Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Al principio, Maggie creía que estaba soñando (o incluso que había estirado la pata), porque no podía creer que estuviese en Inglaterra. Con Ethan Wyatt. Frente a una mansión. Que era propiedad de...

Notó un empujoncito por la espalda que la hizo trastabillar hasta alejarse del coche y quedar más cerca de la mujer de cabello blanco y unos ojos azules la mar de intensos.

Eleanor tenía la mano izquierda apoyada en la cadera, mientras que la derecha descansaba sobre la empuñadura plateada de un bastón.

Era como si un cuadro hubiese cobrado vida, la historia de un ángel vengador que había caído en la Tierra hacía miles de años y que luego había decidido quedarse a pasar el rato.

Maggie había leído cada libro (cada artículo), cada palabra que hubiese sido escrita por Eleanor Ashley (y también en relación con ella), pero lo único en lo que pudo pensar al tenerla en frente fue: «Con razón la llaman la Duquesa de la Muerte».

—Qué alegría teneros por aquí. Os habría avisado con mayor antelación, pero... Bueno, es que me gustan los giros inesperados.

La sonrisa de Eleanor era leve, afilada y hasta traviesa. Incluso parecía que se burlaba de sí misma, porque cuando resulta que has vendido más ejemplares que la Biblia, reírte de tus propias idiosincrasias no es nada del otro mundo.

Si bien sabía que ya pasaba de los ochenta, la mujer que tenía frente a ella parecía totalmente atemporal con su vestido tipo jersey que seguramente tenía décadas de antigüedad, pero nunca había dejado de estar a la moda, casi como la mujer que lo llevaba.

La única pieza de joyería que lucía era un prendedor de plata y perlas con la forma de una lupa.

Parecía algo extravagante y fuera de lugar, aunque al mismo tiempo su perfección era innegable.

—Es... —Maggie casi no reconocía su propia voz.

Le daba la sensación de que iba a desmayarse en cualquier momento. Y quizá lo habría hecho de no ser por la presión que notó alrededor de la cintura. La de un fuerte brazo que tiraba de ella y la obligaba a apoyarse con seguridad contra demasiados músculos.

—¿Qué tal el vuelo? —quiso saber Eleanor.

La presión que Maggie notaba en la cintura aumentó, como si Ethan estuviera intentando sacarle una respuesta a base de apretujones.

—Eh...

—¡Estupendo! —Ethan sonrió encantado—. Muchas gracias por invitarnos. Es un honor para nosotros estar aquí.

Otro apretujón. Ay.

—Eh... ¿Hola? Eso, hola.

—Somos muy fans.

Mentira cochina, sin duda, pero Maggie era tan fan que seguramente contaba por partida doble. Eso y que Ethan prácticamente la estaba llevando a cuestas hacia la puerta, como si estuviesen en una carrera de tres pies, pero solo les funcionaran dos piernas y ambas le pertenecieran a él.

—Estoy... —«Con Eleanor Ashley. Mi autora favorita. La razón por la que me convertí en escritora. Mi ídolo. Mi favorita. Mi amiga de toda la vida, pese a que nunca nos habíamos conocido»—. Estoy... Estoy...

—... flipando con esta casa —terminó Ethan por ella, a la vez que le dirigía a Maggie una mirada como diciendo «Espabila, ¿quieres?», así que Maggie hizo lo único que se le ocurrió hacer frente a la Duquesa de la Muerte: dobló las piernas muy despacio y...

—¿Acabas de hacer una reverencia? —le preguntó Ethan en un susurro.

—Eh...

—Nos alegra muchísimo haber venido, ¿verdad, Maggie? —La miró de reojo—. Igual estamos un poco cansados, eso sí. Eso es lo que decías antes, ¿no? —Intentó hacerla recordar, antes de soltar una risa grave y desenfadada—. Es que han sido muchas horas de viaje.

Entonces Maggie notó el peso de la mirada de Eleanor.

Cómo la medía y la evaluaba. Como si en cualquier momento fuese a ordenarle que volviese al coche, al avión.

Y al otro lado del mar. Como si la fuese a hacer volver antes de haber puesto un pie en la casa siquiera.

Pero se dijo que no habría pasado nada, porque los dos últimos minutos que había vivido ya hacían de aquella la mejor Navidad de su vida.

Por su parte, Eleanor se limitó a girarse y los condujo hacia el interior, con lo que Maggie no pudo evitar darse cuenta de que dependía mucho del bastón.

No llegaba a cojear, pero sí que avanzaba despacio.

Con cuidado. Por primera vez, le pareció frágil.

Y debió de haberle leído la mente, porque hizo un ademán hacia su bastón con su mano libre.

—Ni caso a esto. Me gusta llevarlo para mantener a raya a los pretendientes.

—Eleanor soltó una risita antes de admitir—: Eso y porque tuve un resbalón en las escaleras hace unas cuantas semanas.

Aunque ya iba siendo hora de que usara este cacharro, que hace siglos que lo tengo. Viene con daga incluida, ¿lo veis?

Levantó el bastón, giró la empuñadura y, con un chasquido, una daga salió de él. Incluso con el día tan nublado que hacía, el arma relucía bajo el sol.

—Tengo otro que dispara dardos tranquilizantes a seis metros de distancia si le das a la rosa que tiene en la empuñadura.

Los ojos le brillaban llenos de travesura. Y a Ethan, de la más pura admiración.

—Me he enamorado —declaró él—. ¿Quiere casarse conmigo? ¿O adoptarme? A mí me valen cualquiera de las dos, lo que usted prefiera.

—Me caes bien. —Eleanor sonrió, como una mujer que estaba acostumbrada a oír propuestas muchísimo peores. Entonces ladeó la cabeza y añadió—: Así que ya veremos.