Crimen antes de Navidad Maggie
68%

Maggie

Maggie

Dos días antes de Navidad

Maggie se despertó despacio en aquella cama desconocida en una habitación desconocida con una luz desconocida que lo iluminaba todo a su alrededor. Estuvo tentada de correr las cortinas anticuadas que rodeaban la cama y volver a dormirse. Pero entonces todo volvió a su memoria.

Inglaterra. Eleanor. Ethan.

Y no en ese orden, precisamente. Fue así como apartó las mantas de un tirón, entornó los ojos para protegerse del resplandor mientras miraba por la ventana y ahogaba un grito porque...

Había nieve. De al menos un metro de profundidad.

Y varios kilómetros de extensión. Aferrándose a cada árbol y arbusto, cubriendo las colinas onduladas como si fuese una gruesa capa de suave algodón.

Era una imagen pura y reluciente y enteramente navideña, del tipo que se veía en las películas.

Del tipo que no era real, solo que sí lo era.

Lo percibía en el frío que se colaba por el cristal y le calaba los huesos y hacía que tiritara de pies a cabeza.

Era real, y Maggie no supo si debería dejarse llevar por el miedo o la emoción mientras se abrigaba un poco más y marchaba hacia la planta baja.

Sir Jasper, el señor Banes, el doctor Charles, así como el duque y la duquesa, ya estaban sentados a la mesa, bebiéndose un té y disfrutando del desayuno, pero todos ellos se volvieron para mirarla en cuanto entró en la sala, como si, en cierta medida, supieran que ella no pintaba nada allí.

El problema era que, en cierta medida, Maggie estaba de acuerdo con ellos.

Y, como era de esperar, Ethan nunca había tenido dicho problema.

—¡Buenos días a todos! —exclamó desde la entrada.

Debía de ser una de esas personas que apenas necesitaban unas pocas horas de sueño, pues prácticamente se acercó de un salto a la mesa lateral y se puso a apilar comida en su plato como si nada. Algo nerviosa, Maggie lo siguió.

Llevaba el cabello húmedo e iba vestido con unos vaqueros oscuros y una camisa a cuadros que lo hacía parecer el cartel publicitario de una app de citas especializada en leñadores.

Maggie depositó un plato calentito en sus manos frías y esperó pacientemente a que le llegara la inevitable sonrisita o guiño burlón, pero nada.

No se puso a chincharla ni a tontear con ella.

Ni siquiera se había dignado a mirar en su dirección, y Maggie no pudo evitar recordar cómo la había mirado la noche anterior, su voz baja al decirle «Nunca he tenido ningún problema para reconocerte».

—¿Ethan?

Sin apartar la mirada de la mesa, pronunció las palabras en voz grave y casi para sí mismo.

—Mira qué guapo estoy mientras me sirvo el café. Mira qué encanto mientras me lleno el plato de huevos.

Maggie estaba intentando decidir si debía sentir alivio o fastidio por que hubiera retomado sus clásicas pullitas cuando Kitty se presentó en la puerta y exclamó:

—¡Buenos días! ¿Ya estamos todos?

Pasó la mirada en derredor como si los estuviese contando uno a uno. Sin contar a los niños y a la yayita Davis, las únicas que faltaban eran Eleanor y Cece, y parecía que Kitty no veía la necesidad de esperar.

—Espero que no os moleste, pero se me ha ocurrido que podía organizar un pequeño...

itinerario. —Contuvo una sonrisa, como si no quisiera presumir, pero se le diera de maravilla eso de organizar horarios—.

Nada elaborado, solo unas cuantas actividades para hacer que esta sea...

—pausa dramática— la mejor Navidad de todas.

El jersey de aquel día era de los peces en el río, y Maggie se preguntó si el que llevaba Rupert iría a juego con el de su mujer. Se lo quedó mirando, instándolo mentalmente a moverse para que pudiera verle la prenda.

—¡Primera actividad! —siguió Kitty—. Cortar el tronco navideño. A ver, señor Wyatt, me da a mí que se te da muy bien blandir un hacha.

«¡Ja! ¡Lo ha llamado leñador!». Maggie casi había alzado un puño en señal de victoria cuando sintió el aliento cálido de alguien (quién podría ser) que le susurraba al oído:

—Estoy como un tren mientras blando un hacha.

—Cuando acabes con eso, ya te digo yo por dónde puedes metértela —le susurró en respuesta, a lo que él se limitó a dejar escapar una risa.

—Actividad número dos: Decorar...

Antes de que Kitty pudiera acabar, Cece llegó corriendo a la sala.

—¡Señorita Honeychurch! —exclamó el doctor Charles—. ¿Qué pasa?

Solo que Cece estaba demasiado ocupada para contestar mientras observaba a los presentes, como si buscara algo muy desesperada.

—¿Ha bajado ya la tía Eleanor?

—No la hemos visto —contestó Rupert, devolviendo su atención a su plato de huevos—. Se ha tirado la mitad de la noche escribiendo, con la música a todo volumen para colmo. —Decir que estaba cabreado era quedarse corto.

Pero Cece..., Cece parecía angustiadísima.

—¿Alguien ha visto a la tía Eleanor? ¿Alguien que la haya visto esta mañana?

A Maggie le recorrió un escalofrío que nada tenía que ver con ventanas escarchadas y hombres que llevaban camisas de franela.

—¿Por qué lo preguntas?

—Es que no está en su habitación —repuso Cece—. Ni en la biblioteca. No la encuentro en ningún lado. Ha... desaparecido.