Maggie
Maggie
—Nos alegra muchísimo que hayáis podido venir —dijo Cece mientras terminaban de subir las escaleras y llegaban a un pasillo con corriente de aire—.
Ha estado un pelín tristona, ¿sabéis? Desde lo de su caída —añadió lo último con un hilo de voz.
Como si fuese pecado admitir que Eleanor era humana.
Y frágil. Y, de hecho, una mujer de ochenta y un años de carne y hueso y no solo el símbolo que había vivido en la mente de Maggie.
—¿Fue muy grave? —quiso saber Ethan.
—Nah, más que nada fue un susto. —Cece le restó importancia con un ademán—. La moqueta estaba algo suelta y la barandilla era muy vieja y, bueno, ya no está en la flor de la vida. Podría haber sido muchísimo peor, la verdad.
Maggie había perdido a sus padres a los dieciocho y nunca había conocido a sus abuelos.
No tenía recuerdos ni reliquias familiares, ni tampoco nada que semejase una familia.
Estaba sola en el mundo, no tenía nada ni a nadie.
Salvo que siempre había tenido a Eleanor, y la idea de que le hubiera podido pasar algo era...
—Este de aquí es su despacho. —Cece se detuvo un segundo frente a una gran puerta, y Maggie hizo lo propio, tropezándose un poco—.
Pero yo de vosotros no entraría —les advirtió—.
A mi tía no le gusta que nadie toque su nuevo libro.
Incluso si una solo está quitando el polvo y no pretende estropear el capítulo veinte de...
—¿Su nuevo libro? —Maggie ni siquiera hizo el intento de bajar la voz—. ¿Está escribiendo el número cien?
—Ups. —Cece se sonrojó—. No tendría que haber dicho eso.
Maggie fue consciente, así de pasada, de que unos pasos se alejaban, de que el ambiente se enfriaba y se quedaba muy quieto a su alrededor. Pero, más que nada, lo que notó fue que se tambaleaba, que perdía el equilibrio y empezaba a...
Una mano de lo más cálida le aferró la suya, más fría.
—Vámonos ya, Margaret Grace.
Ni siquiera recordó que debía resistirse cuando Ethan empezó a tirar de ella.
Cinco minutos después, Maggie se arrepintió de no haber dejado un rastro de miguitas o un hilillo, de no haber invertido en un buen par de walkie-talkies , porque estaba convencida de que el único modo de volver a la planta baja sería buscar una ventana y saltar.
Los pasillos eran largos y serpenteantes, y la casa entera parecía un laberinto según seguían a Cece por más escaleras y pasillos, dejaban atrás estanterías llenas de libros, nichos y ventanas que daban a unas ocho mil hectáreas de una Inglaterra absolutamente desierta.
—Vuestras habitaciones están por... —Cece dejó la frase a medias cuando un grito desgarrador rompió el silencio fuera de la casa.
—¿Este lugar está encantado? —le preguntó Ethan a Maggie en un susurro—. Te apuesto cinco pavos a que está encantado.
Y quizá no iba muy desencaminado, porque todo el color abandonó el rostro de Cece antes de que se acercara a una ventana y se pusiera a limpiar la condensación del cristal.
—Han llegado pronto —se quejó, mientras les llegaba el ruido de las puertas de un coche al cerrarse de sopetón desde la entrada—.
Seguro que querían ahorrarse la tormenta y...
—Ya había empezado a alejarse cuando se detuvo y señaló un par de puertas abiertas—.
Esas de ahí son vuestras habitaciones. Nos reuniremos para beber unos cócteles en la biblioteca a las seis.
No lleguéis tarde. La tía Eleanor detesta que la gente...
—Más gritos desde el exterior—. Si necesitáis cualquier cosa, hay campanas de servicio que...
—El llanto de un bebé resonó por el cristal—.
A las seis. En la biblioteca. —Entonces se volvió y echó a correr.
—Insisto en que hay fantasmas. —Ethan parecía muy confiado.
—Era un bebé.
—Dime algo que dé más yuyu que un bebé fantasma.
Jamás en la vida lo había visto más serio, y Maggie tuvo que contener una sonrisa porque no estaba dispuesta a aceptar que tenía razón.
De modo que escogió una habitación al azar y, justo antes de que pudiera entrar, Ethan se cruzó en su camino, apoyó un antebrazo en el marco de la puerta y como que se...
inclinó. Parecía muy grande y fuerte y lleno de confianza en sí mismo, mientras que ella seguía allí plantada, dando las gracias por no haber terminado de morros en la entrada de la casa de Eleanor Ashley.
Y lo que era peor aún: sabía que su habilidad para permanecer de forma vertical se debía en su mayoría a él, y lo que correspondía era darle las gracias.
O algo. Sin duda algo tendría que decirle para...
—¿Y cómo quieres que pasemos el rato? ¿Nos enrollamos? —Le dedicó una sonrisa radiante y Maggie se escurrió bajo su brazo.
Aún oía el timbre grave de su risa muchísimo después de haber cerrado la puerta y haberse lanzado sobre la cama de cuatro postes para ponerse a gritar contra una almohada.
«Te han invitado a pasar las Navidades en casa de tu fan número uno», había dicho Deborah. Tenía que haber estado exagerando. Maggie no se creía que Eleanor Ashley leyese sus libros. Solo que Eleanor sabía de su existencia. La había invitado a su casa.
El colchón rebotaba de arriba abajo, las cortinas de la cama se mecían. Y Maggie se permitió pensar que quizá, y solo quizá, aquellas Navidades no fuesen a ser tan horribles como se había imaginado.