Maggie
Maggie
No tenía sentido. Aunque, según cómo se viera, sí que tenía su lógica.
Cuando Maggie dejaba de verlo como un suceso de la vida real y lo concebía como algo sacado de una historia, le parecía lo más obvio del mundo.
Lo que no podía negarse era que Eleanor era una mujer de ochenta y un años con una pierna mala y que fuera hacía un frío de mil demonios.
Podría haberse perdido o hecho daño o estar al borde de la muerte, pero Maggie no conseguía entrar en pánico.
Salvo en dos contadas excepciones, Maggie siempre había mantenido la calma en situaciones de crisis y había sabido reaccionar bajo presión.
Nunca giraba el volante con brusquedad, exclamaba fuego a voz en grito ni se desmayaba al ver sangre, por lo que no tendría que haberle sorprendido que diez minutos después, mientras se encontraba en la biblioteca con el resto de invitados, le costara oír sus propios pensamientos por encima del barullo que montaban ocho personas al hablar todas a la vez.
—¡¿Y usted qué sabrá, su alteza?! —le gritó Rupert a su cuñado.
—¡Ya te digo yo por dónde puedes meterte ese jersey, Kitty! —rezongó la duquesa.
—A todo esto, ¿a qué hora creéis que servirán la comida? —(El abogado).
—Alguien tendría que llamar a la Policía, ¿no? —(El médico).
—Me acuerdo de una vez que tuve que colaborar con la Policía londinense. Un asunto muy desagradable. Había sangre por todos lados. —(Sir Jasper).
—¿Creéis que la tía Eleanor está muerta? —(Cece).
Un silbido rasgó el aire, súbito y raudo, y la sala entera se quedó en silencio de inmediato.
Ethan siempre había sido más alto, fuerte y atractivo que la gran mayoría de la población mundial, pero en aquel preciso momento no se limitaba a ser el tipo de persona que atraía la atención de los demás, no.
Era alguien capaz de controlar a las masas.
Y se le había acabado la paciencia.
—Hola, sí, gracias por su atención. Qué tal si...
No sé qué les parecerá la idea, pero... ¿y si nos ponemos a buscar a Eleanor?
—Pese a que era la idea más sensata, el resto de los invitados se lo quedó mirando como si acabase de anunciar que la cena consistiría en un solo plato—. ¡James! —lo llamó Ethan.
—Dígame, señor. —James se encontraba justo a su lado, por lo que hizo que Ethan pegara un bote.
—Jolín, no te había visto. ¿Me puedes decir cuántas salas tiene esta mansión?
—Muchísimas, señor. —Por muy clara que fuese la dicción del mayordomo, su respuesta no lo fue tanto, por lo que Ethan se limitó a asentir.
—Vale, muchísimas —repitió—. En ese caso, formemos grupos, busquemos por toda la casa y...
Un gimoteo lo interrumpió a media frase. Kitty estaba sentada en un rincón, con un ovillo de lana y algo a medio tejer sobre el regazo, pero había dejado abandonadas las agujas para secarse las lágrimas de las mejillas. Ethan la miró desconsolado.
—Ay, Kitty, no te preocupes —la tranquilizó con delicadeza—. Ya verás que la encontramos sin problema.
Kitty se enjugó las lágrimas y se sonó la nariz.
—Perdona, es que la bebé no ha dormido nada esta noche y ahora la tía Eleanor ha desaparecido y...
—Se le contrajo el rostro. La nariz se le puso roja.
Y los ojos parecían a punto de desbordársele, como si no faltara nada para que se echara a llorar de nuevo—. ¡Nadie se ha puesto su jersey navideño!
—Esto... vale. —Ethan se enderezó y volvió a dirigirse a los demás—. Formemos grupos. Nos volveremos a juntar aquí, dentro de una hora y...
Kitty soltó otro gimoteo y Maggie vio que a Ethan se le hundían los hombros un momento antes de volver a enderezarse.
—Pero antes...
Maggie no se quedó para ver qué más decía.
Mientras volvía hacia la puerta rota que había cerca del final de las escaleras, Maggie vio que el pasillo estaba desierto y en silencio.
Plantada frente al despacho de Eleanor, le pareció que estaba haciendo una travesura.
Que sí, que ya había estado allí antes, pero era distinto presentarse allí sola, entre todas las estanterías solemnes y la madera astillada.
El té que ya se había enfriado y el viejo ordenador.
La ventana cerrada y el alféizar cubierto de nieve.
—¡Cuidado, que va! —exclamó Ethan desde el umbral, y a Maggie apenas le dio tiempo a girarse antes de que algo suave y ligeramente pesado le cayera sobre la cabeza.
—Oye —se quejó, quitándoselo de encima para ver que se trataba de una lana roja y unos pajarillos blancos y esponjosos.
—Ese es el tuyo. Somos tortolitos. —Señaló el jersey que cubría su amplio pecho—. Vamos a juego. —Meneó las cejas en su dirección, pero Maggie se limitó a lanzar el jersey sobre una silla y volver hacia el cristal frío.
—La ventana está cerrada, pero se abre hacia fuera. La nieve está intacta, así que sabemos que nadie la ha abierto aún.
—Primero, ya lo sé —dijo Ethan con toda tranquilidad—. Y segundo, ¿de verdad estamos barajando la posibilidad de que una mujer de ochenta y un años haya saltado o volado o bajado haciendo rápel por el lateral del edificio? En plena tormenta de nieve, nada menos.
—Aún no tengo ninguna teoría —repuso Maggie—. No deberías barajar ninguna teoría hasta tener todos los hechos. Algo que sabrías si de verdad fueses escritor de misterio y no un...
—¿Tío de Chaqueta de Cuero? —terminó por ella, apoyándose contra el marco de la puerta rota y cruzándose de brazos, con lo que sus bíceps se contrajeron bajo la lana—. Pero ahora soy un tío molón con jersey. Venga, ponte el tuyo y así parecemos gemelos.
A Maggie le iba el corazón a mil, probablemente porque Eleanor había desaparecido y tenía a Ethan mirándola, lo que daba como resultado un cóctel de adrenalina muy chungo que le alteraba la sangre como si se hubiese metido un chute de combustible.
Quería que se fuera. O que le soltara alguna pullita.
O que se pusiera a discutir con ella. Quería que hiciera cualquier cosa menos quedarse allí, mirándola como si fuese el misterio del siglo y estuviese decidido a resolverla.
—¿Sabes una cosa? Cuando he dicho que debíamos buscar a Eleanor, imaginaba que nos saltaríamos la sala en la que ya sabemos que no está. —Ethan se apartó del marco y se adentró despacio en el despacho.
—Y yo creía que podríamos centrarnos en el último lugar en el que se la vio. —Volvían a estar cara a cara, y a Maggie de pronto le subieron los calores en medio del frío que hacía en aquella habitación.
—Un momento. ¿Alguien la vio aquí dentro? —la retó Ethan, y Maggie recordó la noche anterior.
—Vale, el último lugar en el que alguien la... —ambos se volvieron hacia el tocadiscos del rincón— oyó...
Solo que aquello tampoco era cierto. No habían oído su voz, sino solo la música que retumbaba desde el otro lado de la puerta y ahogaba los gritos de Cece.
Ethan se encogió de hombros como diciendo «de perdidos al río», colocó la aguja sobre el disco y de pronto la melodía de «La Vie en Rose» inundó el ambiente.
Sonaba a París, a calles adoquinadas y a pan calentito y recién hecho, lo que provocó que a Maggie le rugiera el estómago por haberse saltado el desayuno.
—Lo que no entiendo es por qué tú no has entrado en pánico. —Ladeó la cabeza y la miró con atención.
No tenía en frente al Ethan ligón o al Ethan encantador, ni siquiera al Ethan que debía de haber sido el padrino en dos decenas de bodas distintas.
Aquel era el Ethan observador, el que sabía calarla, y Maggie le dio la espalda, deseando para sus adentros que pudieran volver a aquellos días en los que ni siquiera se sabía su nombre.
—Igual entro en pánico después. Igual... —Y entonces cayó en la cuenta de lo que no encajaba en aquel escenario. En toda aquella escena y ese momento y lugar exactos—. Esta canción no era.
—¿Qué dices? —preguntó Ethan, claramente confundido.
Solo que Maggie notaba algo dentro de ella. Algo que se movía, vibraba y parecía estar cobrando vida. Lo tenía casi al alcance de la mano. Solo tenía que estirarse y...
—¡Esta canción no era! —exclamó de nuevo, aquella vez con más ganas, pero Ethan no lo estaba pillando.
—No lo...
—¡Anoche! Cuando puso el disco, no era esta canción la que sonaba.
Ethan asintió, como diciéndole «vale y a mí qué me cuentas».
—Pues puso más de un disco, ¿no? ¿Qué importa eso?
«Dios mío de mi vida», pensó ella. Quería estrangularlo con su propio jersey. ¿Cómo osaba alguien —cualquier persona— dormir bajo el techo de Eleanor Ashley y no saber que...?
—Importa porque, si hubieses leído los libros de Eleanor Ashley, sabrías que esta es la canción que sonaba cuando...
Y entonces todo empezó a encajar. Poco a poco. Maggie no se encontraba en el despacho de Eleanor, sino en el de Deborah, mientras la oía decirle que «el año que viene va a pasar algo muy gordo. De esas cosas que solo saben unos pocos afortunados. Y creo que tú podrías ser la indicada».
Estaba tiritando por culpa del viento frío, viendo a Eleanor guiñarles un ojo y decirles «me gustan los giros inesperados».
«Seguro que me equivoco», se dijo a sí misma.
Hacía mucho tiempo que no tenía razón. Casi podía oír la voz de Colin en su cabeza, diciéndole que se estaba imaginando cosas, que creía haber oído esto o aquello, pero en realidad todo se lo inventaba ella solita.
Solo que nadie sabía dónde estaba Eleanor, eso no había cómo negarlo. Había desaparecido. Y...
—¿Decías...? —Ethan la animó a continuar.
Si estaba en lo cierto, quería decir que...
—Nada —se apresuró a contestar—. Tú ganas.
—¿Cómo? ¿Que yo gano? —Parecía como si aquello fuese lo más disparatado que hubiese ocurrido aquella mañana.
—Sí. Vayamos cada uno por su lado y busquémosla. Te veré dentro de una hora.
Entonces apartó su enorme y tontorrona figura, enfundada en su enorme y tontorrón jersey, y se dispuso a demostrarse a sí misma que se equivocaba. Todo ello mientras intentaba silenciar aquella vocecita en sus adentros que le gritaba a todo pulmón que no podía estar más en lo cierto.