Maggie
Maggie
Maggie no tenía ni la menor idea de qué esperarse de una mansión británica que seguramente tenía varios cientos de años.
¿Armaduras de soldados? ¿Unos fosos interiores no muy grandes?
¿Quizá un bufón de la corte? Lo que encontró al otro lado de la puerta, sin embargo, fue un espacio abierto que se extendía hasta el fondo de la residencia.
Columnas enormes que se alzaban hacia un techo alto y con forma redondeada y un suelo de madera pulida.
Parecía más una catedral que una vivienda, y Maggie estaba convencidísima de que, si soltaba un grito, el eco volvería hasta ella.
Lo único que parecía fuera de lugar eran las escaleras, que tenían dos colores distintos, como si se hubiesen hecho a retales.
«Eleanor se cayó por las escaleras», le recordó su mente agotada, por lo que seguramente alguien habría empezado a repararlas y no había tenido tiempo de acabar la obra.
Fuera de eso, la casa entera parecía totalmente nueva y sumamente ancestral a la vez.
Había empezado a plantearse cómo era posible semejante contraposición cuando oyeron pasos y una voz muy aguda que exclamaba:
—¡Conque ahí estás!
La joven no podría haber tenido mucho más de veinte años y llevaba su largo cabello rubio apartado de la cara con una diadema a juego con su jersey rosa pálido.
Un collar de perlas le adornaba el cuello, tenía las uñas bien arregladas con una manicura francesa, y, cuando se detuvo al lado de un par de pistolas de duelo que claramente eran una reliquia, tenía toda la pinta de haber salido de una sororidad universitaria llamada Kappa Kappa Psicópatas.
—¿Cómo se te ocurre salir así? —exclamó la jovencita con un acento que parecía más de Alabama que del Reino Unido—. ¡Con el frío que hace! ¡Y sin abrigo!
—Y he vivido para contarlo —añadió Eleanor con voz cantarina.
—A ver, tía El, sabes bien que el médico ha dicho que...
—Cecilia. —Eleanor interrumpió lo que probablemente era una regañina que ya había oído antes—. Ven, que te presento a nuestros invitados. Ethan, Maggie, os presento a Cecilia Honeychurch.
Solo entonces la joven pareció percatarse de la presencia de los invitados.
O, más bien, de un invitado en singular, pues sus ojos se clavaron sobre Ethan y no volvieron a abandonarlo.
Este llevaba el cabello ligeramente más alborotado de lo normal y la falta de sueño se le notaba en la mirada, pero, como cabría esperar, a Ethan Wyatt bien podrían haberle dado el premio a Míster Jetlag.
Mientras tanto, Maggie tenía el pelo enmarañado, la piel seca y, al bajar la vista, advirtió que tenía una manchita de tortilla en el jersey. Y todo eso daba igual, claro, porque nadie le estaba prestando la más mínima atención.
—Anda, hola. —La joven le tendió una mano a Ethan—. Soy Cece.
—¿Eleanor? —Ethan la llamó con una nota ligeramente divertida en la voz—. ¿Por qué no nos había comentado que íbamos a conocer a la hermana a la que le saca un par de años y...? —Dejó la frase en el aire al percatarse de que...—. ¿Me he pasado? Me da a mí que me he pasado.
El problema era que, dicho por Ethan, hasta eso rezumaba encanto, por lo que Eleanor le sonrió.
—La intención es lo que cuenta.
Cece batió las pestañas y le dio un manotazo juguetón en el brazo, sin perder la oportunidad de apreciar aquellos bíceps tan incongruentes que tenía Ethan.
—Flirtear se te da de muerte, ¿a que sí?
—Entre muchas otras cosas —contestó él bajando un poco la voz, para luego soltar a Maggie, que terminó trastabillando un poco más allá—. ¿Y se puede saber quién eres tú, Cece?
Cece se apartó un mechón de pelo detrás de la oreja como si no estuviera llevando una diadema para ese propósito exacto.
—¡Soy la sobrina de la tía Eleanor! —explicó con agrado, como si no fuese normal que tías y sobrinas estuviesen emparentadas—.
Cuando se enteró de que necesitaba trabajo, me dijo que podía mudarme a Inglaterra con ella y hacer las veces de acompañante, secretaria y...
, pues... una especie de asistenta para lo que surja.
—Se volvió hacia Eleanor y alzó la voz para decir—: Nos lo pasamos pipa juntas, ¿verdad, tía El?
Dada la expresión de Eleanor, su definición de «pasarlo pipa» era muy distinta a la de su sobrina, pero había algo más en su mirada: paciencia y curiosidad, como la de alguien que estaba construyendo una trama paso a paso e iba tirando de los hilos, sin saber muy bien cuáles terminarían uniéndose y cuáles harían que todo el entramado se deshiciera.
Fue entonces cuando algo detrás de Maggie llamó la atención de Eleanor.
—¿Cómo van las cosas fuera, James?
Maggie se volvió para ver al chófer adentrándose por el pasillo. Debía de haber entrado por una puerta de servicio, pues se había cambiado el abrigo por un delantal y llevaba una pila de cartas sobre una bandeja plateada.
—La tormenta no pinta nada bien, señora. Menos mal que sus invitados han aterrizado a tiempo. Llevaré su equipaje a las habitaciones y, si necesitan cualquier cosa, no duden en decírmelo a mí o a la señorita Cecilia.
—Ya me encargo yo de esto, James —dijo Cece, haciendo el ademán de ir a por la bandeja.
—No hace falta —la cortó Eleanor.
La anfitriona se puso a revisar las cartas que le habían llegado y Maggie no pudo evitar quedarse mirando porque incluso la correspondencia que le llegaba a Eleanor Ashley era algo interesante.
Sobre rojo (seguramente una postal navideña).
Sobre verde (otra postal navideña). Sobre blanco con un dibujito de una bombilla (¿la factura de la luz?).
Sobre azul con un bastón y una serpiente (¿una factura médica?).
Sobre blanco (¿quizá una carta personal?).
Maggie se quedó allí plantada, pensando que estaría encantada de leerse la factura de la luz de Eleanor Ashley de cabo a rabo, hasta que la mujer se acomodó las cartas bajo un brazo y se apoyó un poco más sobre su bastón.
—Cecilia, ¿serías tan amable de mostrarles sus habitaciones a nuestros invitados? Preferiría mantenerme lo más alejada posible de esas escaleras.
—¡Ay, claro! Pobrecita mía. —Era posible que Maggie estuviese agotada y con el cerebro hecho papilla, pero incluso así estaba convencida de algo: no había nada en Eleanor Ashley que encajase con la palabra «pobrecita».
Aun así, eso no impidió que Cece dijera en voz bien alta—: ¿Y si vas a acostarte un rato?
—Eso haré. —Eleanor forzó una sonrisa y, en voz muy bajita, añadió—: ¿Me haríais el favor de decirle que oigo perfectamente? —Y, tras ello, se marchó.
Según la observaba alejándose, Maggie sintió como si estuviese despertando de una siesta muy larga, de esas en las que no estás segura de si es de día o de noche, verano o invierno.
Como si no supieras si has dormido durante una hora o un año entero.
Lo único de lo que estaba segura era de que el brazo de Ethan era cálido y sólido sobre sus hombros, mientras la conducía hacia las escaleras.
—Esa de ahí es Eleanor Ashley —farfulló medio ida—. Vamos... Vamos a pasar las Navidades con Eleanor Ashley.
Se quedó esperando a que Ethan le dijera que se le había ido la olla, que se había confundido, pero él se limitó a mirarla con algo que se parecía muchísimo a la ternura antes de decirle:
—Vamos a llevarte a tu habitación, ¿vale, Maggie?
Y, en sus labios, su nombre le pareció perfecto.