Ethan
Ethan
Ya no estaba.
Ethan se plantó en el dormitorio vacío y se preparó para darle una buena regañina por haberse dejado la puerta abierta.
Había estado a punto de preguntarle si prefería una mezcla de queso sorpresa con galletitas o si mejor unos bombones sorpresa; al final le había llevado las tres cosas porque no estaba seguro de qué la haría más feliz, y no había nada que quisiera más en el mundo que hacerla feliz.
Seguramente porque tenía la impresión de que nadie había intentado hacer eso con ella, pero...
No estaba.
Ya sospechaba al asomarse en el baño para exclamar:
—¿Maggie? ¡Te has dejado la puerta abierta, jovencita! Voy a tener que...
Pero la puerta del baño se abrió de golpe solo con rozarla, y se lo encontró vacío.
No estaba.
Entonces el corazón le cambió de ritmo. Su entrenamiento se activó y años de práctica y desconfianza volvieron a él. Porque...
No estaba.
El miedo se alzaba en su interior. Amenazaba con engullirlo.
—¡Maggie!
Y entonces llegó al máximo, sacándolo de la habitación y llevándolo hasta el pasillo, movió la linterna de un lado para otro en la oscuridad conforme una sensación se alzaba en su interior, una certeza de que algo había cambiado, de que algo no iba bien.
Le echó un último vistazo a la habitación de Maggie. A la habitación que habían compartido.
Fue así como vio la pálida luz verde que parpadeaba en medio de la oscuridad.
—Mierda.
Volvió corriendo a la cama y reactivó el portátil al apretar una tecla. Un segundo después, se vio a sí mismo, con el ceño fruncido y merodeando por las sombras.
—¡Mierda! —exclamó con más ganas, mientras salía corriendo y enfilaba por el pasillo.
El cerebro se le llenó de un montón de miedos y posibilidades.
Seguro que Maggie lo odiaba. Era de esperar que lo odiara, porque no podía parecer más culpable.
Él mismo no se podía sentir más culpable.
Y era por eso por lo que Maggie se encontraba en algún lado de aquella mansión a oscuras, completamente sola.
No sabía qué le daba más miedo: que Maggie pudiera estar huyendo de él o a quién pudiera recurrir, por lo que dejó de darle vueltas y aceleró en dirección al despacho de Eleanor, gritando:
—¡Maggie!
Una puerta se abrió a sus espaldas y el rostro colorado de Rupert se asomó.
—¡A callar, que no son horas!
—¿Dónde está Maggie?
—¿Quién? —preguntó Rupert, porque el hombre era tan imbécil como desconsiderado, pero en aquel momento Ethan tenía ganas de romper cosas, por lo que su reacción le vino de maravilla.
Se lanzó hacia Rupert y este se echó atrás hasta estamparse contra la puerta.
—¿Dónde está?
—¿Ethan? —Kitty se asomó—. ¿Qué pasa?
—¿Has visto a Maggie?
—No —repuso ella—. ¿Por qué?
—Por nada. —Ethan se obligó a sonreír—. Ya la encontraré.
—¿Quieres que te ayudemos a...?
Solo que antes de que Kitty pudiera terminar la frase, Ethan ya había salido disparado.
—¡Maggie! —Iba a terminar despertando a toda la casa y la idea lo traía sin cuidado—. ¡Maggie!
—¿Puedo ayudarlo, señor? —preguntó James cuando Ethan llegó a la base de las escaleras.
—¿Has visto a Maggie?
—Me temo que no. ¿Quizá...?
Ethan volvió a acelerar y puso rumbo a la biblioteca.
No era tan tarde, a lo mejor había ido a por un libro.
Un atizador para darle con él en la cabeza.
Cualquier cosa, le daba igual. Lo único que necesitaba era encontrarla.
Porque una vocecita en su interior no dejaba de recordarle que Maggie no se había quedado en su habitación.
No lo había enfrentado, no había ido a reprochárselo. Y su Maggie no era de las que huían.
Lo peor (aquello en lo que ni siquiera quería pensar) era que había salido de la habitación y había dejado la cámara de vigilancia tirada en la cama. Algo que Maggie jamás habría hecho. No a propósito.
Así que Ethan abrió las puertas de la biblioteca de par en par y exclamó:
—¡¿Dónde está Maggie?!
—¿Y a mí qué me cuentas? —El duque ni siquiera apartó la vista de las cartas que tenía en la mano, sentado a una mesa con su mujer, Cece y Freddy.
—¿Qué pasa? —inquirió Cece.
Ethan barrió la sala con la mirada: cuatro personas sentadas a la mesa de las cartas. James entrando por detrás de él, y el doctor Charles avivando el fuego. Ninguno de ellos parecía afectado, porque ninguno sabía (eso o no les importaba) que su vida se caía a pedazos.
—No encuentro a Maggie.
No la encontraba, pero Maggie estaba en algún lado. Tenía que estarlo.
—¿A qué se deben tantos gritos? —Dobson se abrió paso en la biblioteca. Iba enfundado en el albornoz y llevaba una toalla sobre los hombros, como un hombre que en la vida se había quedado despierto pasadas las diez y media de la noche.
—¿Dónde está Maggie? —exigió Ethan.
—Arriba —contestó Dobson—. En su habitación, digo yo. Que es donde todos ustedes deberían...
Entonces Ethan no pudo soportarlo más. Avanzó hecho una furia hacia Dobson y lo obligó a retroceder, recordándole sin palabras quién era más alto, más fuerte y tenía la peor mala leche de todos los presentes.
Que gente muy peligrosa había dedicado una buena cantidad de tiempo y dinero para lograr que Ethan se convirtiera en un hombre peligroso.
Empezando por su padre. Vaya si a su padre le había repateado la idea de que su hijo del medio escogiera la única profesión con armas que se dedicaba exclusivamente a proteger a los demás.
Sin embargo, la voz que lo había empujado hacia aquella dirección hacía una década permaneció en silencio, acallada por las sirenas de advertencia y el martilleo incesante de su propio corazón.
—Escúcheme bien, inspector. —La voz de Ethan era grave y peligrosa—. No sé dónde está Maggie en estos momentos, pero pienso encontrarla. Y usted me va a ayudar a hacerlo o se va quitar de en medio porque ahora mismo me estoy preparando para partir cosas. Lámparas. Platos. —Alzó una ceja—. Caras.
A su favor, había que decir que Dobson no parecía haberse dejado intimidar.
—¿Sabe usted que podría arrestarlo por esto?
—Ja. —Ethan ni siquiera se molestó en ocultar la sonrisa—. Puede intentarlo, eso seguro.