Maggie
Maggie
Maggie llevaba casi toda una vida imaginando crímenes. Cientos de ellos. Miles. Los había leído en libros ajenos y los había escrito en los suyos. Había escuchado numerosos pódcast y había visto películas y sabía lo que la gente siempre decía.
«Ha sido todo muy rápido...».
«Tan súbito que no he podido ver nada...».
En aquella ocasión, en aquel momento y por primera vez en su vida, se lo creía.
Cece había dejado de gritar y se había quedado completamente inmóvil en mitad del pasillo, pero James y el doctor Charles ya subían las escaleras a toda prisa.
Kitty salió de la habitación (con la bebé llorando en el hombro y Rupert y la yayita Davis pisándole los talones) y todo se volvió una marabunta de gritos, llanto y confusión.
—¿A qué se debe tanto alboroto, si se puede...?
—¿Qué ocurre...?
—¿Podríais parar con los gritos tan...?
—¿Qué está...?
—Dios bendito, ¿está muerto?
De pronto, el pasillo entero se quedó en silencio y todas las miradas se clavaron en Ethan, quien se había agachado sobre sir Jasper para tomarle el pulso. Le llevó lo que pareció casi una hora volver a alzar la vista.
—Está vivo.
Y entonces se desató un tipo de caos totalmente distinto.
—Rupert, llévatela. —Kitty le entregó la bebé a su marido (quien se limitó a pasársela a la canguro) e intentó abrirse paso entre los demás—. ¡Dejadme pasar!
«Ah, sí, que Kitty es enfermera», recordó el cerebro congelado de Maggie.
—¡Quitaos de en medio! —exclamó el doctor Charles antes de agacharse sobre la alfombra a un lado de sir Jasper para intentar reanimarlo.
Tenían un médico en casa. Y una enfermera. Y...
Maggie bajó la vista hacia sir Jasper y lo vio despatarrado en el suelo, medio tendido sobre una bandeja de té, con galletitas, migajas y unos cuantos trozos de porcelana rota esparcidos a su alrededor.
—A ver, se puede saber qué... ¡Madre del amor hermoso! ¿Se ha muerto el hombre? —Freddy Banes se detuvo en seco al llegar a la puerta.
Maggie había empezado a volverse hacia Ethan.
—Ambulancia —dijeron a la vez.
—Señor —James ya estaba negando con la cabeza—, me temo que los teléfonos no...
—Esta mañana he podido hacer una llamada.
Muy breve, pero he podido. —Maggie se sintió culpable al enfrentarse a la mirada de Ethan, pero este no pareció reaccionar.
No le espetó ningún «lo sabía». No le soltó ningún comentario sarcástico ni ninguna sonrisa burlona—.
En el ala este. En lo más alto de la torre...
—Ya voy yo —dijo Freddy antes de salir corriendo.
—¿Y qué hacéis todos aquí plantad...? —El duque iba por el pasillo como si no sufriera preocupación alguna, pero se quedó sin palabras en cuanto vio a sir Jasper—. Dios bendito, ¿está...?
—No está muerto, pero lo estará si no lo llevamos a un hospital ya mismo.
Ethan se pasó una mano por el pelo y provocó que se le desprendieran unas esquirlas diminutas a las que no les había dado tiempo a derretirse aún.
Lo que parecía imposible, porque todo lo del laberinto había ocurrido hacía una hora, hacía un año.
Todo estaba sucediendo en cámara lenta y Maggie sentía que se iba entumeciendo.
Como si siguiera fuera, mojada y desorientada y demasiado helada como para sentir algo, lo que era muchísimo mejor que sentirlo todo.
Solo así conseguía pensar, y todo el mundo sabía que pensar era muchísimo mejor que sentir.
Recorrió la mirada por el despacho de Eleanor; por los cuadernos en las estanterías, el ordenador y el viejo tocadiscos que hacía unas cuantas horas le había parecido una pista tremenda, pero sir Jasper ahora estaba inconsciente, y Eleanor...
Eleanor había desaparecido. Eleanor podía estar muerta.
—¿Le ha dado un infarto? —preguntó alguien.
—Parece más bien un derrame...
—Puaj. —Cece hizo una mueca—. Parece que ha vomitado un poco.
—Es veneno. —Maggie lo sabía, estaba segura de ello—. ¿El corazón le va muy rápido o muy lento? —quiso saber, pero nadie le contestó—. ¿Kitty? ¡El pulso! ¿Es...?
—Es... bastante lento —respondió Kitty.
—¿Podría ser dedalera? —Maggie estaba intentando pensar. Le urgía recordar—. ¿Quizá matalobos?
—¿Y eso qué es? —preguntó la duquesa.
—Acónito. Hay quien lo llama... —Maggie estaba demasiado ocupada escudriñando su cerebro en busca de todo lo que había aprendido sobre venenos y antídotos y... Carbón—. James, ¿hay carbón activado en la mansión?
—No estoy seguro, pero si guarda relación con los venenos, es muy probable que la señora Ashley lo tenga. De hecho... —Se le iluminó la expresión, como si acabara de recordar algo, y salió corriendo hacia las escaleras.
—Pero vamos a ver —iba diciendo Rupert—. No veo por qué tenemos que sacar conclusiones precipitadas. A mí no me parece que este hombre haya sido envenenado. Creo yo que...
Maggie devolvió su atención a Ethan. No sabía por qué. Ni siquiera quería ponerse a pensar qué podría haberla llevado a hacer algo así, pero...
Era el que solía hacer de escudo humano. Y en aquel momento le estaba devolviendo la mirada.
—Todo el mundo fuera.
—Vamos a ver, Wyatt. —Rupert sacó pecho—. No sé qué te hace pensar que tienes derecho a dar órdenes, pero exijo que...
—¿Quieres ponerte a exigir cosas? —Ethan se volvió hacia él de sopetón—. Tú mismo, pero será en la planta de abajo. Todos fuera.
Maggie fue consciente, de un modo algo distante, de que la gente se movía.
De que se marchaban a la planta baja o, en el caso de la yayita Davis, de vuelta con los niños a su habitación de juegos.
Mientras que ella seguía petrificada cerca de la puerta; no podía ni mirar a sir Jasper.
De hecho, estaba haciendo todo lo posible para mirar cualquier cosa que no fuera él, pero no podía marcharse sin más.
La última vez que alguien había visto a Eleanor había sido en aquella misma sala.
Era posible que sir Jasper fuese a morir allí mismo. Y Maggie...
—Eso va para ti también. —La mano de Ethan ejerció una presión tranquilizadora y constante sobre su cintura—. Tenemos que ver cómo llevarlo al hospital si no podemos llamar a una ambulancia.
—Lo sé. —Aun así, no se movió.
—¿Maggie? —Pese a que era muchísimo más grande que ella, no la intimidaba. Por el contrario, la hacía sentir segura—. ¿Maggie?
—Ya lo sé, ¿vale? ¡Lo sé! Es que... —Al segundo siguiente, sus pies perdieron contacto con el suelo y toda la escena estaba patas arriba y el despacho se iba volviendo más y más pequeño detrás de ella—. ¡Bájame!
—No.
Se puso a darle manotazos en parte baja de la espalda.
—Que me bajes.
Y eso hizo. Se la bajó del hombro de un movimiento y la apretujó contra la pared antes de echar una mirada hacia las escaleras, como si quisiera asegurarse de que nadie los oía.
—Escúchame bien. —Le pasó las manos por el cabello con la misma delicadeza y ternura con la que le hablaba—. Sabes lo que implica esto, ¿a que sí?
—Que han envenenado a sir Jasper y que alguien ha intentado dispararme y que Eleanor ha desaparecido. Nadie sabe dónde está y podría estar fuera con el frío que hace y... —Algo en la certeza constante de su presencia le dio la fuerza necesaria para decirlo en voz alta—. Que esto no es una prueba.
A lo mejor era el trauma o el desfase horario o las sombras tenues y escabrosas del pasillo, pero los ojos de Ethan se volvieron del color de la medianoche.
—No lo es, no.