Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Aunque el despacho de Eleanor estaba tal cual lo recordaba, a Maggie le pareció todo totalmente distinto mientras lo veía bajo la luz menguante que se colaba por las ventanas escarchadas.

La Navidad ya casi había llegado a su fin.

—No creo que vayas a encontrarla aquí —dijo una voz a sus espaldas, y Maggie se volvió para observar al hombre apoyado contra el marco de la puerta porque, ¿de qué servía negarlo? Cuando Ethan Wyatt se apoyaba contra algo, el mundo entero le prestaba atención.

Le estaba dedicando su mirada seria, esa en la que intentaba por todos los medios no sonreír y fracasaba en el intento.

Claro que solo él podía fracasar olímpicamente y aun así seguir viéndose muy guay.

Provocar sin decir ni una palabra, seducir sin articular ningún sonido.

Siempre tendría un batallón entero de amigos y de fans, pero Maggie...

—Eso quiere decir que hay un pasadizo secreto en algún lado, ¿verdad? —Se puso a examinar las paredes, estanterías y ventanas—. Y fue así como consiguió salir Eleanor. Porque sí que estaba aquí. Tú mismo la viste.

—Maggie...

—Al principio creía que podría haber echado el pestillo desde fuera, pero en la grabación no se la ve salir. Así que tiene que haber escapado desde dentro del despacho.

Se trataba de los desvaríos inquietos de una mujer que se acababa de dar cuenta de que un hombre podía besarla bajo la nieve en la mañana de Navidad, pero que, tarde o temprano, terminaría despertando y sería el 26 y tendría que retirar la nieve a palazos.

—Tiene que ser eso o la ventana. El alféizar tenía la nieve intacta, pero si la parte de arriba se abre y...

—¿Maggie? —Una mano grande y cálida le masajeó los músculos de la nuca y la hizo soltar un sonido que estaba entre un gemido y un suspiro. Un gespiro . O un susmido —. ¿Qué ocurre, cielo?

—Si podemos descifrar cómo escapó del despacho, quizá podamos...

—Margaret Elizabeth —la interrumpió—. Dime qué ocurre —insistió.

Y el cerebro de Maggie entró en crisis porque Eleanor seguía desaparecida y la Navidad ya casi había acabado y ellos no tardarían en volver a casa y ella ni siquiera sabía dónde vivía él. No sabía cuándo volvería a verlo. O si existía la posibilidad siquiera.

Ya no estaban en peligro. Y ya podían confiar en más gente, además del uno en el otro.

Así que, ¿a lo mejor ya no había nada entre ellos?

La nieve se iba a derretir, el año iba a llegar a su fin y él iba a volver a su vida en la que todos lo querían y ella, a la suya en la que estaba completamente sola. Cuando lo único que quería era...

—Ya no quiero ser Eleanor. —Había cruzado el espejo y había visto lo que había al otro lado, se había puesto los zapatos de Eleanor (bueno, su gorro con pompón) y había descubierto que no todo era perfecto, incluso antes de oír los disparos—.

Antes creía que todo iría bien si tenía dinero y familia y una casa.

Creía que solo necesitaba ser Eleanor. Pero no... No quiero ser ella.

Las manos grandes de Ethan le estaban haciendo maravillas en la nuca. Le pareció que en cualquier momento la cabeza se le separaría del cuerpo y saldría flotando. Y a lo mejor la dejaba.

—Vale. ¿Te parece si me dices lo que quieres tú? —Ethan estaba siendo amable. Y paciente. Y Maggie se estaba cabreando mucho, pero mucho, por que no le estuviera dando razones para cabrearse.

—Quiero ser yo. —Por absurda que fuera su respuesta, Ethan no se rio—.

No creí que eso fuera a pasar, pero ya sé quién soy.

Y me agrada. Y también me gusta mucho quien soy cuando estoy con...

—No podía hacerlo. No podía decírselo. ¿O sí?

—. Me gusta quien soy cuando estoy contigo, ¿vale?

Y creo que eso puede ser porque... —«Él ya lo ha dicho, no pasa nada.

Estás a salvo»—. Porque... eso... que te quiero.

—No me digas. ¿En serio? —Su tono iba cargado de una sonrisa, de un tono que parecía decirle «no veas lo bien que me lo voy a pasar chinchándote con esto más adelante» que la hacía querer arrearle un tortazo. Y besarlo a la vez.

—En serio —admitió a regañadientes—. Te quiero, y no veas qué fastidio es eso.

—Ya te digo.

—Sí, ¿verdad?

—La de años que llevo intentando no estar enamorado de ti, no te haces una idea. Así que, si descubres cómo parar todo esto, me avisas.

—Vale, ya te digo algo.

—Eso o... —Le acomodó el cabello detrás de la oreja por lo que le pareció la millonésima vez y Maggie rezó para que nunca dejara de hacerlo—. ¿Igual podríamos intentar eso de querernos el uno al otro?

—Vale —aceptó con un hilo de voz, intentando no llorar porque entonces se quedaría toda hinchada y se le pondrían los ojos rojos.

Así que centró la atención en su camisa. Otra de las tantas que tenía de franela y a cuadros. Al final iba a resultar que le iban los leñadores.

Entonces terminaron besándose y murmurándose cosas al oído y de algún modo terminó sentada sobre el escritorio de Eleanor Ashley con Ethan Wyatt encajado entre sus piernas. Sus besos sabían a whisky del bueno y a...

—¡Dios bendito! —Se separaron al oír la voz.

Ethan escondió una risa contra su cuello mientras Maggie hacía todo lo posible para no ponerse roja como un tomate—.

Lamento mucho la interrupción —empezó Victoria—, pero han quedado regalos bajo el árbol.

La tía Eleanor debe de haberlos dejado antes de...

—La voz se le quebró y los ojos se le anegaron de lágrimas.

Llevaba algo enganchado al jersey, y lo sujetó con fuerza como si se tratara de un talismán hecho de plata y perlas.

La duquesa debía de haberle leído la mente, porque bajó la mirada hacia la lupa diminuta y explicó:

—Nunca se la quitaba. Pero nunca. De pequeña creía que se la debía poner hasta para dormir. Nunca imaginé que me la iba a encontrar bajo el árbol, envuelta en una caja con una pila de pagarés cancelados y el testamento actualizado, pero...

Con los ojos rojos, se volvió para mirar la luz como si eso fuese a secárselos. Entonces se obligó a sonreír y añadió:

—Creía que volvería, ¿sabéis? Creía que todo esto era un juego, porque eso es lo que hace ella.

Le gustan los juegos. Y ganarlos. Creía que iba a volver, pero...

—Aferró el prendedor con más fuerza y sus nudillos se tornaron blancos por la presión mientras se quedaba allí de pie, como si fuese una mujer que acababa de darse cuenta de que, para Eleanor Ashley, las pistas sí que eran regalos. Unos de valor incalculable.

Entonces se volvió a colocar su sonrisa de duquesa y recuperó su postura elegante al tiempo que les entregaba a cada uno un paquete pequeño.

—Parece que estos son para vosotros. —Avanzó hacia la puerta, pero se detuvo al llegar al umbral y apoyar los dedos sobre el marco reventado, antes de mirarlos por encima del hombro—. Vais a encontrar a mi tía, ¿verdad?

—Usted la conoce mejor que nosotros. —Ethan parecía resignado—. Si no quiere que la encuentren...

Aun así, Victoria se los quedó mirando con atención. Con la más astuta de las miradas. Al sonreír, era clavadita a su tía.

—La vais a encontrar —decretó. Y no era una pregunta.

Tras eso, se marchó.

Maggie oyó pasos que se alejaban por el largo pasillo y, de pronto, el ruido del papel al rasgarse. Ethan se había puesto a abrir su regalo, y la expresión de entusiasmo que lo hacía parecer un niño pequeño había vuelto a su atractivo rostro.

—¿Qué crees que será? ¿Dinero? ¿Diamantes? A lo mejor es...

Su voz se fue apagando al contemplar la caja, las palabras que le devolvían la mirada escritas en blanco y negro:

Agente del Servicio Secreto en estado crítico tras un derrumbe en Nochebuena.

Maggie no tenía ni idea de cómo se las había arreglado Eleanor para que le llegara una copia física de un periódico de Colorado hasta su casa, en plena Inglaterra rural, pero eso no importaba en aquellos momentos.

—¿Ethan?

—Eleanor lo sabía. —Dejó escapar un resoplido de incredulidad—.

Mi nombre no salió en el periódico. Mi padre y los de la agencia...

—Sacudió la cabeza como si estuviese intentando no distraerse—.

No especifican los nombres de los agentes del Servicio Secreto porque...

Pero ella lo sabía —repitió, y en aquella ocasión lo hizo sonriendo.

Cuando sacó el segundo trozo de papel de la caja, Maggie reconoció la letra de Eleanor en cuanto la vio.

—Toma —dijo él, entregándoselo.

—Pero es para ti.

—Léemelo.

Maggie sabía lo que estaba haciendo, lo que significaba el gesto.

Existía la posibilidad (no demasiado descabellada) de que aquellas fuesen las últimas palabras escritas por Eleanor Ashley que fuese a leer y, por un instante, se limitó a sostener el papel entre sus manos, casi con miedo, no de lo que podrían decir sino de lo que podría implicar.

—No pasa nada.

Le dejó un beso en la frente, y entonces Maggie comprendió la verdad: aquel no era el epílogo de la historia de Eleanor, sino tan solo el prólogo de la de ellos dos. Así que bajó la vista al papel y leyó:

—Querido Ethan. Llevo tiempo siendo fan tanto de tu talento como de tu coraje, pero debo confesar que he depositado mis esperanzas en esto último. Sabía que la estaba poniendo en peligro. Y sabía que la ibas a proteger. Algo me decía que no te importaría.

—En eso sí que acertó —susurró Ethan.

—Cuídamela bien. —A Maggie se le quebró la voz—. Eleanor.

Los ojos se le llenaron de lágrimas que amenazaban con derramarse al darse cuenta de que incluso si las últimas palabras de Eleanor no se las había escrito a ella, sí que lo hizo por ella. Y eso era mil veces mejor.

—No me vas a devolver la carta, ¿verdad?

—No.

—Tienes pensado enmarcarla, ¿a que sí?

Cuando Maggie asintió con voz ahogada, Ethan la envolvió entre sus brazos.

—¿Sabes? A lo mejor estás llorando antes de tiempo. —Le señaló el segundo paquete. A diferencia del suyo, el nombre de Maggie no estaba escrito en él. Lo único que ponía la etiqueta era «Para quien gane». Ethan se lo acercó—. Te toca.

Aunque solo se trataba de un regalo normal envuelto en un papel normal y adornado con un lazo normal, a Maggie le pareció unas arenas movedizas.

Una planta carnívora. Un elaborado señuelo hecho con hilo de pescar y muelles oxidados.

Parecía una trampa. Llevaba tanto tiempo soñando con ello que tenía que ser algo malo.

—¿Maggie? Es de parte de Eleanor, quiere que lo tengas tú.

El problema era que no estaba lista. No sabía si algún día iba a llegar a estarlo.

—Mírame. —Ethan le alzó la barbilla y la obligó a devolverle la mirada—. No sé cómo decírtelo, pero si has ganado no ha sido por hacer lo que Eleanor habría hecho. Has ganado porque...

—Porque lo hicimos juntos —terminó por él.

—No. —No había rastro de ninguna sonrisa, broma o tono burlón en él.

Se convirtió en el hombre más serio del mundo al decirle—: Has ganado porque has hecho algo que la mismísima Eleanor no pudo hacer.

—Entonces se echó atrás y le acercó el regalo, sacudiéndolo un poquito—.

¿No quieres echarle un vistazo? Porque yo sí.

—Lo que quiero es encontrarla.

—Vale. —Asintió, decidido—. Pues eso haremos.

Entonces Maggie rompió el papel, abrió la caja y, juntos, contemplaron lo que contenía mientras el sol se ponía en aquel día de Navidad y daba paso al resto de sus vidas.

—¿Eso de ahí es... un dedal antiguo, un guante de seda y una novela romántica de Harlequin de 1985?

—Eso parece. —Sonaba tranquilo, casi demasiado relajado. Solo se ponía así cuando su lado más peligroso entraba en escena, cuando parecía que ni siquiera estaba dispuesto a participar en el juego.

—¿Tú qué crees que significa?

Ethan le regaló esa sonrisa suya tan llena de suficiencia.

—Solo hay un modo de averiguarlo.