Ethan
Ethan
Los haces de las linternas irrumpieron en la oscuridad mientras Maggie corría entre la penumbra, intentando llegar al despacho de Eleanor antes de que...
Siendo sincero, Ethan no tenía ni idea de a qué (o a quién) pretendía ganarle Maggie.
Solo sabía que no podía dejarla ir sola.
Parecía un fantasma, flotando por los pasillos y doblando esquinas, en dirección a una puerta que seguramente tendría que haber estado cerrada, pero que Ethan había abierto de una patada antes y, todo fuera dicho, ni siquiera eso habría podido detener a Maggie.
Porque nada iba a detenerla.
Sonrió un poco a pesar de las circunstancias y lo tarde que era y que aquella misión lo había arrancado de una cama la mar de calentita y agradable.
Tenía la sensación de que estaba en el borde de un abismo, sin saber si estaba a punto de caerse o de saltar, ni tampoco cuál podría ser la diferencia.
Lo único que sabía era que, al mirarla, sentía que el estómago se le caía a los pies.
Era como hacer paracaidismo sobre la tierra, y no estaba seguro de si debía abrir el paracaídas o no.
Para cuando llegaron al despacho, Maggie había dejado de correr. Se plantó en medio de la sala, valiéndose de la linterna para buscar entre montañas de cacharros y pilas de libros hasta encontrar la mesita llena de cartas.
—¡Esa! —exclamó Maggie, señalándola—. ¿Ves? No está el sobre.
—¿Te refieres al sobre... del color de mis ojos? —No había nada en el mundo que disfrutara más que meterse con aquella mujer, pero estaba demasiado emocionada como para percatarse.
—Estaba ahí... Estaba justo... —Se había puesto a dar vueltas en su búsqueda, desesperada—.
Creo que era de algún médico o laboratorio o algo así.
Tenía el logo ese con la serpiente enroscada.
—Bajó la voz hasta casi convertirla en un frágil susurro—.
Por eso me llamó la atención. Me preocupaba que...
—¿Crees que Eleanor podría estar enferma?
Aún cabizbaja, Maggie se encogió de hombros.
—¿Es posible? Igual era algo sobre su caída, pero... no sé. Es que, haciendo memoria, Cece parecía bastante decidida a llevarse el correo, pero Eleanor insistió hasta que fue ella quien se lo quedó.
—Eso sin mencionar que, si de verdad está enferma y la nueva sobrina no está aún en el testamento, es algo que dicha nueva sobrina querría saber.
—Exacto.
—Mañana se lo preguntamos a James, ¿te parece? A lo mejor sabe dónde ha ido a parar. Como mínimo debería saber si Eleanor está mal de salud. ¿Vale? —Volvió a acomodarle aquel mechón rebelde detrás de la oreja.
—Vale.
Le soltó los hombros, bajó la mano hasta una de las suyas y justo había empezado a sacarla del despacho cuando Maggie dejó de moverse.
Durante varios segundos, se limitó a quedarse allí, sin moverse.
El haz de su linterna cruzaba la puerta e iluminaba las estanterías llenas de prismas, lupas y cristales de distintas formas y tamaños, hasta reflejar la luz en uno de ellos y hacer que esta se desviara en distintos ángulos y direcciones en unos arcoíris y puntitos que llenaron la oscuridad como pequeños diamantes.
Era como estar dentro de un caleidoscopio y contemplar cómo la luz se tornaba de distintos colores y formas. Verlo todo de un modo distinto.
Incluso la luz diminuta que no cambió en absoluto.
—¿Maggie?
— La muerte de los retoños .
Avanzó despacio, como sumida en un trance, mientras se acercaba a las estanterías y el punto de luz que era minúsculo, azul e invisible hasta aquel momento. Aquel puntito no se parecía a la luz al refractarse en un prisma..., sino como cuando se veía reflejada a través de una cámara.
—Maggie...
—No me digas que nunca has leído La muerte de los retoños .
—Se volvió hacia él como si aquello fuese la verdadera tragedia de los últimos días—.
Una mujer atrapa a quien intenta asesinarla usando una cámara de vigilancia justo...
—Cogió el reloj digital que había en la estantería— como —le dio la vuelta y reveló el dispositivo USB que tenía en la parte de atrás— esta.