Crimen antes de Navidad Maggie
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Maggie

Maggie

Encontraron a James en la cocina, sirviendo huevos revueltos con sumo cuidado en unos calientaplatos.

—Llevo casi treinta años trabajando en la Mansión Muérdago —les contó con un orgullo indiscutible—. Me encargo de la casa, del personal, de conducir el Rolls Royce y de pulir la vajilla.

Ethan cogió un panecillo de una bandeja.

—¿Eso quiere decir que estás enterado de todo lo que sucede en esta casa?

—No sé si alguien puso algo en la bandeja de té ni tampoco quién pudo haberlo hecho —repuso James, astuto como él solo—. Ni tampoco dónde está Eleanor.

Maggie sintió que Ethan la miraba de reojo, como si él también se hubiese dado cuenta, pero ninguno de los dos le preguntó a James desde cuándo había pasado a llamar a Eleanor por su nombre en lugar de «señora Ashley».

—Ha desaparecido un arma de la sala de cacería —informó Ethan con la calma propia de alguien que nunca ha visto cuestionada su valentía.

—Sí, lo he notado. —James se quedó observando a Ethan por encima del marco de sus gafas—. También me he percatado de que, en algún momento de la tarde de ayer, alguien retiró todos los percutores de los rifles restantes.

La sonrisa que le dedicó Ethan fue lenta, deliberada y ligeramente torcida.

—Alguien, sí.

James asintió igual de despacio.

—¿Puedo dar por hecho que ese mismo alguien podría devolver dicho percutor a su lugar si resulta que necesitamos hacer uso de algún rifle?

—Alguien podría, sí —contestó Ethan, ya sin pizca de diversión.

—Es bueno saberlo.

Y entonces James volvió a ocuparse de los huevos.

—Tenemos que preguntarlo: ¿dónde estabas cuando ocurrieron los disparos? —dijo Maggie, a lo que James asintió como si él se hubiera hecho esa pregunta a sí mismo al menos una decena de veces.

—No puedo asegurarlo porque no oí los disparos, pero estaba despejando la sala de estar cuando oí a la señorita Honeychurch gritar porque había encontrado a sir Jasper.

Ethan miró a Maggie de refilón, y ella asintió. Encajaba con lo que sabían: ambos habían visto a James subir las escaleras corriendo tras ellos.

—¿Se te ocurre alguien que podría tener alguna razón para querer lastimar a Eleanor?

Maggie observó cómo James apagaba el fuego y sacaba los huevos del fogón, todo ello para ganar tiempo mientras consideraba la pregunta. No tenía pinta de ser un hombre en busca de una mentira, sino más bien uno que procuraba expresar la verdad con sumo cuidado.

—Eleanor Ashley es una mujer fuerte y poderosa. Muy adinerada e independiente. Por desgracia, siempre habrá a quien no le parezca bien todo eso.

Maggie notó que se inclinaba hacia delante.

—¿Y...? —lo animó Ethan.

Pese a que eran los únicos en la cocina, James bajó la voz al hablar.

—Hace unos meses, empezó a hacer unas cuantas llamadas. A sus abogados. Me parece a mí que tenía la intención de cambiar su testamento.

Si bien Maggie no tenía ni pajolera idea de cuánto debían de pagarle a un abogado novato en el bufete Proctor, Banes & Jones, era obvio que no podía ser demasiado, pues Freddy Banes III era el único sentado a la mesa y se estaba zampando el desayuno como si llevara semanas sin probar bocado.

—Qué bueno está esto —farfulló con la boca llena señalando los huevos—. ¿Queréis un poco?

—No... —empezó a decir Maggie, justo cuando Ethan contestaba:

—Vale.

Fue a por un plato de la mesa lateral y empezó a llenarlo, pero Maggie se quedó mirando al hombre al que hasta aquel momento no le había prestado demasiada atención.

Freddy Banes estaba cerca de los treinta, o eso le parecía a ella, y tenía el tipo de semblante sin ningún rasgo reseñable que podría considerarse mono o agradable, pero que jamás contaría como atractivo.

Parecía ser un hombre que siempre tendría pintas de chaval, y Maggie estaba convencida de que, conforme se acercara más y más a la mediana edad, su apariencia se volvería menos memorable con cada día que pasara.

—Cuéntanos, ¿cuánto llevas trabajando como abogado de Eleanor? —preguntó Maggie antes de darle un sorbito a su café.

—Ah. —Freddy soltó una risa—. Es que no soy su abogado. O sea, sí. Pero, técnicamente, no. ¿Sabéis lo que os digo?

Maggie miró a Ethan, quien se encogió de hombros porque la verdad era que no, no tenían ni idea. Y justo por eso lo había preguntado.

—La señora Ashley lleva años con el bufete. Con mi abuelo y mi padre. Pero yo soy solo...

—Mini-Banes —terminaron por él tanto Ethan como Maggie.

—Exacto. Oye... —Clavó la vista en la comida que había detrás de Maggie—, ¿te importaría pasarme el beicon?

Maggie se volvió hacia la mesa lateral. Distinguió algo que parecía jamón y también una bandeja llena de salchichas, pero...

—Sí que está. A la izquierda —la instruyó Mini-Banes.

Ethan coló un brazo por detrás de ella hasta levantar el plato de jamón y pasárselo al abogado, quien se sirvió tres lonchas y le pasó el resto a Ethan.

—Cómo echo de menos el beicon norteamericano —se lamentó Freddy. Pero luego la ilusión volvió a su rostro—. No habréis traído beicon en la maleta, ¿verdad?

—No, me dejé el beicon en la otra maleta. —Ethan se volvió hacia Maggie—. ¿Y tú?

—Yo también —repuso ella.

—Qué lástima. —Freddy sonaba apenado de verdad—. Es lo mejor que tienen en Estados Unidos. El beicon.

Ethan le dedicó una miradita a Maggie y articuló con un hilo de voz:

—No va muy desencaminado.

—Echo de menos el beicon. Casi me compensa lo de los mariscos. Los tengo prohibidos, ¿sabéis? Soy alérgico. Pero aún me quedan otros manjares. —Se llenó la boca de comida, aunque eso no impidió que siguiera hablando—. Como el beicon.

—Y tanto —contestó Ethan, con toda la seriedad del mundo.

—Y productos lácteos. Me chiflan los quesos. Un brie suavecito y delicioso. Un buen cheddar. La gente le hace el feo al queso Stilton, pero siempre me ha parecido que...

—Eleanor pretendía cambiar su testamento, ¿sí o no? —soltó Maggie a lo bruto, y Freddy se atragantó, nervioso y sin devolverle la mirada.

—No puedo compartir esa información.

—Ha desaparecido —le recordó ella—. Podría estar muerta.

—Mira —dijo Freddy, aquella vez con más intención. Antes de seguir, echó un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que no había nadie más en la sala y bajó la voz—. Apenas llevo unos meses trabajando para el bufete, solo soy...

—Mini-Banes —lo interrumpió Ethan.

—Exacto. Y no sé por qué no me toman en serio —dijo el hombre con mermelada de fresa en la barbilla—.

Que estudié en Eaton. Y en Oxford. Hice un año en Georgetown Law, ¿sabíais eso?

Pero les da igual. —Entonces algo detrás de Maggie le llamó la atención—.

A todo esto, ¿crees que esos panecillos seguirán calentitos?

Maggie le pasó la cesta entera.

—¡Estupendo! —Dio un buen bocado—. Lo único que sé es que mi padre se presentó en mi despacho hace un par de días muy temprano y me dijo que tenía dos horas para hacer la maleta, subirme a un tren y tener a Eleanor contenta.

Así que me subí al tren, pero ahora la mujer no está nada contenta...

¡porque no está! Padre no dijo «no la pierdas», pero voy y la pierdo de todos modos, ¿sabéis?

Entonces bajó la vista a su plato como si se le hubiera pasado por la cabeza que a lo mejor tendría que haber perdido el apetito también.

—Y qué me dices de ayer. —Ethan echó mano de los panecillos, dejó uno frente a Maggie y se quedó con el último—. ¿Dónde estabas cuando empezaron los disparos?

Freddy meneó la cabeza, confundido.

—No lo pillo. Estaba buscando a la señora Ashley. Espera, ¿no era eso lo que tenía que hacer?

James se adentró en la sala con una cesta de panecillos recién horneados, y el abogado alzó la vista de su plato.

—¿A qué hora servís la comida?

El doctor Charles estaba sentado en el sofá de la biblioteca, con toda la pinta de ser un hombre que lo único que quería era volver a su casa y echarse una siesta muuuy larga. No necesariamente en ese orden.

—¿Cómo se encuentra sir Jasper esta mañana? —preguntó Maggie, y el hombre echó un vistazo por la ventana.

El sol casi parecía demasiado brillante al reflejar toda aquella quietud congelada, pero unas nubes oscuras se insinuaban en el horizonte, como si la tormenta aún no hubiese llegado a su fin.

—Bien, creo —contestó encogiéndose de hombros.

—¿Solo crees? —repitió Maggie.

—¿Habéis caído en que estamos en mitad de la nada o no? —espetó el doctor Charles—. Esto no es un hospital. Y yo no me dedico a esto.

Maggie intercambió una mirada con Ethan.

—¿A qué te dedicas? —preguntó Ethan.

—¡A la psiquiatría!

—Vaya —musitó Maggie.

—Exacto. —El médico asintió con fuerza—.

Que sí, que he estudiado Medicina y trabajo en un hospital, pero si te da un infarto en un avión, no soy yo quien quieres que acuda en tu auxilio, ¿verdad?

—Había un decantador de whisky en una de las estanterías, y el médico lo miró con la misma desesperación que un náufrago a tierra firme.

—Pues sir Jasper sigue vivo, así que seguro que has hecho lo correcto. —Maggie intentó animarlo, pero el médico meneó la cabeza.

—No he venido a esto.

—¿Y a qué has venido? —La pregunta de Ethan parecía lo bastante inocente, pero eso no impidió que el doctor Charles se sentara más recto en su sitio, más alerta.

—A pasar las Navidades —respondió sin más, para luego levantarse y marcharse de la biblioteca arrastrando los pies.

Maggie e Ethan intercambiaron una mirada, sin saber muy bien qué clase de conversación había sido esa.