Maggie
Maggie
Hace un año
—¿Estás sentada? —preguntó Deborah en el momento en que Maggie contestó su llamada.
Faltaban dos días para Navidad, pero Deborah era una adicta al trabajo, Janucá ya había terminado y ella siempre decía que le encantaba la tranquilidad de una oficina casi desierta.
Maggie la entendía. Colin y Emily la habían despertado mientras discutían sobre dónde colocar la escultura de hielo para la fiesta que organizaban todos los años.
Y ella ni siquiera quería la dichosa escultura.
Ni tampoco la fiesta, ni el casoplón elegante en el que se iba a celebrar, no muy lejos de donde antes vivían los padres de Colin, por aquellos tiempos en los que aún no se habían gastado su fortuna.
Ella no había querido ninguna de esas cosas, pero el voto de la mayoría había pesado más.
De modo que había terminado refugiándose en una cafetería para intentar escribir sus dos mil palabras del día, porque el ambiente caótico de una cafetería la ayudaba a concentrarse, a diferencia del ambiente caótico que tenía en casa, vete tú a saber por qué.
—Dime que estás sentada —le insistió Deborah.
—¿Por qué?
—Porque puede que esta sea la llamada que te cambie la vida para siempre.
Deborah no era muy dada a las hipérboles, por lo que Maggie estaba un pelín asustada cuando le preguntó:
—Cambiarme la vida, ¿cómo?
—Eres finalista —Deborah hizo una pausa para efectos dramáticos— en el Club de Lectura de Betty.
—Cómo que...
—Hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que te escojan como el libro del mes de enero. Está entre un libro tuyo y el de otro autor, pero... Sabes lo que significa eso, ¿verdad?
Significaba millones de ejemplares vendidos. La posibilidad de una adaptación para el cine. Que, cuando un desconocido le dijera «Mira tú, ¿has escrito algo que haya visto por ahí?», a partir de aquel momento su respuesta podría ser que sí.
—¿Maggie? ¿Me has oído? Es un notición, pero no está confirmado aún, así que no se lo cuentes a nadie.
Maggie le juró que no lo haría, luego metió a toda prisa su portátil en el bolso y volvió corriendo a casa para contárselo a alguien.
—¡Emily! —llamó nada más abrió la puerta—. ¡Colin!
La casa estaba llena de flores y calientaplatos y pilas de mesas y sillas.
—¡¿Dónde os habéis metido?! —gritó Maggie, pasando por completo de la absurda escultura de hielo que alguien había dejado para que se derritiera sobre el entarimado.
Entonces oyó las voces, las palabras susurradas y los ruidos frenéticos que provenían de su habitación. Antes de abrir la puerta de par en par, su cerebro cansado le dijo que debían de haber estado acomodando algún mueble o algo.
Y resultó que...
Que...
Que Deborah tenía razón, claro está. Aquella llamada sí que había terminado cambiándole la vida para siempre.