Ethan
Ethan
—Que la sueltes —repitió.
Dobson respiraba con dificultad y estaba muy pálido.
Una parte de su cerebro le dijo que el tobillo le debía estar doliendo una barbaridad.
Porque una parte de él no podía dejar de hacer cálculos y mediciones.
De calcular las probabilidades. «Me alegro», pensó Ethan para sus adentros.
Porque eso quería decir que el resto de él, lo más contundente, era un caos frenético y aterrorizado.
Lo único que le impedía lanzarse sobre Dobson y estrangularlo con sus propias manos era Maggie, tanto la pistola que tenía apoyada en la sien como la expresión de sus ojos.
Parecía una mujer que había planeado aquella escena, que se había visto venir el giro de la trama y que sabía lo que iba a suceder a continuación.
Parecía alguien que tenía un as o dos en la manga.
Se parecía a Eleanor.
Pero Ethan también la vio como alguien que confiaba en él.
Que lo esperaba, lo necesitaba y lo quería.
Como si fuesen un equipo. Y para él, que se había pasado la vida intentando ser suficiente, tendría que haberle puesto los pelos de punta darse cuenta de que su mejor versión era aquella que solo era la mitad de un todo. Cuando era ella quien lo complementaba.
Solo que Dobson aún le rodeaba los hombros con un brazo y la apuntaba con aquella pequeña pistola. Estando tan cerca, no iba a fallar. E, incluso si lo hacía, incluso si el arma no se disparaba bien, eso la mataría.
Así que mantuvo el rifle en posición. Lo sentía como una extensión de su cuerpo. Como si se hubiese pasado la vida entrenando, esperando, preparándose para aquel momento.
—Vas a soltarla y Maggie va a venir aquí conmigo.
—¿O qué? —Dobson tuvo el atrevimiento de reírse. Un sonido gélido y cruel que el viento se llevó. Pero Ethan no dijo nada. Se limitó a amartillar el rifle, lo que hizo que Dobson se carcajeara con más ganas—. Lo sé todo sobre ti, Wyatt. Hace cinco años podrías haber acertado, pero ¿ahora?
Entonces Ethan no notó un ligero temblor en la mano, sino unas sacudidas.
El cuerpo entero se le sacudía, porque Maggie estaba allí.
La tenía muy cerca, pero Dobson tenía razón.
Claro que la tenía. Ethan no iba a acertar con un rifle viejo que jamás había usado.
Ni siquiera el Ethan de hacía cinco años debería haberlo intentado, no con Maggie en medio. No con ella tan cerca. No con Maggie...
Despacio, Ethan fue bajando el rifle, hasta que la sonrisa de Dobson se convirtió en una mueca burlona.
—¡Lánzalo! —gritó, e Ethan hizo el ademán de soltarlo sobre la nieve, pero Dobson hizo un gesto con la cabeza hacia los setos—. Allí. Bien lejos, donde no lo alcances.
Ethan no quería hacerlo. No podía. Pero entonces miró a Maggie, quien asentía como diciéndole «Tranquilo, que no pasa nada. Ya verás como todo irá bien», así que lanzó el rifle por encima de los setos cubiertos de nieve y lo oyó aterrizar con un golpe suave al otro lado.
Aunque el gesto tendría que haberle sentado como un fracaso, no miraba a Dobson en aquel momento. La miraba a ella.
A la sonrisita que se le iba dibujando en el rostro, la expresión de sus ojos y el modo en que iba moviendo la mano, poco a poco, hasta que desapareció en la manga de su jersey.
—Tiene razón, inspector. No habría acertado. —Distinguió un breve destello de metal bajo la luz del sol y sonrió—. Pero ella no fallará.
La expresión de Dobson se tornó confusa durante medio segundo, mientras se volvía hacia Maggie con cara de «¿Y esta qué va a hacer? Si no es nadie». Pero entonces la confusión se tornó agonía cuando Maggie se sacó la aguja para tejer de la manga y la clavó en el muslo del inspector.
Dobson rugió de dolor al tiempo que soltaba el bastón e intentaba arrancarse la aguja de la pierna.
Maggie cayó de rodillas sobre la nieve ensangrentada.
—¡Serás zorra! —Dobson apuntó la pistola hacia la cabeza de Maggie.
—¡Ethan! —Pero Maggie ya había recogido el bastón, lo lanzó en su dirección, e Ethan no lo dudó ni un segundo.
Apuntó y, un instante después, un dardo diminuto salió volando desde la empuñadura del bastón de Eleanor y se clavó en la garganta de Dobson.
El hombre se atragantó mientras se tropezaba y caía hacia atrás, atravesando un seto hasta terminar congelado bajo un montículo de nieve.
—¡Maggie! —Ethan la atrajo a sus brazos—. ¿Estás bien?
—Sí, estoy...
—Deja que te eche un vistazo. ¿Te ha hecho daño?
—Estoy bien, no me ha hecho nada.
Se oyeron gritos en el viento, ecos que resonaban por el laberinto.
—Ni se te ocurra volver a asustarme así.
—Iba a terminar haciéndole daño si seguía apretujándola con tanta fuerza, pero era incapaz de soltarla.
La pistola estaba en el suelo, así que le dio una patada porque seguramente no debía propinársela a Dobson, quien seguía inconsciente y sangrando, con aquel largo y brillante trozo de metal asomándole por la pierna.
Al verlo... Ethan quiso echarse a reír. Pero entonces volvió a ver la sangre y lo que quiso fue gritar.
Así que bajó la vista hacia Maggie, le apartó aquel rebelde mechón de cabello detrás de la oreja una vez más y le dijo—: Agujas para tejer, ¿eh?
—Agujas para tejer. —Maggie exhaló algo de aire congelado justo cuando un helicóptero apareció en el horizonte. Y luego otro. Y otro más. De pronto, los vehículos llenaban el cielo dando vueltas como buitres, y Maggie tuvo que hablar a gritos para dejarse oír—: ¡¿A quién has llamado?!
Sonaba preocupada, como si Ethan hubiese llegado a una especie de pacto con el diablo. Como si hubiese ofrecido su alma para que ella estuviera a salvo y no valiera la pena. Solo que sí lo habría hecho.
—A nadie. —Ethan llevó una mano a su mejilla y se quedó mirándola a los ojos mientras las hélices dibujaban sombras sobre la nieve al girar—. Es un milagro navideño.
—¡¿En serio?! —gritó ella, y él asintió, y entonces Maggie volvió a bajar la voz—. ¿Ethan?
Su nombre fue un susurro conforme el aire se volvía blanco y a Maggie se le coloreaban las mejillas.
—Dime, cariño.
—Quiero que nos enrollemos.
Y eso fue justo lo que hicieron.