Maggie
Maggie
Maggie dejó de resistirse y procedió a examinar el rostro que se alzaba sobre ella, los ojos muy abiertos y alerta que escaneaban la parte del laberinto hacia la que la había atraído.
Estaba de espaldas sobre la nieve suave y el ambiente estaba lleno de copos que caían, pero no fue el frío lo que la inmovilizó.
Sino la sorpresa. Y el hecho de que el cuerpo de Ethan Wyatt estuviera sobre el suyo.
Tendría que haberse sentido apretujada, casi sin aire, pero lo único que sentía era calorcito. Casi metro noventa de músculos capaces de arrebatarle toda la ansiedad. Era la primera vez en muchísimo tiempo que Maggie no sentía ganas de ponerse a luchar.
Lo más extraño era que Ethan no lo estaba convirtiendo todo en una broma, no le estaba soltando ninguna payasada. Se había convertido en el hombre más serio del mundo cuando bajó la vista hacia ella y le preguntó en voz baja:
—¿Te han dado?
—¿Me han dado con qué? —No tenía ningún sentido. Las palabras habían perdido todo el sentido mientras las manos de Ethan le palpaban las piernas y los costados y se le colaban por debajo del jersey para...—. ¡Oye!
—¡Escúchame bien! —Unas manos cálidas le acunaron las mejillas—. Voy a ayudarte a levantarte y necesito que te quedes cerca. Avanza agachada. Y deprisa también. No mires atrás y no te detengas. Si me dan...
—¡¿Si te dan con qué?!
—Tú llega a la mansión, enciérrate en tu habitación e intenta llamar para pedir...
—Ethan, ¿qué pasa? —«Disparos». Había usado la palabra disparos , solo que nadie estaba...—. ¿Ethan?
El Ethan juguetón, el Ethan arrogante y el alma de la fiesta...
Todas esas versiones habían desaparecido y el hombre que se había quedado en su lugar irradiaba eficiencia y competencia.
Y miedo. Estaba asustado, pero no iba a dejar que el miedo lo paralizara mientras le acunaba una mejilla y le susurraba:
—Ya te tengo.
Al segundo siguiente, sus manos frías estaban en las de él, cálidas, y fue como si no pesara nada mientras tiraba de ella hasta dejarla de pie.
Sentía las piernas como un par de témpanos de hielo, como si se le fuesen a partir en cualquier momento, pero eso dio igual porque Ethan la apretó contra su lado y se puso a correr hasta salir del laberinto y en dirección a las puertas de cristal de la biblioteca.
Se trataba de una sensación muy extraña, como si estuviera volando.
Pero eso no tenía lógica alguna porque se suponía que tendría que haberse sentido asustada.
O cabreada. O las dos cosas. Lo cierto era que Maggie tendría que haber sentido las dos cosas mientras corrían por una nieve tan espesa que apenas conseguía distinguir las paredes de la mansión.
Pero Ethan se había convertido en una fortaleza. Alto, impenetrable y hecho de piedra.
—Todo esto es muy absurdo —se quejó ella.
—Claro que sí. Que te usen para practicar tiro al blanco hace que todo te parezca muy absurdo —rechistó él mientras abría las puertas de la biblioteca y la hacía pasar primero.
Echó el pestillo y cerró las cortinas, pero Maggie no se movió. Porque no podía. Se limitó a quedarse allí, mirándolo. Ni siquiera estaba sin aliento.
—Vamos. —Hizo amago de cogerla de la mano—. Tenemos que llamar a la Policía.
Y, por alguna razón, fue eso lo que terminó llevándola al límite. Lo que hizo que se le escapara una risa nerviosa.
—¿Solo porque has oído un ruido?
Ethan la miró con mala cara.
—Porque alguien ha intentado dispararte. —Quiso apartarla de las puertas, pero ella se plantó en su sitio.
—Ya te lo he dicho. —Estaba frustrada y fastidiada y tan cansada que quería echarse a llorar—. Esto es una prueba. Eleanor no ha desaparecido ni tampoco ha muerto. Se va a jubilar.
Pero Ethan también se quedó allí, pasándose una mano por el cabello y provocando que unos copos blancos se derritieran y se le deslizaran por la piel.
—Maggie...
—Que es una prueba —repitió ella, aquella vez con más ganas—. Y ahora pienso ir a buscarla.
Ya se había dado media vuelta. Tenía toda la intención de marcharse y de ganar, pero entonces él dijo:
—Era un rifle.
Pronunció las palabras en voz baja y contenida, tan frías y despiadadas como el viento. Y quizá fue por ello por lo que Maggie se quedó de piedra.
—Un Remington 721. O quizá un 722, si estoy en lo cierto. Y la verdad es que ese suele ser el caso. Pero eso implicaría que es un arma muy vieja y que no le han dado el debido mantenimiento, por lo que tres disparos desde lejos y con el viento que hacía... Era complicado acertar.
Muy despacio, Maggie lo encaró. Ethan la miraba a ella y solo a ella. Y fue como si de pronto se convirtiera en su única fuente de calor al decirle:
—Y esa es la única razón por la que sigues viva.
—No tienes... —Maggie tragó con dificultad—. No tienes cómo saber todo eso.
—¿Quieres apostar? —la retó él.
—¿Cómo lo sabes?
Ethan empezó a acortar la distancia que los separaba.
—Porque soy yo el que suele hacer de escudo humano.
¿De qué estaban hablando? Maggie no lo recordaba.
Lo único que podía hacer era sentir su mirada sobre ella, oírlo respirar y ver aquel brillo en sus ojos, como un reto, un desafío y una promesa a la vez, y entonces no supo decir por qué odiaba al hombre que tenía delante.
No sabía si debía darle una colleja, un beso o una patada en la espinilla.
Solo sabía que no podía..., que no debía... , que era incapaz de dejar de mirarlo.
—Y es justo por eso —dio un paso para acercarse más a ella— que debemos llamar a la Policía.
Y así rompió el hechizo. Maggie meneó la cabeza y se apartó de él.
—Puede que seas experto en rifles, pero yo estoy especializada en Eleanor Ashley y te aseguro que todo esto es una prueba.
Ethan estaba a punto de refutárselo cuando un grito interrumpió el silencio, uno desgarrador e histérico que provenía de la segunda planta, y antes de que Maggie supiera qué estaba pasando, Ethan salió corriendo y a ella no le quedó más remedio que seguirlo escaleras arriba y por el pasillo hasta la puerta del despacho de Eleanor, donde Cece no dejaba de gritar, temblorosa y pálida como un fantasma.
Y donde sir Jasper yacía tendido, inmóvil, en el suelo.
A su lado, Ethan le murmuró al oído:
—¿Decías?