Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Si bien Maggie tendría que haberse encontrado mejor después de un buen plato de comida y una ducha calentita, era más bien todo lo contrario y sentía que se moría de frío.

Se había puesto sus calcetines más gruesos, sus pantalones más suavecitos y su segunda camiseta de manga larga favorita (con el eslogan «Just Drew it!

» imitando el conocido logotipo, junto a una imagen de Nancy Drew sosteniendo una lupa en lo alto, como si fuera un balón de baloncesto).

El problema era que no conseguía entrar en calor.

Ni ponerse cómoda. Ni dejar de darle vueltas a todo lo sucedido lo suficiente como para detenerse y pensar en algo en específico, por lo que se había limitado a tumbarse en aquella cama gigantesca mientras contemplaba aquella puerta tan pesada y su cerradura que, todo fuera dicho, dejaba mucho que desear.

Cada vez que cerraba los ojos, oía el ruido intenso del viento, veía los setos agitándose y notaba la nieve húmeda y helada cayéndole encima.

Pero, más que cualquier otra cosa, recordaba unos brazos fuertes que habían tirado de ella para resguardarla entre los setos, el cuerpo que la había cubierto entera como si de un escudo se tratase. Que la había protegido.

«Soy el que suele hacer de escudo humano».

Era lo primero que Ethan le había dicho y que ella había creído sin dudar. Entonces fijó la vista sobre la cerradura una vez más y le entraron ganas de poder reforzarla, solo que por razones completamente distintas.

La puerta se abría hacia dentro y tenía una cómoda antiquísima a un lado, así que quizá no era lo más descabellado del mundo simplemente... ¿moverla un poquitín? Unos centímetros de nada.

Pero qué boba era.

La más tonta de todas.

Porque se estaba dejando llevar por su imaginación.

Aunque, siendo realistas, también era su imaginación quien se había encargado de pagar las facturas durante casi una década entera, por lo que se merecía el beneficio de la duda.

O eso fue lo que se dijo a sí misma mientras se levantaba de la cama demasiado alta, corría por el suelo helado y empezaba a hacer fuerza.

Solo que la cómoda se negó a moverse. Se colocó al otro lado y probó de nuevo, con lo que consiguió apartarla un poquitín de la pared. Luego un poco más. Y un poco...

Al oír que alguien llamaba a la puerta, puede que pegara un bote. Y chillara del susto. Dicho de otro modo, se le caía la cara de vergüenza al inclinarse hacia delante y preguntar:

—¿Quién es?

Una risa baja le llegó desde el otro lado.

—¿Tú qué crees?

Maggie no estaba segura de si lo prefería a él o a quien había intentado matarla.

—¿Has venido a matarme?

De nuevo esa risa breve y en voz baja.

—Igual me lo pienso si no abres la puerta.

Tuvo que pararse un momento a deliberarlo, porque no tenía claro qué opción era más peligrosa: el asesino que tenía que asegurarse de mantener fuera de su habitación o el hombre al que no quería dejar pasar.

—Venga, Margaret Ann. Déjame entrar. —La madera oscura no suponía ningún impedimento para la voz profunda de Ethan—. Porfa, porfa, porfa, porfa, porfa. Puedo quedarme aquí toda la noche, ¿sabes? Más de una vez me han felicitado por todo este aguante que...

Trastabilló cuando Maggie abrió la puerta de par en par, pero recuperó el equilibrio con la misma elegancia que un deportista nato, apoyando un codo en el pomo de la puerta y plasmando una sonrisa en su rostro.

—Ya sabía yo que te caía bien —dijo, antes de darle un repaso de arriba abajo (desde su cabello mojado hasta sus calcetines peluditos) y soltar un pequeño gruñido—. Pero qué sexi.

Entonces a Maggie le entraron unas ganas de matarlo totalmente renovadas. Y se habría puesto a ello de no ser porque Ethan empezó a meter un montón de cosas que tenía en el pasillo dentro de su habitación, lanzándolas hasta dejarlas a un lado de su cama: mantas y almohadas y...

—¡Oye! —soltó ella, pero Ethan ya había empezado a arrastrar algo que parecía pesado hasta meterlo por la puerta—. ¿Y eso?

Cuando lo soltó, el bulto dio un golpe seco al impactar contra el suelo.

—Es mi colchón.

—Eso ya lo veo. —Se quedó un segundo allí plantada, contemplándolo—. Lo que quiero saber es qué hace en mi habitación.

—Ah, es que voy a dormir aquí. —Ethan se puso a sacudir una sábana.

—¿Por qué?

—Porque por mucho que me chifle el cliché romántico de una sola cama, no sé yo si cuenta si hay una segunda cama en la habitación de al lado.

—Pero es que a mí me gusta que tu cama esté en la habitación de al lado. Si eso, me gusta aún más cuando estás tú en ella y... Un momento. ¿Lees literatura romántica?

—Alma de cántaro... —Ethan bajó la voz a la par que los ojos—, pues claro que leo romántica.

Algo en él no le cuadraba del todo. Parecía más joven y menos intimidante y...

—¿Qué haces con esas gafas?

Eso era. Era demasiado para ella. La sobrepasaba.

Unas gafas de montura oscura enmarcaban unos ojos del color del zafiro que, por la razón que fuera, lo hacían parecer más joven y menos perfecto.

Como si se pasara todo el día con la nariz metida en un libro, pero era algo que iba...

más allá. Que le daba más personalidad. Más encanto.

Más vulnerabilidad. Lo que no tenía ni pies ni cabeza, la verdad.

Ethan Wyatt era un personaje. Un espejismo. Una personalidad diseñada por grupos de investigación, estudios varios y las fantasías colectivas de todos los equipos de marketing del planeta. Solo que el tipo que tenía delante era... otra cosa.

Era como si se hubiera marcado un Clark Kent a la inversa. Se había puesto las gafas y había revelado su superpoder y, por mucho que fuera en contra de todos sus principios, Maggie descubrió que aquello no le desagradaba. Lo que, por desgracia, hizo que se odiara incluso más a sí misma.

Pero entonces Ethan se dio la vuelta y le dejó ver que en sus pantalones de pijama ponía Caballero de guante blanco en todo el culo.

—No me digas que vas a dormir vestido con tu propio merchandising .

—¡Margaret! —Sonaba escandalizado—. ¿Me estás mirando la retaguardia?

—Tu retaguardia tiene el título de tu tercera novela plasmada en ella.

—¡Margaret! ¿Estás intentando desnudarme?

—¡No!

—Porque normalmente suelo dormir en paños menores, pero dadas las circunstancias creía que...

—¡Ningún problema con las retaguardias publicitarias!

—A ver, que lo ideal sería no ir totalmente desnudo si tengo que salir en tu defensa. Otra vez.

—No necesito que me protejas —espetó ella, y esperó a que dijera algo en respuesta, pero Ethan se limitó a regalarle una de sus sonrisas engreídas que le abarcaban toda su engreída cara y a centrarse en la pesada cómoda que claramente había sido arrastrada hasta apartarla de la pared—.

Eso ya estaba ahí cuando llegué —añadió Maggie a toda prisa.

Tuvo la suerte de que Ethan no dijera nada y decidiera acercarse al mueble y levantarlo como si no pesara nada para luego dejarlo frente a la puerta.

Maggie sintió que se sonrojaba.

—Gracias —consiguió articular con timidez, por mucho que no se atreviera a mirarlo.

Aunque era probable que quisiera hacerse el chulo por toda la fuerza que tenía o lo grandes que eran sus bíceps, no hizo ninguna broma ni se puso a fanfarronear, y Maggie sintió que el ambiente cambiaba de improviso.

—No te va a pasar nada —le aseguró, completamente en serio.

—Ya lo sé. —El hilillo que se había soltado en el puño de su camiseta se había vuelto lo más interesante del mundo de golpe y porrazo—. Lo del gorro ha sido casualidad. No es que crea que alguien quiere ir a por mí, ¿sabes? Sería absurdo, si a mí no me conoce ni Dios. Soy una don nadie. Soy...

—No eres una don nadie. Y te digo yo que no voy a dejar que te pase nada. Ni esta noche. —Avanzó muy despacio un solo paso—. Ni mañana. —Otro paso. Otro latido de su corazón, demasiado alterado dentro de su pecho—. Ni nunca.

—Porque eres el que suele hacer de escudo humano —dijo ella, intentando vacilarlo.

Ni un amago de sonrisa escapó de él.

—Exacto.

De pronto, a Maggie le entró muchísimo calor.

Se sentía torpe y patosa y como si, de no haber tenido la puerta bloqueada por la cómoda, fuera a salir corriendo de aquella habitación.

De la mansión. Podría correr hacia la noche y no detenerse hasta llegar al mar.

De modo que se contentó con la segunda mejor opción y se dirigió hacia el baño.

—Vale, pues muchas gracias, don Espía Asesino Explorador...

—Servicio Secreto.

Se detuvo al llegar a la puerta del baño y dio media vuelta, esperando encontrarse con su sonrisita de siempre, la que rezumaba picardía y encanto a raudales, pero el hombre de las gafas era la versión más seria de Ethan Wyatt que ella había visto en la vida.

—Era parte del Servicio Secreto —repitió.

Desde que Ethan había irrumpido en el mundo literario, Maggie debía de haber oído más de un centenar de teorías sobre quién era y de dónde había salido, pero nunca le había llegado nada sobre el Servicio Secreto.

Por un segundo pensó que seguro que le estaba mintiendo.

Le estaba tomando el pelo, como era su costumbre.

Pero había algo distinto en su expresión.

Seguía muy serio, lo que le decía era cierto.

Recordó lo que había visto en el avión, la cicatriz que tenía en la espalda.

Quería hacerle un millón de preguntas, pero se quedó quieta como un cervatillo bajo los faros de una mirada demasiado intensa y acalorada; como uno de esos rayos alienígenas de las pelis de ciencia ficción, la iba a atrapar.

Sin embargo, debía de ser la única que se sentía así, porque Ethan se volvió hacia la pila que tenía en la cama.

—Un momento. Eso de ahí...

—No es nada —soltó Maggie a toda prisa, rodeándolo como si pretendiera bloquearle la vista, pero Ethan volvía a ser el mismo de siempre y se limitó a cogerla en volandas y apartarla de su camino.