Maggie
Maggie
Maggie no sentía el frío. Quizá se debía a su jersey nuevo tan mono, pero lo más probable era que se tratase de la adrenalina que le surcaba por las venas y la mantenía con el calor suficiente para seguir viva y alerta.
Y viva sí que estaba, al menos de momento.
Pero Dobson seguía con la pistola en la mano, esa que le había apoyado en un hombro como si fueran amigos de toda la vida.
Como si se hubiesen ido a celebrar al pueblo y en cualquier momento se fuesen a poner a cantar mientras volvían a casa a trompicones, algo piripis.
Solo que era de día y el sol relucía demasiado al reflejarse sobre la capa de nieve y provocaba que todo brillara como cristales.
Tenía que ir entornando la mirada mientras surcaban los terrenos accidentados y los montículos de nieve que les llegaban a las rodillas.
Tenía que ver por dónde iba. Andarse con cuidado.
—Venga.
Tenía que andarse con cuidado de muchas formas distintas.
—¿A dónde vamos? —No se le quebró la voz al hablar, y Maggie se sintió orgullosa de sí misma por ello.
—Tú camina y punto.
—Pero el garaje está por allí.
Señaló hacia el otro lado de la mansión, pero Dobson se apoyó más sobre ella, con la mano temblorosa y el bastón atravesando la nieve con un golpe seco que resonaba con cada uno de sus pasos.
Maggie echó un vistacito hacia atrás, pero las puertas se mantuvieron cerradas y el patio, desierto, por lo que no sintió nada que no fuera el viento y el miedo que iba creciendo más y más.
—Parece que no va a venir. —Dobson sonaba como si quisiera echarse a reír, pero lo único que Maggie podía pensar era:
«Pues claro que va a venir».
Se había equivocado mucho en la vida. Tantas veces y durante tanto tiempo que una parte de ella quería rendirse y terminar derritiéndose con la nieve, pero se negó a creer a Dobson. Ni siquiera creía a Ethan. En quien sí creía era en sí misma. Y, en aquella ocasión, Maggie no se equivocaba.
—Déjate ya de sonrisitas —gruñó Dobson a medida que avanzaba cojeando a su lado.
—¿Qué me vas a hacer si no? —lo retó, y Dobson se detuvo.
Llevó una mano hacia atrás como si fuese a pegarle, como si pudiera hacerle daño. Como si Maggie no hubiese sobrevivido a cosas muchísimo, pero muchísimo peores.
Quizá fue por eso por lo que no oyeron nada hasta que alguien exclamó en voz alta:
—¡Como la toques, te mato!
No era una amenaza. Ni siquiera una promesa. Se trataba del destino, algo definitivo que iba a terminar sucediendo, y Dobson se congeló en su sitio mientras se quedaban mirando hacia la luz cegadora del sol y la silueta oscura que tenían a unos quince metros de donde estaban.
Impidiéndoles el camino.
Con un rifle Remington apuntando en su dirección.
—Suelta el arma —dijo Ethan.
—¡Tú primero! —exclamó Dobson a gritos, para luego salir disparado a más velocidad de la que podría tener un hombre con un tobillo lesionado, arrastrando a Maggie con él y desapareciendo dentro del laberinto.
Le había parecido distinto con la nieve cayendo y todas las preguntas que se cernían sobre ella. Cuando había estado buscando respuestas y a Eleanor. Cuando había estado sola. Solo que nunca lo había estado, ¿verdad? Incluso antes de saberlo, ya había tenido a Ethan con ella.
El problema era que los altos setos proyectaban sus sombras sobre el suelo y, con cada paso que daban, no podía evitar preguntarse cuánto tardaría Dobson en darse cuenta de que, sin ella, iría muchísimo más rápido.
—¡Dobson! —exclamó Ethan—. Déjala salir del laberinto y te dejaré marchar.
Estaban dejando huellas a su paso. Huellas que Ethan podía seguir. Y eso era lo que iba a hacer. Tenía que hacerlo.
De modo que Maggie avanzó con toda la torpeza que pudo, chocándose contra los setos, agitando ramas y haciendo todo el escándalo que podía sin decir ni una palabra. Era algo que le resultaba natural. Al fin y al cabo, así había sido su matrimonio.
—Ve por ahí. A la derecha. No. A la izquierda. ¡Venga, muévete!
Hasta que se detuvieron, congelados en su sitio. Porque alguien se había plantado frente a ellos y ordenó:
—Suéltala.