Crimen antes de Navidad Maggie
76%

Maggie

Maggie

—¡Eleanor escondió una cámara! —exclamó Maggie en voz baja en medio del vestíbulo.

Ethan se la había llevado a rastras para alejarla del despacho y las habitaciones, pero a Maggie le parecía que casi iba flotando.

—Eso veo. —Se mordió el labio como si le estuviera costando mucho, pero mucho, no sonreír. Y llevara las de perder. Como si Maggie fuese adorable y dulce y su tipo de chuche favorita.

—¡Esto parece un reloj! ¡Y no lo es! —Señaló la lente pequeñita que tenía en el centro—. ¡Es una cámara!

—Eso has dicho, sí.

—¡Eleanor la escondió! —Maggie volvió a susurrar a gritos—. ¡Y la he encontrado!

—Lo sé, yo también estaba ahí cuando lo has hecho.

Su expresión era paciente y resignada, como la de alguien que tiene que ir a sacar a un amigo borracho de un bar o a un crío de tres años de un castillo hinchable. Lo que no era tan descabellado, porque en aquel momento, Maggie se sentía como una mezcla de ambos.

—¡Eleanor va a sacarlo todo a la luz!

Ethan se detuvo.

—¿Tú crees?

Según la experiencia de Maggie, había una alta correlación entre los hombres que pretendían convencerla de que se equivocaba y los que se merecían que les dieran con una bola de nieve en toda la oreja, pero la mirada de Ethan estaba llena de calidez cuando le dijo:

—Porque yo diría que quien lo va a sacar todo a la luz eres tú.

No «nosotros», sino «tú». Maggie apenas pudo contenerse para no ponerse a saltar arriba y abajo o marcarse un bailecito.

Rodear corriendo el campo de algún deporte indeterminado con los puños en alto.

El subidón de la adrenalina, los besos y la sensación maravillosa de tener la razón era casi demasiado para soportarlo.

Eso sin mencionar la dosis constante de las feromonas de Ethan Wyatt, las cuales deberían venir con su buena advertencia para los consumidores.

Así que lo volvió a besar, porque estaba siguiendo sus instintos y no se dio el tiempo suficiente para pensárselo mejor.

Pero algo en la tensión de sus hombros, en cómo la sujetó de la cintura, la instó a apartarse y bajar la vista hacia la cámara de vigilancia que había quedado apretujada entre los dos.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Esa no es tu cara de «no pasa nada». Es la de «venga, vamos a enterrar esto antes de que explote».

—No sabía yo que tenía una de esas —dijo él, y Maggie hizo un esfuerzo por no poner los ojos en blanco.

—Ya te digo yo que sí.

—No. —Se había puesto a menear la cabeza—. Estaba pensando que... No podemos ver la grabación.

—¡Pues claro que podemos! —volvió a exclamar ella en voz baja, sacudiendo la linterna al gesticular. Y entonces lo recordó: linterna. Oscuridad. Luz—. Jolín, no podemos verla.

Entonces su enorme cuerpo se apretó contra ella de un modo que, hacía tan solo tres días, la habría sacado de sus casillas. Le habría resultado tóxico y prepotente, pero ya solo le parecía cálido y seguro según colaba los dedos hasta su nuca para darle un suave masaje y hacerla soltar un gemido.

—Lo que quiere decir que no podemos decir nada. —Bajó la vista hacia la cámara apretujada entre ambos—. A nadie.

Tenía razón. Alguien en aquella casa era un asesino que aún no había conseguido salirse con la suya. Si alguien llegaba a descubrir lo de la cámara...

Ethan se apartó y extendió una mano.

—Trae. Tú vuelve a la habitación y yo iré a esconderla donde nadie la vaya a encontrar.

—No. —Maggie se la llevó al pecho. Nunca había estado tan cerca de murmurar la frase «mi tesoro».

—Maggie.

—No pienso perderla de vista. —Sonaba firme. Decidida. Era así como se sentía justo antes de que Colin lograra que se arrepintiera; cuando, más bien, de lo que tendría que haberse arrepentido era de estar con él.

—Maggie.

—Nadie sabe ni que existe, ¿verdad? Y ya han registrado nuestra habitación, así que, si lo piensas... —Maggie dejó la frase a medias al ver la sonrisita que tiraba de los labios de él—. ¿Qué?

—Has dicho nuestra habitación.

Eso había hecho. Y ni siquiera había caído en ello.

—Quería decir mi habitación.

—Ya, pero has dicho nuestra habitación.

—Me he confundido.

—Que te...

Un gruñido bajo inundó el aire, pero no fue un sonido sexi, no. Fue algo peor. Mucho, muchísimo peor, porque era un gruñido de hambre. Y provenía de ella.

—No he sido yo —soltó a toda prisa, a lo que el traidor de su estómago decidió dejarla en evidencia y repetirlo.

—Vale. —Ethan señaló la puerta que tenían a unos tres metros—. Tú te vas a nuestra habitación y cierras la puerta con llave, y yo iré a ver qué encuentro en la cocina. Y luego ya veremos qué hacemos. Cuando vuelva. A nuestra habitación.

Maggie abrió la boca para discutírselo, pero el estómago le volvió a rugir, así que salió disparada hacia su habitación, cerró la puerta y giró la llave, pero aun así podía oírlo reírse mientras sus pasos se alejaban por el vestíbulo.