Crimen antes de Navidad Ethan
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Ethan

Ethan

Un día antes de Navidad

En la mañana de la víspera de Navidad, el sol salió esplendoroso y brillante y bastante más tarde de la cuenta, pero Ethan no pudo obligarse a moverse.

Como buen conocedor del cliché de una sola cama en las novelas románticas, sabía que tendrían que haberse despertado enredados el uno con el otro, pero Maggie se había apartado hasta el otro extremo del colchón, hecha un ovillo.

Como si, incluso en sueños, quisiera ocupar la menor cantidad de espacio posible, como si no tuviese derecho ni siquiera a la mitad de su propia cama.

No pretendía ser uno de esos tíos asquerosos que se dedicaban a contemplar a las mujeres dormir.

Lo ideal habría sido poder sacársela de la cabeza sin dejar rastro.

Pero no podía. De modo que se limitó a volver a su habitación sin hacer ruido, cambiarse de ropa, cepillarse los dientes y, tres minutos después, repantigarse en una butaca frente a la chimenea de la habitación de ella, intentando hacer cuentas de cuántos favores terminaría debiéndole a su padre si al final se animaba a hacer la llamada que tenía que hacer.

—No te has ido.

Se había acurrucado entre las mantas, e Ethan no podía verle ni la cara. Tan solo una melena oscura sobre las almohadas blancas y dos manos pálidas que se estiraban por encima de su cabeza, como un gato. La imagen era tan adorable que dolía.

Entonces Maggie sacó la cabeza de entre las mantas y se lo quedó mirando.

—No pienso irme a ningún lado. —Lo decía en serio, por mucho que le doliera.

—¿Eso quiere decir que aún no podemos usar el puente? —preguntó ella, sin saber que él no se refería a las carreteras.

—No tengo ni idea. —Se volvió hacia la ventana. La luz demasiado brillante se reflejaba en una cantidad exorbitante de nieve. Igual la tormenta ya había pasado. O quizá solo era un parón—. Es posible.

—¿Ya tenemos cobertura? —Maggie se sentó, sacó las piernas de la cama, y él se echó a reír de nuevo al ver su camiseta.

—No.

—No hacía falta que me esperaras.

—No pienso dejarte sola, Maggie —le dijo, y ella se lo quedó mirando.

—¿Porque solo podemos confiar el uno en el otro?

El momento se estiró, igual de frío e imperturbable que las colinas cubiertas de nieve, y el corazón le martilleó en el pecho como si tuviera un operador telegrafiando un mensaje que no alcanzaba a leer.

Ethan asintió despacio.

—Porque solo podemos confiar el uno en el otro.

Observó cómo se estiraba de nuevo y se recogía el cabello en un moño en lo alto de la cabeza. Apenas era lo bastante largo para atárselo, y unos cuantos mechones se liberaron de su prisión y le enmarcaron el rostro mientras subía las piernas a la cama y se rodeaba las rodillas con un brazo.

—No dejo de preguntarme: ¿qué haría Eleanor?

Ethan contuvo una sonrisa.

—Eleanor resolvería el caso. Buscaría al asesino.

Se dio cuenta de su error en cuanto pronunció las palabras. Se había visto superado, vencido en su propio juego, porque Maggie lo miraba con una sonrisa y su expresión estaba llena de luz y determinación.

—Exacto.

—No...

—Venga, Ethan. Tú mismo lo has dicho: es lo que haría Eleanor. Así que es lo que tenemos que hacer nosotros. ¡Tenemos que resolver el caso!

Solo que Ethan no estaba siendo precavido y ya. Tenía miedo. Alguien ya había intentado disparar a Maggie, y si se ponían a remover el avispero, lo más seguro es que terminara mal parada.

—No.

—Pero...

—El inspector Dobson ya nos ha dicho que no metamos las narices.

—¡El inspector Dobson cree que nosotros somos los culpables! —le recordó ella, y no iba desencaminada.

—Maggie...

—¡Ha desaparecido, Ethan! Podría estar perdida ahí fuera, herida o muriéndose de frío y... La cuestión es que no está. Y tú y yo solo podemos confiar el uno en el otro.

—¿Confías en mí? —preguntó, y Maggie lo miró con la absoluta inocencia de una mujer que desconoce que sus palabras podrían ser puñales.

—Confío en ti. —Se encogió de hombros con aire despreocupado y se lo quedó mirando como si fuera lo más obvio del mundo—. Además, resolver asesinatos es a lo que nos dedicamos.

—Eso y a planearlos.

—¡Y lo bien que se nos da! —Maggie se puso de rodillas hasta dar unos cuantos botes sobre el colchón.

Y lo único que pudo hacer Ethan fue mirarla. Y sonreír. Y preguntarle:

—Vale, ¿por dónde empezamos?