Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Por un instante, Maggie no supo si la había oído. O si, a lo mejor, la había oído mal. ¿Quizá había cambiado de parecer? ¿O sus propuestas no habían ido en serio? Igual se lo había dicho en broma, para reírse un rato, para meterse con ella o...

Jamás había visto a un hombre volar al estar tumbado, pero, al segundo siguiente, lo vio saltarle encima, hacer que su larga y pesada silueta se acomodara sobre la suya y que la habitación, que hasta aquel momento le había parecido demasiado fría, pasase a rebosar de calor.

Maggie sintió que todo el aire le abandonaba los pulmones y, lo que era peor aún, que no lo quería de vuelta.

Porque Ethan la estaba mirando desde arriba como si ella fuese el premio, su regalo, lo único que quería en la vida.

Solo que, cuando volvió a moverse, lo hizo con calma y sumo cuidado. Un ritmo vacilante y metódico que parecía preguntarle: «¿Quieres que siga?» y «¿Estás segura?» y «¿Acaso estoy soñando?». Claro que si él estaba soñando, ella también.

Y, de pronto, Maggie no pudo esperar más.

Se alzó hacia él, atrapó sus labios con los suyos, y cada célula de su cuerpo cobró vida.

Lo sintió todo. Lo oyó todo: desde el crepitar del fuego hasta los aullidos del viento, incluso la vocecita en su interior que se había pasado el último año diciéndole que no era lo bastante lista, guapa o sexi para lograr que un hombre como Colin se quedara a su lado, así que ¿cómo de tonta tenía que ser para creer que podría encontrar a alguien mejor?

Pero lo había hecho, ¿verdad? Había encontrado a Ethan. Y él era un millón de veces mejor. Solo que, si no había sido lo bastante buena para Colin, tampoco sería...

—Maggie. —Sus labios desaparecieron, y ella los echaba de menos. Alzó una mano para intentar acercarlo otra vez, pero Ethan le sujetó el rostro entre las suyas—. No tenemos por qué hacer esto.

—Pero quiero hacerlo. Perdona. Es que no se me da muy... Sí que quiero.

Entonces lo besó de nuevo, él dejó escapar un sonido que era grave, oscuro y salvaje, y algo dentro de Maggie se apagó.

Aquella voz y todas las preocupaciones que llevaba con ella desaparecieron.

Como si alguien le hubiera bajado el volumen a la música hasta que Maggie, experta en pensar demasiado, fuera incapaz de pensar en absoluto.

Ni en Colin ni en el primer beso que le había dado, porque eso habría sido como comparar una vela con una hoguera.

Ethan bajó las manos de su rostro a la delicada piel de su cuello y siguió bajando muy despacio. Más despacio aún. Y Maggie cambió de parecer.

Sería como comparar una hoguera con el sol.

De pronto no fue capaz de seguir conteniendo todos los sonidos que querían escapar de ella y quiso morirse de la vergüenza, pero Ethan volvió a soltar ese gruñido en voz baja.

—Eso es, cielo —la animó en un susurro—. Demuéstrame lo que te gusta.

—Me gustas tú —soltó Maggie, y él se quedó de piedra.

Como si se hubiese convertido en una estatua, no movió ni un músculo.

No más besos ni manos curiosas, tan solo el peso de su cuerpo sobre ella, y a Maggie se le cruzó por la cabeza la posibilidad de que Ethan fuese un robot y ella acabase de pronunciar la palabra secreta para desactivarlo, porque seguía sin mover ni un pelo hasta que...

Alzó la cabeza. Y lo observó mientras se convertía en un Ethan que jamás había visto, lleno de un encanto travieso mezclado con una intensidad letal al decirle:

—Por fin.

Y entonces volvió a besarla, aquella vez con más fuerza, atrayéndola hacia sus brazos hasta hacerlos rodar y que ella terminara sobre él.

Maggie se apartó un momento para estudiar el rostro que era demasiado masculino para considerarse mono y demasiado atractivo para ser algo menos que precioso.

Como un ángel al que le gustaba torcer las reglas un poco, pero seguía siendo, muy en el fondo, uno de los buenos y todo el mundo lo sabía.

Un haz de luz se coló entre las cortinas y le iluminó el rostro como si de un foco se tratara, y una vocecilla en su interior le susurró «azul» mientras contemplaba unos ojos que casi siempre habían sido de un color distinto al mirarlos; cambiando, mutando y camuflándose, justo como él mismo.

Solo que aquel era un color que ella había visto antes. Uno que había visto hacía poco.

—¿Cielo? —Ethan había dejado las manos quietas y su mirada la atravesó entera mientras él la contemplaba en medio de la oscuridad—. Podemos dejarlo. No tenemos que...

Azul. Algo azul.

Entonces lo recordó.

—Tenemos que buscar en su despacho.

—¿Cómo dices?

Pero Maggie ya se estaba bajando de la cama para buscar sus zapatos y la linterna.

—Tenemos que buscar en su despacho. Ahora mismo.

—Pero si ya has buscado allí. Y el cuaderno no estaba.

—¡El cuaderno no! ¡El sobre! —Menudo subidón.

Era lo mismo que sentía cuando una trama finalmente cobraba sentido, cuando los astros se alineaban y las piezas encajaban en su sitio—.

¡El sobre azul! —Señaló con uno de los zapatos que llevaba en la mano y se apartó el pelo de la cara, intentando no darle demasiadas vueltas a por qué lo llevaba suelto y totalmente enmarañado.

O cómo había llegado a ese estado—. El día que llegamos a la casa, James llevaba consigo el correo, ¿te acuerdas?

Había un sobre azul en la pila. Lo acabo de recordar porque era del mismo color que...

Mecachis. Maggie dejó de hablar.

—¿Del mismo color que qué? —preguntó Ethan, y Maggie supo que era demasiado tarde para cambiar de tema.

—Que tus ojos —admitió, a lo que él le dedicó la sonrisa más descarada de todo su arsenal.

—No veas cómo pienso torturarte con eso luego, pero de momento —se quitó las sábanas de encima—, vamos a ello.