Maggie
Maggie
Era probable que Maggie se hubiese pasado miles de horas imaginando cómo sería estar dentro de la mente de Eleanor, pero entrar en su despacho tenía que estar muy muy cerca.
El escritorio era la única superficie despejada de la sala, sin nada más que la bandeja de té que Cece le había llevado la noche anterior colocada cerca del borde.
Por el resto de la sala había pilas de cartas y libros con las esquinas dobladas, vasos de agua vacíos y crucigramas hechos con boli.
Se notaba que alguien había pasado sus días en aquel despacho. Que lo había usado.
Tres de las paredes tenían estanterías incorporadas llenas de unos cuadernos casi idénticos, pero la última estaba ocupada en su mayoría por un asiento bajo una ventana.
Unos cojines de terciopelo suavísimos descansaban contra el cristal escarchado y, fuera, el alféizar estaba cubierto de una nieve fresca y esponjosa.
Había un viejo tocadiscos en un rincón, y el rasguido constante del vinilo parecía casi siniestro en medio de la quietud de la sala, pero, cuando Ethan apartó la aguja, el silencio absoluto resultó incluso más atronador.
Porque lo que más resaltaba del despacho de Eleanor era un detalle muy simple: que su dueña no estaba dentro.
—¿Quizá ha ido a dar un paseo? —propuso Kitty.
—Pero si hace un frío que pela —dijo el médico.
—¡Pues aquí no está! —refunfuñó Rupert, como si no hubiese sido idea suya ir a buscarla a aquella habitación y no supiera por qué demonios le hacían perder el tiempo.
Fue entonces cuando Maggie vio algo en el suelo, al lado del escritorio.
—Pero antes sí que estaba —dijo, tras agacharse para recogerlo.
—¡Muy bien visto, señorita Chase! —exclamó sir Jasper—. ¡Mirad, la señorita Chase ha encontrado la llave!
—¡Ja, lo sabía! —se rio Rupert—. Sabía que había dos llaves. Es obvio que la tía Eleanor cerró con su llave al salir.
—Perdona, Roofus...
—Rupert —corrigió el aludido, pero Ethan hizo oídos sordos.
—Eso no es razón para creer que hay dos llaves.
Además... —Ethan dejó la frase a medias mientras movía la puerta rota para que todos pudieran verla.
En la parte trasera contaba con un pestillo, de esos que se podían encontrar en cualquier cubículo de baño, y estaba echado.
Ethan se irguió hasta alcanzar toda su intimidante estatura—.
Eso sí que no lo ha cerrado desde fuera.
El silencio se estiró un buen rato mientras todos se quedaban plantados donde estaban, haciendo cálculos para sus adentros. De pronto, dos y dos eran cincuenta, y nadie sabía qué pensar, mucho menos qué decir.
—¡Hay que ver qué tontería es esta! —exclamó el duque con un resoplido—. ¡Una mujer de noventa y cinco años...!
—¡Que tiene ochenta y uno! —replicaron Ethan y Maggie a la vez.
—... ¡no puede desaparecer sin más de una habitación cerrada con llave!
Maggie se fue acercando a la ventana. El cristal irradiaba una sensación fría y el mundo del exterior parecía suave y tranquilo, como si se extendiera miles de kilómetros en todas direcciones. Lo único que pudo agregar fue:
—Eleanor Ashley sí que puede.