Maggie
Maggie
Maggie tendría que haber estado muerta de miedo por culpa de la oscuridad.
La linterna del móvil de Ethan era una gran ayuda, pero ¿y si se quedaba sin batería?
¿Y si había un derrumbe y se separaban? ¿Y si nunca encontraban la salida y estaban destinados a deambular por aquellos túneles bajo la mansión de Eleanor Ashley hasta morir de hambre o de viejos?
No sabía qué la asustaba más: saber que tendría que haberse dejado llevar por el pánico o darse cuenta de que no lo había hecho.
No quería darle muchas vueltas. De hecho, había una cantidad de cosas en las que no quería pensar, como en la tierra mojada o que el techo a veces era tan bajo que Ethan tenía que agacharse para pasar.
Pero, más que nada, Maggie quería pasar de la vocecilla que tenía en un rincón de la mente y que le decía en voz baja que fijo que era todo una coincidencia, una tontería, una payasada.
«No todo es un giro argumental en esta vida, ¿sabes?», solía decirle Colin cuando se percataba de algo que él no quería que viera: pistas o coincidencias que no eran señal de nada más que «a Maggie se le ha ido un poco la olla».
«Pues claro que huelo al perfume de Emily. ¿No has visto las cantidades industriales que se echa?».
«Y yo qué sé cómo ha terminado el pendiente de Emily en nuestra cama. Si es tu mejor amiga, no la mía».
En ocasiones, a Maggie le preocupaba que, de no haberlos pillado juntos, quizá habría seguido diciéndose a sí misma que se lo estaba inventando todo, que había leído demasiados libros, que tenía el cerebro lleno de disparates y que lo suyo era para hacérselo mirar.
Si su historia hubiese sucedido hacía un siglo, la habrían encerrado en un ático y se habrían deshecho de la llave.
Y lo peor, lo que más la asustaba era que ella no habría protestado.
El problema era que, mientras iba de la mano de Ethan y avanzaban por aquel túnel tan siniestro y oscuro, aún oía la voz de Colin en su cabeza diciéndole que era culpa suya que Ethan estuviera en aquel pasillo sin fin y lleno de polvo y que no serviría de nada y...
—Para ya.
La voz de Ethan interrumpió el silencio, y Maggie se congeló en su sitio.
—¿Que pare de qué?
—De darle tantas vueltas a lo que sea que estés pensando.
—No le estoy dando vueltas a nada —repuso ella demasiado rápido para resultar creíble.
—Esta mañana te he visto pasar quince minutos escogiendo un par de calcetines.
—No pienso pasar un día más con los pies helados.
—Has traído tres tipos distintos de pasta de dientes en la maleta.
—Porque la salud bucodental es muy importante y a veces no se me antoja usar la de menta fresca.
—No te equivocas, Maggie —soltó él, y parecía como si estuviese dándole la razón y discutiendo con ella a la vez, por lo que ella no supo si darle las gracias o enfadarse—.
Si crees que Eleanor nos ha dejado pistas, es que eso hizo.
Has dado con ellas, así que ahora las estamos siguiendo. No te equivocas, hazme caso.
—¿Y si resulta que sí? —No le gustaba nada lo frágil y vulnerable que sonaba su voz, que aun así sonase demasiado alta en medio de la penumbra, que en aquel espacio tan angosto pudiera hacer eco.
Pero entonces Ethan dejó de caminar y se volvió hacia ella.
Colin solía mirarla como si pudiera ver a través de ella, pero Ethan lo hizo como si tuviese visión de rayos X.
Como si pudiera ver todo lo que la componía y no sirviese de nada intentar ocultárselo.
De pronto, respirar empezaba a costarle lo suyo.
Las paredes del túnel se iban cerrando sobre ellos y...
—Maggie, cariño, ¿te está dando un ataque de pánico? Tienes que avisarme si...
—No —soltó ella—. O sea, sí. Es que...
—¿A qué se deben los seudónimos?
Al principio le pareció que no lo había oído bien. La pregunta era tan inesperada que tuvo que parpadear en medio de la luz tenue de la linterna y se le olvidó que estaban en un túnel de techo bajo y paredes angostas. Dejó de recordarse que debía respirar.
—¿Maggie? Los seudónimos, venga.
—Ah. Pues... Es que se me ocurrió que mejor diversificar, ¿sabes? Los algoritmos estos que han sacado y usan con los libros digitales son...
Ethan se apoyó contra la pared mugrienta. Se iba a dejar perdida esa camisa que llevaba.
—Venga ya, Margaret Elizabeth. Te he contado lo mío, así que...
—Me divorcié.
Era lo más absurdo que podría haber dicho, porque Ethan ya lo sabía. El mundo entero lo sabía, vaya. La cuestión era que la historia no acababa allí, e Ethan debía de saberlo, porque el silencio se extendió entre ellos como la propia oscuridad.
—Tenía veintiún años cuando me casé. Mis padres habían muerto, yo no tenía ni un duro, y el dinero de la familia de Colin se remontaba a muchísimas generaciones, o eso creía todo el mundo, pero...
¿Te cuento una cosa interesante? Incluso la riqueza generacional se puede terminar gastando si las nuevas generaciones están formadas por idiotas.
La cosa es que por aquel entonces... —Se le escapó una sonrisa triste y una risa que lo era incluso más—.
Me dijeron que era la chica más afortunada del mundo porque no me hicieron firmar un acuerdo prematrimonial.
A Maggie le había dado igual que la gente cotilleara a sus espaldas, porque, para sus adentros, todos esos rumores cuchicheados eran más bien gritos. Pues claro que Colin se merecía una esposa más adinerada. ¿Acaso Emily no debería preferir una mejor amiga más elegante que ella?
De lo que nadie se había percatado (mucho menos una Maggie de veintiún añitos de nada), era que tanto Colin como Emily la preferían justo de ese modo: en algún punto entre obra de caridad y mascota.
Alguien sin opciones. Alguien que fuese tan independiente como desesperada, que pudiese ir donde quisiera cuando quisiera, pero que solo pudiera hacerlo si ellos la acompañaban.
Porque ellos habían decidido acompañarla.
Era el reflector perfecto: creada exclusivamente para proyectar la luz de los dos.
El problema era que no quedaba ni rastro de luz y, por imposible que pareciera, el túnel le pareció incluso más oscuro que antes.
Sintió la sucia pared contra la espalda mientras una mano grande le acunaba la mejilla y una voz grave susurraba:
—Respira.
Era una orden, así que Maggie obedeció. Y cuando respirar le sentó bien, lo hizo de nuevo.
Había apoyado las manos sobre las caderas de Ethan, hasta enganchar los dedos en las trabillas de su cinturón, desesperada por aferrarse a algo.
—Nos lo habríamos repartido todo a medias, pero resultó que él no tenía absolutamente nada y eso provocó que se cabreara incluso más.
Ethan soltó un quejido en voz baja, cerró los ojos y apoyó la frente contra la suya.
—Lo lamento mucho, cielo. Ese gilipollas no se merecía la mitad de tu dinero.
—No solo eso. —Las palabras eran tan afiladas que bien podrían haberle destrozado la garganta al pronunciarlas—. Se quedó con el cincuenta por ciento de mis derechos de autor.
Ethan se echó hacia atrás.
—¡¿Qué dices?!
Maggie asintió muy despacio.
—Por ley, era dueño de la mitad de cada palabra que hubiese escrito en la vida. Cada libro. Cada personaje. Iba a llevarse la mitad de cada cheque de regalías que ganara por el resto de mis días.
—Dios, Maggie...
—Incluso si por aquel entonces hubiese tenido dinero a su nombre...
—En cierto modo, esa era la parte más horrible.
El secreto más oscuro de Maggie, lo que más la avergonzaba—.
Hace un millón de años, me ayudó a pensar ideas para mi primer libro.
No usé ninguna, pero conforme más éxito cosechaba, mis «novelitas que escribía para pasar el rato» pasaron a ser «nuestros libros».
Se convenció a sí mismo de que las ideas eran suyas.
Y tuve que escucharlo presumir de que solo conseguí que me publicaran aquel primer libro gracias a los contactos que tenía él.
Ambos podrían haber vivido sin afectarse con el pastizal que tenía Emily, el dinero no le hace ninguna falta.
Pero gracias a esto, incluso después de que nos divorciáramos, seguía siendo dueño de la mitad de...
No podía decirlo. No podía...
—De la mitad de ti. —Ethan habló en voz baja, más un gruñido que un susurro, y eso le bastó para que diera las gracias por que estuvieran encerrados en lo que bien podía ser un agujero bajo tierra, de que la nieve los hubiera atrapado sin teléfono, internet ni salida alguna.
Porque se moría de miedo de lo que Ethan podría haber hecho a continuación.
Poco importaba que ya no pudiese usar un arma.
En aquel momento no parecía que le hiciera falta.
—Maggie...
—El único modo que tenía de liberarme era volver a comprar la mitad de los derechos que le pertenecían a él.
Pero incluso tras dejar que se quedara con la casa y el coche y todos mis ahorros...
no fue suficiente. Incluso tras quedarse con todo, los derechos de autor seguían valiendo más.
Lo que quería decir que necesitaba más dinero.
Y que este no guardara ninguna relación con él.
Supo reconocer el momento en el que Ethan lo comprendió.
—Y fue por eso por lo que escribiste bajo seudónimos.
Maggie asintió despacio.
—Usé cuatro seudónimos distintos hasta que pude pagarle lo que pedía.
Y eso hice. —Esa parte la llenaba de orgullo.
Había trabajado doce horas al día, siete días a la semana, durante nueve meses sin pausa, pero lo había conseguido—.
Al final se quedó con mi casa, mis ahorros y mi mejor amiga...
¿Había mencionado ese detalle? —Maggie soltó una risa para impedir ponerse a llorar—.
Pero conseguí recuperarme... a mí misma.
—Y fuiste tú quien salió ganando —repuso Ethan al instante—. Te quedaste con lo único que importa. Dime que lo sabes.
Maggie asintió y tragó saliva con dificultad, mientras él seguía acariciándole la nuca hasta que le entraron ganas de echarse hacia atrás y buscar la presión.
Quería obligarse a olvidarlo todo. Pero aún les llegaba el goteo sutil de la nieve al derretirse, demasiado alto en medio del silencio, como un recordatorio de que el mundo seguía allí fuera.
Eleanor seguía allí fuera. Y, sin decir nada, Ethan le bajó la mano por el brazo hasta entrelazarla con la suya.
Habían avanzado unos cuantos metros por el túnel cuando él cayó en la cuenta de...
—Un momento. ¿Has dicho cuatro seudónimos?
Y Maggie se quedó de piedra.
—Ah. —«Dios, no»—. Quería decir tres.
—Nooooo. ¡Que hay un cuatro! Espera. ¿El cuarto es para guarradas?
—Maggie sintió que se ponía roja como un tomate e, incluso entre las sombras, Ethan debió de haberlo visto—.
¡El cuarto es para las guarradas más guarras!
—Maggie se mordió el labio e intentó hacer que se moviera, pero era como empujar un muro de carga: sólido, firme y, sin él, el túnel entero se vendría abajo—. Dame una pista, porfa.
—No.
—Voy a descubrirlo de todos modos. Sabes que voy a...
—Tenemos que seguir haciendo de detectives. —Intentó escabullirse por su lado.
—Voy a encontrarlo. Y luego voy a leerlo. Y luego...
Ethan la pilló al paso y tiró de ella y, de pronto, a Maggie le costó respirar, pero por razones completamente distintas. Exhaló justo cuando él tomaba aire, y el pecho de ambos subió y bajó al...
—Oye, Maggie. ¿Y si nos enrollamos? —preguntó.
Y a ella le llevó tres largos segundos procesarlo y soltarle un tortazo en el brazo—.
¿Eso es un sí? Porque eso de darnos unos buenos azotes es una práctica que ambas partes deben debatir por anticipado...
—Lo volvió a golpear—. Hay palabras de seguridad que... La mía es Sherlock...
Maggie le dio otro manotazo, ese último con más fuerza, y la expresión de Ethan pasó a ser una sonrisa casi desafiante.
—Pues nada, supongo que no queda otra que subir por allí.
Señaló la luz que se veía al final del túnel, la trampilla que había en el techo y la escalera que se alzaba hacia la noche.