Crimen antes de Navidad Ethan
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Ethan

Ethan

No sabía cuánto tiempo llevaban caminando o hasta dónde habían llegado.

Su entrenamiento no le estaba sirviendo de mucho.

Su padre lo habría matado. Ethan sabía que no debía perderse en el tiempo y el espacio e intentar operar con información incompleta, pero Maggie lo volvía loco.

Mentira. Maggie lograba que fuera valiente.

Le había cogido la mano derecha (la mala), pero nunca le había parecido que temblara menos que mientras recorrían las sombras de aquel pasadizo hasta terminar llegando a una elevación pronunciada que daba a una puerta de madera.

—¿La puerta tiene pomo? —preguntó Maggie—. ¿Deberíamos llamar? ¿O mejor...?

Ethan le dio una patada y la madera se partió hasta que la puerta se abrió de par en par y rebotó sobre las bisagras.

—Anda, mira, se ha abierto —dijo ella.

Era justo lo que había dicho él fuera del despacho de Eleanor aquella vez, hacía millones de años, pero no se permitió sonreír al pensar que Maggie lo había recordado.

Estaba demasiado ocupado examinando la sala oscura y fría e intentando que Maggie se mantuviera detrás de él mientras se aseguraba de que el lugar fuese seguro y no hubiera nada en las paredes.

—¿Qué es? ¿Qué es? ¿Qué...? —Era como una niña pequeña en la mañana de Navidad mientras contemplaba las paredes de piedra caliza y los techos bajos.

El suelo de madera áspera y la cama angosta—.

¡Anda, pero si es una cabaña! —exclamó, como si siempre hubiese querido ver una y qué mejor oportunidad que aquella.

Ethan corrió una cortina y echó un vistazo hacia la oscuridad, cubierta de unos remolinos blancos. Se había puesto a nevar de nuevo, aquella vez con más fuerza. El viento soltaba todo tipo de sonidos lastimeros, pero Ethan casi se permitió sentir esperanza porque...

—Creo que puedo ver el garaje desde aquí. Venga, vamos a ver lo que puede hacer el Range Rover del duque.

Maggie se echó atrás.

—¿Tienes las llaves?

Ethan nunca se había sentido más insultado en la vida.

—No necesito las llaves.

—No podemos ir en coche —le recordó ella—. El puente está inhabilitado.

—Joder, cierto. Vale, iré en coche hasta donde pueda y luego continuaré andando.

Se volvió hacia la puerta, pero la mano de Maggie fue un suave peso sobre su brazo.

—¿No lo oyes? —Se quedó callada y esperó hasta que no se oía nada más que los rugidos del viento—. La ventisca es horrible.

—¿Y?

—Y no se ve nada allá fuera. Incluso si pudieras ver las carreteras, estarán enterradas bajo montones de nieve.

Está todo oscuro y estamos en medio de ocho mil hectáreas de terreno de las que no sabemos nada.

—La voz le empezó a fallar hasta terminar quebrándose—.

Podrías tropezarte y caer por un acantilado, quedarte atrapado en un barranco. Podrías morir.

—Pienso sacarte de aquí —le soltó él, y Maggie lo miró mordiéndose el labio.

Parecía nerviosa, insegura. Casi temerosa, solo que ¿de qué?

¿Del asesino? ¿Del mal tiempo? ¿O del hombre en el que solo había empezado a confiar desde hacía muy pero que muy poco?

Daba igual, era lo de menos para él, por lo que se agachó un poco para mirarla a los ojos—.

Voy a caminar hasta que tenga cobertura y luego voy a pedir que nos manden un helicóptero y te voy a sacar de aquí.

—Pero si ni siquiera llevas gorro. Ni guantes. Ni...

—¡Están intentando matarte! —exclamó, porque eso era lo único que importaba—.

Y no pienso dejar que eso pase. Así que tienes dos opciones: puedes quedarte aquí escondida y sin hacer ruido o salir allí fuera y abrirte paso entre quién sabe qué...

—Negó con la cabeza—. No, mira, solo tienes una opción.

Le dejó un beso rápido en la frente.

—Puede que en el túnel haga menos frío. Tú espérame aquí, ahora vengo.

Maggie se interpuso en su camino antes de que pudiera llegar a la puerta.

—¿De dónde piensas sacar un helicóptero?

«¿Debería cogerla en volandas y quitarla de en medio? Sí que podría cogerla en volandas y quitarla de en medio».

—¿Ethan? ¿De dónde...?

—Mi padre. —Aunque no quería decirlo, no tenía otra alternativa. Se había quedado sin opciones en general—. Mi padre tiene contactos en el Reino Unido. Puedo pedirle el favor.

—¿Don Quemalibros es de los que hace favores? —Nadie le había parecido más horrorizada en la vida, y eso solo logró que él la quisiera aún más—. Ethan. No.

Le acarició el cabello un poco.

—Lo enviará. Estaré en deuda con él, pero lo enviará.

Un escalofrío la recorrió y retrocedió hasta pegar la espalda a la puerta.

—¿Cómo que estarás en deuda con él? —preguntó con voz temblorosa.

—Da igual.

—No da igual —insistió, e Ethan tuvo que apartar la mirada.

—Lleva un tiempo pidiéndome que me incorpore al negocio familiar, así que...

—No.

Fue lo tajante que sonó su voz lo que lo llevó al límite, lo que cortó el último hilo de su autocontrol y lo dejó desatado.

Ethan había dejado de bromear, no la estaba provocando ni pretendía meterse a nadie en el bolsillo.

En el fondo, ese era su verdadero yo. El hombre que nunca había querido ser: resuelto, osado y peligroso.

—Si con eso puedo salvarte, sí. Es lo que pienso hacer y no se hable más.

—No tienes por qué hacer eso. —Bien podría haberle dicho que dejara de respirar, daba lo mismo.

—Claro que tengo que hacerlo.

—¿Por qué ibas a...?

—¡Porque eres tú! —Las palabras escaparon de él, se convirtieron en hielo en medio del ambiente frío, e Ethan no pudo retractarse.

Lo que era peor, no quería hacerlo—. Siempre has sido tú.

¿Perder el trabajo? Me dio igual, hasta me alegré de poder quitármelo de encima.

¿Perder a mi madre? Fue un asco, pero fue hace muchísimo tiempo y lo he terminado aceptando.

Pero ¿perderte a ti? Perderte acabaría conmigo.

—Notó que el pulso le cambiaba de ritmo, como si su corazón hubiese encontrado una nueva marcha que ni siquiera sabía que tenía—.

Me haría pedazos y jamás podría volver a recomponerme. Jamás.

A Maggie le tembló el labio inferior. Lo miraba con los ojos muy abiertos y no entendía a qué podía deberse que nunca la hubiera visto más asustada que en aquel momento.

—Pero si apenas nos conocemos.

—Sí. —Dio un pequeño paso hacia ella—. Así es.

—Pero... Pero... Si nos odiamos.

—No. —Otro paso—. De eso nada.

Se había puesto a negar con la cabeza, intentando descifrarlo con la mirada. Fue como ver una película: los últimos cinco años de su vida se reprodujeron en las facciones de ella, un resumen de todos los mejores y peores momentos de su vida.

Entonces, Maggie cerró los ojos y preguntó con voz trémula:

—¿Esto es por lo que pasó en Tucson?

¿Era posible que no lo supiera?

—Es por lo que pasa cada vez que te veo.

Es porque siempre eres maja con todo el mundo, menos conmigo.

Es porque eres la única persona del planeta dispuesta a decirme las cosas como son.

Es porque eres la mujer más maravillosa que he conocido en la vida y aun así eres la única incapaz de verlo.

Es porque estoy enamorado de ti, Margaret Elizabeth Chase.

—Casi parecía cabreado al decírselo—. Y no me digas que no es cierto ni que deje de hacerlo porque, créeme, lo he intentado.

Sé que no sientes lo mismo que yo, pero te quiero. Así que voy a sacarte de aquí.

Aunque el día anterior había estado en el punto de mira de un francotirador, nunca se había sentido tan expuesto como en aquel momento.

El viento rugía fuera de aquellas viejas paredes de piedra, levantaba la nieve del suelo y hacía que la noche más oscura del año se volviera blanca.

Y Maggie tenía razón, había montículos profundos y acantilados rocosos y cientos de formas de morir allá fuera.

Pero todo eso daba igual. Porque lo que importaba de verdad estaba allí con él.

La linterna grande y plateada escogió ese momento para parpadear y apagarse.

Ya habían apagado la pequeña para ahorrar batería, por lo que se quedaron a oscuras.

Incluso la luna se había escondido, de modo que lo único que pudo hacer él fue escucharla respirar.

El suave crujido de un paso muy lento sobre aquellos tablones de madera antiquísimos.

Y luego unos dedos que se movían a tientas.

Que se apretaban contra su pecho y se deslizaban hasta sus hombros, su cuello, la parte de atrás de su cabeza.

Y entonces llegó el suave roce de sus labios contra los suyos.

—Maggie...

Maggie suspiró contra sus labios e Ethan deslizó una mano bajo las diecisiete camisetas que llevaba puestas y la puso sobre la piel suave y cálida de su espalda.

—Necesito que estés a salvo —suspiró él contra su cuello, pero la mujer tan imposible que tenía en sus brazos se limitó a apretarlo más contra ella, como si no fuese a dejarlo ir nunca.

—Ya estoy a salvo. —Maggie volvió a suspirar mientras apoyaba su peso contra él, como si llevara la vida entera luchando por mantenerse erguida. Como si fuese la primera vez que se permitía apoyarse en alguien—. Siempre estoy a salvo cuando estoy contigo.

Y fueron esas palabras lo que acabaron con él.

—No sé yo. Si supieras la de cosas que quiero hacerte...

—¿Qué clase de cosas? —Su voz sonaba tímida y hasta avergonzada. Incluso en medio de la penumbra, le pareció ver cómo se sonrojaba.

—Quiero saber lo que se siente al enrollarme tu pelo en el puño.

Quiero cogerte en brazos y presionarte contra esa pared hasta que tengas los labios hinchados y te quedes sin aliento y tengas que enroscarme las piernas en la cintura porque, de lo contrario, te derretirías entre mis brazos.

Quiero que me pongas las manos en los hombros y quiero ponerte las mías en la cintura.

En el culo. Quiero notarte por todos lados.

Quiero conocer cada centímetro de ti. Quiero eliminarte de mi sistema y no quiero dejarte ir jamás.

Te quiero a ti, pero también quiero que esto acabe.

»Porque puedo con todos esos momentos, por dolorosos que puedan ser.

Los que no soporto, los que son una tortura de verdad, son los quinientos momentos del día en los que quiero darte la mano.

O tocar ese mechón de pelo que nunca se te queda detrás de la oreja.

O acortar la distancia que nos separa al caminar, siquiera unos centímetros.

Quiero dejar de sentir que la vida es como jugar al pillapilla y tú eres el refugio.

Quiero olvidarme de que el refugio me odia.

—No te odio. —Tenía las manos de ella apoyadas en los hombros, casi como si la hubiese instado a hacerlo mentalmente—. Y puede que...

—¿Puede que qué?

—¿Puede que yo también quiera todo eso?

Fue como llegar a lo alto de una montaña a oscuras, a tientas, intentando determinar dónde están los límites y terminar descubriendo que estos no existen. Como darse cuenta de que podía volar. Y entonces Ethan no pudo resistirse más tiempo.

Un segundo después, tenía a Maggie en brazos, con las piernas de ella rodeándole la cintura y él apretándola contra la puerta.

Por mucho frío que hiciera en aquel lugar, sentía que le hervía la sangre.

La cabeza le daba vueltas. No era lo bastante fuerte para seguir luchando y nunca, pero nunca, quería volver a intentarlo, porque había sentido el chasquido, el modo en que ella encajaba como una pieza de un puzle, acomodándose en sus brazos, su cuerpo y su alma.

No le hizo falta verla porque podía notarla.

El roce de sus pechos y la presión de sus muslos y cómo se removía y se agitaba y se restregaba contra él como si quisiera acortar la distancia entre ellos, como si necesitara...

más. Ambos necesitaban más. Ethan nunca se había sentido tan completo y tan inconcluso a la vez, por lo que se volvió para llevarla hasta la cama y ambos cayeron sobre su superficie en un entramado de extremidades y manos curiosas, sábanas frías y besos cálidos que subían y bajaban como la marea.

Nunca iba a cansarse de ella. De lo que estaban haciendo. De lo que eran ellos dos juntos.

Maggie suspiró, se estiró y arqueó la espalda mientras él le besaba la suave piel de la garganta.

—¿Quieres que siga, cariño? Necesito que me lo digas.

—Sí. Sí, hace una vida que quiero esto. —La voz le salió baja y sin fuerzas, como si se hubiera olvidado de respirar, y algo en su respuesta hizo que a Ethan se le escapara una risa.

—¿Cómo que hace una vida?

Maggie se quedó quieta bajo su cuerpo y le acarició una mejilla, donde ya le hacía falta afeitarse.

—Desde lo de Tucson.