Maggie
Maggie
Dos días antes de Navidad
La nieve caía con más fuerza y el mundo se había convertido en estática, borroso y desenfocado y de lo más extraño mientras Maggie parpadeaba para ver entre los copos que iban cayendo. Hasta el viento había dejado de soplar.
—¿Por qué, Maggie?
¿Sería la primera vez que la llamaba por su nombre correcto? No lo recordaba.
—Te oí —dijo antes de poder contenerse.
—¿Cuándo? —Su voz sonaba muchísimo más cerca de lo que debería, más baja y más alta a la vez.
—En la fiesta. Cuando estabas con Lance. Te oí.
—¿Qué...?
—«No me extraña que la haya dejado». —Se apartó la nieve de los ojos y lo vio procesar las palabras, echarse atrás como si hubiera recibido un puñetazo—.
Así que enhorabuena. —Soltó una carcajada carente de alegría—.
Todo el mundo me deja, así que no eres ningún genio por habértelo visto venir.
Pero no pasa nada, supongo que en eso también me ganaste.
—Maggie, deja que...
En aquella ocasión, no ralentizó el paso ni tampoco miró atrás. Le llevó tres intentos antes de distinguir la salida a lo lejos, pero, al menos en aquella ocasión, Ethan no la seguía y ella se lo tomó como una victoria.
En cuanto volviera a la mansión, se quitaría la ropa mojada y se daría una ducha calentita.
Pensaba buscar alguna bebida caliente y ponerse a rememorar todas las palabras de todos los libros de Eleanor que habían significado algo para ella.
Porque pensaba ganar aquella competición. Tenía que hacerlo.
Porque era Eleanor.
Porque era algo que Colin no podía arrebatarle y que Emily no podía echar a perder.
Porque, si lo conseguía, todo por lo que había pasado, absolutamente todo, habría valido la pena.
Todo iría bien por fin.
Lo único que tenía que hacer era seguir las pistas, encontrar a Eleanor y ganarle a Ethan.
En aquel momento, lo que más quería en el mundo era ganarle.
Estaba doblando una esquina para salir del laberinto cuando lo oyó: un estallido en el aire.
Se imaginó que algo de hielo se habría desprendido del techo.
Que se trataba del petardeo de un coche en alguna parte.
O quizá se trataba del viento porque, de pronto, los setos se agitaron y la nieve se desprendió a montones hasta caer a sus pies con un golpe sonoro.
Y entonces le llegó el sonido de nuevo. Un crujido.
Un estallido. Y, antes de que supiera lo que estaba pasando, dos brazos fuertes salieron de la nada y tiraron de ella hacia atrás hasta hacerla atravesar un arbusto nevado.
Agitó los brazos; la nieve salió volando.
El cabello y el jersey se le enredaron en las ramas y le dieron tirones.
Y entonces no quedó nada más que el suelo helado contra su espalda y el peso cálido de Ethan mientras yacía sobre ella, cubriéndola con su cuerpo.
—Ni se te ocurra moverte.
—¡Quítate de encima!
—No hasta que acaben los disparos.