sonreír —le advirtió.
—No estoy sonriendo.
—Es solo porque me das calor.
—Te pongo caliente, más bien —la corrigió él con su sonrisa de suficiencia—. Venga, dilo tú: te pongo. —Su voz grave sonaba muy cerca y estaba llena de... su picardía de siempre—. Oye, ¿nos enrollamos?
Por su parte, Maggie (la misma que se moría de sueño) hizo todo lo posible por no sonreír.
—Gracias, pero no.
—Vale. Avísame si cambias de parecer.
—Claro.
Al girarse para ponerse de lado y cerrar los ojos, Maggie empezó a pensar en lo poco que le gustaba lo mucho que él la hacía sonreír.