Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Hace nueve meses

Tucson, Arizona

Menuda metedura de pata.

Maggie se había equivocado al escoger el vestido para el viaje, se había puesto los zapatos incorrectos y había pedido el cóctel que no era.

Aunque solo habían pasado tres meses, llevaba sin salir de su piso lo que le parecía a ella muchísimo más tiempo que eso.

Lo de socializar nunca había sido lo suyo, había perdido a su gente (las dos unidades de persona que tenía), y por eso cuando Deborah le había escrito para preguntarle si quería participar en el Festival Literario de Tucson, Maggie había dicho que ¡pues claro que tenía pensado ir!

Que ¡se moría de ganas! Y que ¡qué ilusión le hacía!

(con tres exclamaciones. Dios bendito, había usado tres exclamaciones).

Dicho de otro modo, había mentido como una bellaca.

El problema era que su única alternativa era hacerse una bolita y quedarse pensando en el marido, la mejor amiga y el libro que la iba a llevar a lo más alto que habían sido borrados de su vida de un plumazo desde diciembre.

Fue por eso por lo que terminó en una fiesta en la que no quería estar, con una bebida que ni siquiera quería beber, sobre unos zapatos que no había querido ponerse mientras intercambiaba incómodas sonrisas con gente con la que no quería hablar.

Que sí, que todos parecían bastante majos, pero Maggie los oía pronunciar su nombre entre cuchicheos; les leía la mente al ver cómo se la quedaban mirando.

En aquel momento no era Maggie Chase, escritora bestseller , sino la mujer a la que su marido había dejado tirada y a la que su editorial le había hecho el feo.

Era la persona cuya vida se había venido abajo para allanarle el camino a Ethan Wyatt, y ninguno de los presentes sabía si debía sentir lástima por ella o evitarla como a la plaga porque ese tipo de mala suerte podía ser contagiosa.

De modo que se pidió otra bebida en el bar, miró con intención hacia el otro extremo de la abarrotada fiesta, se plasmó una gran sonrisa en la cara y avanzó con paso decidido, como la personificación de «¡Oye, por fin te encuentro!

» y «Cómo mola todo esto, ¿no?». Cuando una de las mujeres con las que compartía panel le hizo un ademán para que se sumara a su grupo, Maggie se puso contentísima al bajar la vista y darse cuenta de que el móvil le estaba sonando de verdad, por lo que hizo un gesto para decir «¡Tengo que contestar! » y se marchó hacia las puertas.

Tenía que ser alguien muy preocupado por que se cambiara de compañía telefónica o el abogado que iba a quedarse con todo el dinero que Colin no había conseguido quitarle aún, pero a Maggie le dio igual mientras se llevaba el móvil a la oreja y se abría paso hacia el exterior.

—¿Maggie? —Pese a que en la pantalla ponía «llamada desconocida», Maggie reconoció la voz. La conocía mejor que la suya propia—. ¿Hola? ¿Mags, estás ahí?

Emily parecía nerviosa, lo que era totalmente absurdo porque Emily había nacido guapa, rica y con don de gentes.

Si hubiera estado en aquella fiesta, se habría sabido el nombre de todo el mundo.

Habría grabado ocho vídeos graciosos para cuatro personas distintas y ya estaría organizándolo todo para ir a un karaoke de por allí cerca cuando la fiesta acabara.

Emily nunca se ponía nerviosa, a diferencia de Maggie.

Era bueno saber que al menos una de las dos era capaz de cambiar.

—He comprado un móvil prepago —explicó—, porque sabía que no me ibas a contestar si veías mi nombre.

—Se supone que no podemos hablar.

—Ya, es que... —Emily se interrumpió, como si estuviera esperando que pasara algo, pero Maggie se limitó a quedarse allí esperando, en el patio que había fuera de aquel restaurante atiborrado de gente, con el móvil pegado a la oreja y congelándose.

La gente iba y venía por la acera, caminando deprisa para ir a cenar o a beberse una copa.

Se subían al coche y se reían en grupo, y el desierto se fue tornando más frío conforme entraba la noche, mientras Maggie tiritaba, lamentándose por no haberse puesto una chaqueta más gruesa y fingiendo que el frío era la única razón por la que temblaba.

—¿Maggie?

—Se supone que no puedo hablar contigo, así que haz el favor de ponerte en contacto con mi abogado si...

—Estoy embarazada. —El silencio se volvió atronador en sus oídos, violento y pulsante.

Incluso tras cerrar los ojos, Maggie podía seguir viendo las tiras de lucecitas que adornaban el patio dando vueltas detrás de sus párpados—.

Sé que tendríamos que comunicarnos mediante el abogado y tal, pero...

no quería que fuera otra persona quien te lo contara.

—¿Quién me lo iba a contar, Em? —Al menos la voz no se le quebró—. Eras la única amiga que tenía, ¿es que no te acuerdas?

—No es así. —Emily tuvo la desfachatez de reírse, aunque no era una risa burlona. Era un «no me seas tonta», lo que casi era peor—. Si todo el mundo te adora. Eres tú la única que no se da cuenta, pero no pasa nada. —Claro que pasaba. Había pasado de todo—. Ya lo veía yo por ambas.

Maggie quería que le dijera algo egoísta, cruel e interesado.

Quería que su mejor amiga fuese la versión femenina de Colin y no la chica que había «perdido» un portátil, un móvil y dos abrigos de invierno durante su segundo año en la universidad, hasta que los había terminado encontrando cuando ya se había comprado unos nuevos y pues «Maggie, ¿quieres quedarte con estos?

». Porque sabía que ella jamás aceptaría la caridad de nadie.

Se le cerró la garganta, los ojos se le llenaron de lágrimas y lo habría dado todo por que su amiga no fuese real. Por que estuviese muerta. Por que fuese cualquier cosa menos la voz que le hablaba por el móvil y la hacía pedazos de nuevo.

Emily se había puesto a parlotear. ¿Sobre nombres de bebés? ¿Clases preparto? ¿Lo adorable que sería convertir la habitación de invitados de la casa de Maggie en una habitación infantil? A Maggie le dio igual hasta que oyó una voz más grave en el fondo. Colin.

Podría haber reconocido ese tono de reproche en cualquier lado. Aunque nada de lo que había pasado era culpa suya, cuando él contara la historia más adelante, sí que lo sería. Todo sería culpa de Maggie y...

Bajó la vista hacia la llamada en curso y luego lanzó el móvil a una papelera porque, sinceramente, había olvidado que una podía colgar y ya.

Se le había olvidado. Hasta que lo recordó.

Para entonces ya se había hecho de noche y aquellas tiras de lucecitas multicolor lo iluminaban todo de rojo y verde.

Podrían haber estado en pleno marzo en Arizona, pero le parecía como si estuviera en Navidad en el norte de Nueva York.

No tenía dónde caerse muerta, se había quedado sola en el mundo y no tenía a nadie que se preocupara por ella.

Estaba completamente sola. Las lágrimas le rodaban por las mejillas mientras el móvil, que en realidad no se podía permitir reemplazar, se hundía cada vez más en un pegote de guacamole.

Seguía allí plantada, intentando decidir cómo sacar el aparato cuando un rayo de luz muy brillante irrumpió en el patio.

Ya casi se había metido de lleno en la papelera, estirándose para conseguir llegar hasta el fondo cuando oyó...

—¿Qué ha pasado?

Maggie conocía esa voz. La aborrecía con todo su ser. Debía de haber estado bebiendo porque le sonó más grave, más peligrosa que de costumbre. O quizá era que no se molestaba en aparentar que era Don Perfecto cuando solo estaba ella.

Oyó el ruido de un zapato al arañar el suelo al tiempo que agarraba el móvil y se impulsaba para enderezarse, porque el dichoso Ethan Wyatt estaba allí, observándola mientras rebuscaba entre la basura y lloraba.

El dichoso Ethan Wyatt avanzaba hacia ella tan despacio que apenas conseguía distinguir sus movimientos.

Lo único que sabía era que en un momento estaba al otro lado del patio, perdido entre las sombras, y al siguiente lo tenía casi en las narices, con su estúpida chaqueta de cuero a pocos centímetros de la cara de estúpida que tenía ella, cubierta de lágrimas.

—¿Quién te ha hecho esto? —quiso saber él.

Maggie intentó reconocer la provocación en su voz, la burla, el final del chiste.

Intentó oír al Ethan que conocía, pero las palabras eran tan frías como el viento y su expresión...

era más oscura que las propias sombras. Y ella no pudo evitar quebrarse, romperse en millones de pedacitos y reducirse a nada más que polvo.

El viento sopló por el patio. Iba a terminar llevándosela con él.

—Dímelo. —Las palabras fueron suaves.

—No. —La respuesta fue más petulante que un desafío, pero menos daba una piedra—.

No es nada —Volvió a intentar, limpiando el móvil con una servilleta—.

Estoy bien. —No estaba nada bien—. Estoy...

—Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta, pero se las arregló para decir en tono agradable—: Buenas noches, Ethan. Que disfrutes del festival.

Y entonces empezó a alejarse, cruzó el patio en dirección a la acera.

Creía que su hotel estaba en aquella dirección, pero daba igual.

A lo mejor terminaba en el desierto. La verdad era que la traía sin cuidado.

Quizá fue por eso por lo que le llevó dos calles enteras darse cuenta de la presencia que iba por detrás de ella.

—¡Eres un poco pesado, ¿lo sabías?! —exclamó por encima del hombro, sin dejar de caminar.

—Madre mía, Marcie. Podría ser lo más bonito que me has dicho en la vida.

Maggie no pudo evitar reírse porque no cabía duda de que era cierto. Echó otro vistazo hacia atrás y se detuvo.

—Si has venido a matarme, ponle ganas, que me duelen los pies.

Por su parte, Ethan no hizo más que sonreír, algo cortado, como si se avergonzara de que lo hubiera pillado.

—Es de noche y estamos en una ciudad que no conocemos, no pienso dejar que vuelvas a casa caminando tú sola.

Iba unos tres metros por detrás de ella, con las manos en los bolsillos como si fuese el tío más inofensivo del planeta. Era la pose de «qué se le va a hacer» y «qué remedio», pero las palabras que se repetían para sus adentros eran otras.

«¿Quién te ha hecho esto?».

Vio cómo la alcanzaba, pero no consiguió obligarse a seguir andando. La voz se le quebró cuando le preguntó:

—¿No vas a burlarte de mí?

—Nop.

—¿A meterte conmigo?

—Esta noche no.

Maggie bajó la vista hacia la acera y las palabras escaparon de ella saltándose todas sus defensas:

—¿A descifrar mis más oscuros secretos y torturarme con ellos hasta llevarme, poquito a poco, a la locura?

En aquella ocasión, Ethan ni siquiera sonrió.

—Voy a acompañar a una mujer a su puerta y a asegurarme de que está bien.

«Anda».

Avanzó un paso hacia ella, lo bastante despacio como para dejarla salir corriendo si eso era lo que quería, huir de él, pero Maggie se había quedado congelada, atrapada por su gravedad.

Ese tirón lento y constante que ni siquiera podía sentir, pero del que tampoco podía escapar.

La había hecho prisionera y ni siquiera le había puesto un dedo encima.

—Sí que estás bien. Lo sabes, ¿verdad?

La voz de él era suave, demasiado gentil y amable.

Maggie quería oír cómo se burlaba, la provocaba o se metía con ella.

Habría podido hasta con alguno de los insultos en voz baja que le soltaba Colin, con sus pullitas solapadas, porque ya no sabía qué hacer con la amabilidad.

No confiaba en ella. No confiaba en él. Pero la luz de las farolas que los iluminaba desde lo alto se volvió borrosa y, cuando cerró los ojos, las lágrimas se derramaron.

Tenía la cara empapada y los ojos cerrados con fuerza.

No podía ver nada, ni tampoco quería hacerlo.

Así que cuando los brazos más fuertes que había sentido en la vida la rodearon, ella se lo permitió.

Cuando unas manos grandes se apoyaron en su nuca y unos dedos se colaron entre su cabello hasta apoyarle la mejilla sobre un cuero suave y cálido, no se resistió.

Se limitó a llorar con más ganas. Entre sollozos y lagrimones silenciosos, desesperados y crueles.

Era el sonido que hacía la esperanza al abandonar un cuerpo, pero Ethan no dijo nada. Solo la abrazó con fuerza.

Y más.

Y un poco más.

Cuando Maggie finalmente recordó que debía respirar, tenía la garganta en carne viva y le había dejado un estropicio en la chaqueta, pero se las arregló para decir con voz ronca:

—Ni se te ocurra hablar de esto.

—Vale —susurró él contra su pelo.

Y, fiel a su palabra, nunca lo hizo.