Maggie
Maggie
Maggie no sabía muy bien qué sentir mientras Ethan la arrastraba hacia el pasillo de techos altos.
—¿Qué ha sido eso? —soltó, pero Ethan ni siquiera se dignó a aminorar la marcha.
—Venga, vamos a ver cómo está sir Jasper y luego...
—No hace falta.
Al oír la voz, se volvieron para encontrarse con Kitty sentada al final de las escaleras, derrumbada contra la barandilla como si hubiese hecho el intento de subir, pero le hubieran fallado las fuerzas, por lo que había terminado dejándose caer donde estaba.
Maggie desvió la vista de sus ojos cansados a sus mangas remangadas.
Tenía una mancha de color negro oscuro en el jersey.
—Ha muerto... —adivinó Maggie, pero Kitty soltó una risa y negó con la cabeza.
—No. —Entonces se echó a reír con más fuerza. El sonido que se le escapa a uno cuando el alivio colisiona con el agotamiento—. Está estable, ya respira sin ayuda.
—¿Está despierto? —quiso saber Ethan.
—Aún no, pero sigue vivo. —Kitty apoyó la cabeza contra la barandilla y alzó la mirada hacia Maggie—. El carbón activado lo ha salvado, ¿sabes? Tú lo has salvado.
—No, Kitty. Has sido tú. Tú y el doctor Charles.
Kitty se quedó pensando un momento hasta finalmente ponerse de pie muy despacio y sacudir los hombros en un gesto orgulloso.
—Eso hemos hecho, ¿no?
Entonces dio media vuelta, empezó a subir las escaleras y exclamó a voz en grito:
—¡Rupert! ¡Me voy a echar una siesta!
Y Maggie no pudo hacer más que sonreír porque si había alguien en el mundo que merecía una siesta, era esa mujer. Pero también...
¡Sir Jasper estaba vivo! Seguía con vida y... Maggie se percató de otra cosa.
Ethan aún la llevaba de la mano.
—Venga. —Le dio un tirón y la condujo por un pasillo angosto que llevaba a la cocina.
—¿Qué ha sido eso? —insistió Maggie, al recordar a Dobson y la biblioteca y que Ethan ni siquiera se había resistido al interrogatorio.
Solo que Ethan no le contestó, sino que siguió arrastrándola por el pasillo y luego por la cocina.
Fue como si hubiesen retrocedido en el tiempo mientras él echaba un vistazo hacia una lavandería y luego una despensa, abriendo puertas viejas y chirriantes para asomarse entre las sombras, buscando, a la espera de encontrar...
—Que qué ha sido eso, te digo —repitió, dándole un manotazo en el brazo al tiempo que echaba un vistacito a una sala que olía a lavanda y estaba llena de sábanas limpias.
—¡Ay! —Ethan se frotó uno de sus brazos musculosos, sin molestarse en ralentizar el paso—. ¿Sabes? Eres bastante más fuerte de lo que pareces.
Maggie oyó voces. El duque y la duquesa se acercaban, por lo que aferró a Ethan del brazo y tiró de él hacia la puerta abierta que tenía más cerca.
—Hala. Lo digo en serio, ¿entrenas con alguien o...? —Barrió con la mirada el lugar tranquilo y en penumbra. Unos rayos de luz tenue se colaban por las ventanas de plomo e iluminaban el tipo de sala que seguramente llevaba décadas sin usarse.
Había mesas de madera desgastada y estanterías con herramientas para limpiar las presas al volver de cazar, pero a Ethan se le fueron los ojos al armario ocupado por un par de armas largas e idénticas.
—Anda, lo has encontrado.
Parecía... entusiasmado. Para nada como un hombre cuyo mundo entero se había puesto patas arriba.
—¿Por qué le has dicho al inspector que teníamos un motivo?
Ethan apartó la mirada del expositor de las armas el tiempo suficiente para contestarle:
—Porque es cierto.
—¡Claro que no! No tenemos ningún motivo. Eleanor no puede escoger a su sucesor si está... —La palabra casi le supo a almendras al tornarse veneno mientras la sopesaba en la lengua.
—Oye. —Se agachó un poco para buscarle la mirada—. Resulta que también tenemos coartadas.
—¿En serio?
Ethan contuvo una sonrisa.
—Alguien ha intentado dispararte, ¿recuerdas?
Lo que quería era olvidarlo.
—Claro, pero... No sé yo si Dobson nos ha creído.
El frío emanó de las ventanas cuando estas se sacudieron por culpa del viento, pero nada le pareció más frío que la voz de Ethan al preguntarle:
—¿Y tú? ¿Me crees?
Quería decirle que no. Quería ponerse a pelear y a discutir y a soltarle pullitas porque eso era lo que hacían.
En situaciones de estrés, la gente terminaba mostrando su peor cara, y en el caso de Maggie eso era odiar a Ethan Wyatt porque era muchísimo más sencillo que odiarse a sí misma.
Quería decirle que era un presumido de tomo y lomo que ni siquiera era capaz de reconocer el ruido que hacía el hielo al estrellarse contra el suelo. Quería decir cualquier cosa menos...
—Te creo.
Quería hacer cualquier cosa menos acercarse a él, temblando de pies a cabeza por la conmoción y la preocupación, porque de pronto todo le parecía demasiado... real. No se trataba de una novela, una competición ni un juego.
Estaban en medio de ocho mil hectáreas de terreno sin teléfonos, internet ni ayuda alguna. El puente estaba inhabilitado y había más de treinta centímetros de nieve sobre el suelo, con posibilidades de aumentar. Un hombre estaba inconsciente. Una mujer había desaparecido. Y...
—Alguien que Eleanor Ashley ha invitado a su casa a pasar las Navidades está intentando matarla.
Maggie solo había tenido dos ataques de pánico en la vida.
El primero fue a los dieciocho años, cuando se quedó sola en un apartamento de Florida, rodeada de cajas y facturas por pagar.
El segundo fue en una habitación en penumbra tan silenciosa que llegaba a oír las olas del Atlántico rompiendo contra la costa rocosa.
Y seguramente el tercero estuviera de camino, solo que no podía ser allí. No en aquel momento, con él presente.
Había demasiado en juego. La vida de Eleanor. Lo que sería de ellos. Su autoestima. No podía arriesgarse, pero eso no quitaba que...
—Dobson cree que hemos intentado matar a Eleanor. Pero eso es absurdo. ¿No te parece absurdo? Porque a mí sí. Porque tú eres tú y yo soy yo, pero no hay ningún nosotros.
—Podría haberlo —musitó él, pero a Maggie le estaba costando formar ideas coherentes. Palabras. Conclusiones.
—Pero incluso si no hay un nosotros, podríamos... Espera, ¿qué has dicho?
—Nada —contestó él, al tiempo que Maggie se acercaba a las ventanas cubiertas de escarcha y la poca luz que quedaba. En aquella época del año y tan al norte como estaban, el sol se ponía muy muy temprano, y la oscuridad era algo más que tenían en contra.
—¿Y si le ha pasado algo? ¿Y si...?
—No se pondrían a dispararle si ya la hubiesen matado, ¿verdad? —La sala pareció menos fría en aquel momento. Un poquitín, al menos—. Lo que me recuerda que alguien ha intentado dispararte, ¿sabes? No pasa nada por guardarte algo de esa empatía para ti misma, Margaret Elizabeth.
—Que no me... —empezó a reprocharle, pero se tragó sus palabras al reparar en que...—. No, espera, sí que me llamo así. —Y entonces no pudo contenerse y se le escapó la risa—. Algún día ibas a tener que acertar, supongo.
Esperó a que le guiñara un ojo o le soltara alguna pullita o comentario burlón, pero nada. Parecía haberse convertido en el hombre más serio del planeta cuando le dijo:
—Eres Margaret Elizabeth Chase, nacida el 15 de enero, lo que significa que eres Capricornio.
No me sé tu ascendente, pero si te interesa saberlo podría buscarlo.
Has escrito veintiocho novelas bajo cuatro nombres distintos; tres de los cuales empezaste a usar el año pasado.
No tengo ni idea de por qué, pero pienso averiguarlo.
Se quedó mirando la expresión anonadada de ella sin sonreír. Sin burla alguna.
—¿Cómo...?
Quería decirle que había tenido suerte al adivinarlo, pero había algo distinto en él en ese momento. Algo serio y... peligroso. Emanaba peligro, pero por alguna razón eso hacía que se sintiera incluso más segura con él.
—He estado prestando atención.
Maggie tragó con dificultad.
—¿A la competencia?
Ethan dio un paso hacia ella.
—A ti.
Maggie volvió a tragar con dificultad.
—¿Porque soy la competencia?
—Porque eres la mejor.
Se había acercado muchísimo. Su aliento empañaba el frío cristal y tenía la mirada fija en ella.
¿Siempre había sido tan alto? ¿Y de hombros tan anchos?
No era posible que unos hombros así de anchos existiesen en la vida real, ¿verdad?
Aun así, la idea que se había quedado con ella era bastante simple: Ethan le había prestado atención no porque fuese la mujer de Colin ni la amiga de Emily.
Le había prestado atención porque creía que era la mejor.
Lo que no era cierto.
—Eleanor es la mejor —le recordó. Y de paso a sí misma y al mundo entero. Eleanor era la mejor y...
Los ojos se le anegaron de lágrimas y le costó muchísimo no derramarlas.
—Tranquila, no pasa nada.
Maggie pasó la mirada por la sala en penumbra, tratando de comprender lo que sucedía, pero más que nada para apartar la vista de él.
—¿Qué hacemos aquí?
—Hemos descubierto que falta un rifle Remington en esa caja. —Ethan señaló el armario, aunque sin apartar la mirada de ella.
Maggie dejó escapar un sonido que era una mezcla entre un hipo y una risa.
—¿Te refieres a la caja con la cerradura rota?
—Esa misma.
Algo logró que todo se volviera más real para ella. No sabía si era la forma en la que la miraba, sin apartar los ojos de ella; el que le hablara con la voz teñida de calidez, o lo fría que estaba la sala, que parecía estar cubierta de sombras.
—Porque alguien ha intentado dispararme.
Ethan asintió despacio, como si por fin hubiera reconocido lo obvio de la situación.
—Porque alguien ha intentado dispararte. Y eso quiere decir, Maggie querida, que, de momento, no podemos confiar en ninguna otra persona de esta casa que no seamos nosotros.
Para cuando todos volvieron a juntarse en la biblioteca, a Maggie se le había vuelto a estabilizar el corazón casi del todo. Porque Ethan tenía razón. Nadie intentaría matar a Eleanor si ya estuviese muerta. Y eso quería decir que aún podían impedirlo.
Por mucho que no tuviesen ni idea de quién estaba detrás de ello.
Paseó la mirada por la sala y observó a los invitados de Eleanor.
Rupert y Kitty, el duque y la duquesa, Cece, James, el doctor Charles y Freddy Banes.
Y, cómo no, también estaba Ethan. Daba las gracias por contar con su presencia tranquila y reconfortante, por su calor.
En aquel momento no le parecía que fuese su competencia.
Eran ellos dos contra el mundo, lo que tendría que haberle puesto los pelos de punta, pero algo en la forma en la que la miraba la llenaba de calma y Maggie se prometió que, cuando tuviera un momentito, se daría un buen tirón de orejas por ello.
James debía de haberle procurado un bastón al inspector Dobson, pues había pasado a apoyar su peso en uno mientras se plantaba frente al grupo reunido como si estuviesen a punto de empezar un juego de mímica y fuese su turno de sacar un papelito de un sombrero con una película escrita.
—Cuando se despeje un poco la tormenta y vuelvan a abrir las carreteras, me encargaré de que se lleve a analizar el contenido de esa bandeja a nuestro laboratorio, no se preocupen. Descubriremos si alguien ha intentado envenenar a sir Jasper.
—Algo que ya sabemos —murmuró Maggie con un hilo de voz, al tiempo que Ethan apoyaba un brazo sobre el respaldo del sofá y le daba un golpecito disimulado.
Dobson los miró de reojo, pero siguió a lo suyo.
—El doctor Charles y Kitty me aseguran que está descansando tranquilamente arriba, en una habitación de invitados.
Mientras tanto, creo que deberíamos proceder como si algo o alguien en dicho despacho hubiese intentado envenenarlo.
Damas y caballeros, es la escena de un crimen y, como tal, es peligrosa.
Hagan el favor de guardar las distancias.
El viento aullaba en el exterior y el cielo estaba oscuro.
El mundo entero parecía un lugar frío y siniestro, pero lo más extraño de todo era que Maggie había empezado a apoyarse en Ethan, a depender de él y buscar consuelo en la misma persona que, haría cosa de doce horas, había fantaseado con asesinar.
«Soy el que suele hacer de escudo humano», le había dicho. Y Maggie no podía dejar de pensar que la persona por la que se habría podido sacrificar era ella.
—Entretanto, me temo que todos harían bien en andarse con cuidado —terminó Dobson.
—¿Y eso qué quiere decir? —quiso saber Cece.
—Que el inspector cree que sir Jasper ha sido envenenado —facilitó Victoria sin perder tiempo—. Y también que uno de nosotros...
—Tiene intenciones asesinas. —Dobson asintió y recorrió la mirada por cada uno de ellos.
Durante un buen rato, no se oyó nada más que el crepitar del fuego, los aullidos del viento y el gran peso de los pensamientos de unos desconocidos que se habían quedado atrapados juntos en la que había resultado ser la peor Navidad de todos los tiempos.
Hasta que Freddy Banes miró en derredor y dijo:
—A todo esto, ya es hora de cenar, ¿no?