Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

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Por un instante, la sala entera se quedó en silencio, congelada. Fue como si todos hubieran oído mal a la vez. Como si fuese un chiste y Cece estuviese tardando la vida en contarles el final.

—¡Que ha desaparecido! —insistió Cece en voz alta.

Pero el duque se limitó a resoplar desde el lugar que él solito se había asignado en la cabecera de la mesa.

—Las mujeres de noventa años...

—Eleanor tiene ochenta y uno —lo cortó Maggie, pero el duque o bien no la oyó o bien decidió pasar de ella.

—... no desaparecen sin más, jovencita. —Soltó las palabras con desdén, como si todo fuese culpa de Cece. Como si Eleanor fuese un perro y Cece le hubiese soltado la correa.

—Ya lo sé —suplicó Cece—, pero es que no la encuentro por ningún lado.

—¿La has buscado en su despacho? —inquirió la duquesa.

—Está cerrado. He llamado, pero...

Rupert se levantó arrastrando la silla y lanzó su servilleta sobre la mesa en un gesto que decía a gritos «¿Es que siempre tengo que encargarme yo de todo?», para luego abandonar la estancia hecho una furia y dirigirse a las escaleras.

Debían de parecer un desfile de lo más extravagante; Rupert a la cabeza con el resto de los amigos y familia de Eleanor marchando por detrás.

Maggie no tendría que haberse sorprendido por notar a Ethan a su lado, pero allí lo tenía, con una expresión seria nada propia en él mientras avanzaban por el largo pasillo que conducía al despacho de Eleanor.

James ya había llegado y estaba llamando a la puerta.

—¿Señora? ¿Sería tan amable de abrir la puerta, por favor?

—Dame la llave —exigió Rupert, pero James se limitó a seguir llamando—. ¡Que me la deis! —le gritó a Cece en aquella ocasión, con una altivez que no casaba en absoluto con el jersey con una flor de Pascua que llevaba.

—Es que no..., no la tengo —balbuceó Cece.

—Pues ve a buscarla —dijo Rupert, como si fuese lo más obvio del mundo.

—¡No tengo esa llave! —Para entonces, Cece ya tenía los ojos anegados en lágrimas.

—Tú. —Rupert señaló al mayordomo—. Ve a por la llave.

James no se puso a llorar ni a gimotear. Se limitó a mirar a Rupert como un hombre que llevaba allí desde muchísimo antes de que llegara el sobrino maleducado de Eleanor y que seguiría allí muchísimo después de que él se marchara.

—Solo hay una llave, señor. Y la señora Ashley siempre la lleva consigo.

—Todas las casas antiguas del país tienen una llave maestra. —La duquesa sonaba fastidiada—. Eso lo sabe todo el mundo. Ve a buscarla.

—Es cierto, señora, pero...

Ethan se había agachado para mirar el cerrojo y estaba examinando la puerta de un modo que los demás no habían notado.

—La cerradura es nueva. Una llave maestra no serviría de nada para abrir esta puerta.

—Exacto —coincidió James—. La señora Ashley pidió que cambiaran la cerradura hace un año e insistió en ser la única que tuviera la llave.

—Qué absurdidad. —Rupert se volvió hacia su hermana—. Te dije que estaba paranoica, que se imaginaba cosas. Ya me temía que fuese a pasar algo así.

El pasillo se llenó de gritos y discusiones, pero lo único en lo que Maggie podía pensar era «¿Y si ha pasado algo? ¿Y si se ha hecho daño? ¿Y si, en este preciso instante, Eleanor está al otro lado de la puerta y...?».

Se volvió para mirar a Ethan, quien ya no le parecía un desconocido en absoluto. En aquel momento, eran los únicos que guardaban silencio en medio de aquel desmadre, pero una conversación entera pareció transcurrir entre los dos.

«¿Qué más dará la llave ahora?». Y «¿es que no se enteran?». Y, por encima de todo, «Esto no pinta nada bien. No pinta nada pero nada bien y, o no lo han pensado, o no les importa, no tengo idea de qué opción es peor, pero...».

Vio a Ethan tomar una decisión, darse la vuelta y pegar una patada. La puerta se partió al abrirse y el pasillo entero se quedó en silencio.

—Anda, mira, se ha abierto —dijo Ethan, y luego entró.