Crimen antes de Navidad Ethan
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Ethan

Ethan

Hace cinco años

No fue hasta que se abrieron las puertas del ascensor que Ethan se percató del craso error que había cometido.

Jamás tendría que haber contestado aquella llamada, pero el enorme edificio de oficinas en el centro de Manhattan era una torre de cristal, acero y desconocidos, por lo que estaba más aturullado que nunca mientras un guardia de seguridad le hacía un ademán para que pasara por un torno y le señalaba un ascensor que lo llevaría a su destino.

El móvil le había parecido su salvación; una señal del destino. Se moría de ganas de encontrar cualquier excusa para dar marcha atrás y volver a casa. Buscar refugio. Por lo que contestó el teléfono en un acto reflejo, en absoluto preparado para oír...

—¿Dónde te has metido? —Pese a que el padre de Ethan llevaba más de una década sin ir de uniforme, eso no impedía que sonara como un oficial al mando.

Como si el mundo entero tuviese que dedicarle un saludo militar y contestar «sí, señor» a lo que dijera—.

Le dije al consejo que vendrías. Nos hemos decidido por Maui. ¿Te había comentado que sería en Maui?

Lo más probable era que no, pero eso era lo de menos.

Porque Ethan no pensaba ir; algo que ya había mencionado más de una vez.

Tenía una lista muy larga de excusas y cualquiera de ellas le habría venido igual de bien: aún tenía que ir a rehabilitación dos veces por semana.

Viajar muchas horas lo ponía nervioso. Había perdido casi veinte kilos de músculo y sus trajes ya no le iban bien.

Eso y que nadie quería tener por ahí a la vergüenza de la familia en la cena de Navidad.

El problema era que Ethan no podía decirle nada de eso a su padre, por lo que le dio al botón de la planta veintisiete con la mano izquierda y se acomodó el cacharro que sujetaba la diestra.

Su intención había sido pasar del cabestrillo para ir a la fiesta (había empezado a dejárselo en casa prácticamente cada vez que salía), pero los fisioterapeutas no le tenían nada que envidiar a los jugadores de póker y siempre sabían cuando uno intentaba marcarse un farol.

De modo que se lo había echado encima de un bléiser azul oscuro y unos vaqueros incluso más oscuros y esperaba no haber metido mucho la pata con el código de vestimenta.

—Creía que te alegraría. —Fue lo que dijo su padre tras su largo silencio—. Sé que Aspen no te hace mucha ilusión precisamente, y sí que puedes jugar al golf, ¿verdad? Te he apuntado en mi equipo.

—Pues, dado que tengo el brazo derecho inutilizado, yo diría que no, papá. Lo más probable es que el golf y yo nos tengamos que dar un tiempo.

—Cuidadito con cómo me hablas.

Ethan tuvo cuidado, pero solo porque las cosas eran más sencillas si lo hacía.

—No voy a ir, papá. Tengo hora con el fisio. Tuviste que pedir muchos favores para lograr que me aceptaran en esa clínica.

—Y harías bien en recordarlo. Te necesito capaz de disparar de nuevo. ¿Cuándo crees que podrás volver al campo de tiro?

—No sé yo si... —iba diciendo a medida que las puertas del ascensor se empezaban a cerrar, justo cuando oyó unos pasos rápidos y a alguien exclamando:

—¡Parad el ascensor, porfa!

Y una mano pequeña se coló entre las puertas e impidió que estas dejaran de cerrarse al instante.

—¿Dónde estás? Mandaré el jet a buscarte —dijo su padre, pero a Ethan las palabras le sonaron a estática según el ascensor se volvía a abrir y le dejaba ver a una mujer.

Enfundada en un abrigo de cachemira y con copos de nieve salpicándole el cabello, iba casi sin aliento porque la tormenta la había pillado en la calle.

Parecía que llevaba toda la vida corriendo detrás de él y que apenas había conseguido alcanzarlo.

A Ethan le habría gustado permitírselo hacía mucho tiempo.

—¿Hijo? ¿Ethan? —La voz era como un rugido sordo en sus oídos. Casi no conseguía oírlo por encima de los latidos acelerados de su corazón.

—Debo irme, papá. Ya hablaremos.

Entonces se quedaron los dos solos, con las puertas que se cerraban y la certeza de que Ethan no creía en el amor a primera vista, pero eso no parecía impedir que se la quedara mirando.

—Eh, ¿puedes darle al...? —La mujer se volvió para intentar ver por detrás de él y, al encontrarse con el botón iluminado, soltó el aire—.

Anda, supongo que vamos a la misma... —Dejó la frase a medias al ver su propio reflejo en el interior del ascensor.

Los botines negros y las medias. El cabello (que ya estaba mojado) y el abrigo largo—. Dios, dime que no traigo esas pintas.

—¿Pintas de qué?

—De ladronzuela victoriana que alguien ha intentado ahogar en un barril.

Pues la nieve sí que se había derretido, y su larga y oscura cabellera se había enmarañado bajo el peso del agua hasta pegarse a su piel clara como el marfil, ligeramente sonrojada por el frío.

Algo en la imagen que ella le había pintado lo hizo sonreír.

—¿Eres escritora?

La mujer parecía un ángel al sonreír.

—¿Qué me ha delatado? ¿El que ya no recuerde cómo se camina con tacones o el libro de emergencia que llevo en el bolso?

Intentó peinarse el cabello con los dedos, pero eso provocó que su melena se rebelara de un modo que no pareció gustarle en absoluto, dado el lamento que soltó.

Ethan quiso sonreír, echarse a reír, preguntarle si se conocían de antes, pero eso parecería una frase manida y, todo fuera dicho, también sería mentira. Si la hubiera visto antes, se acordaría.

La mujer se quitó el guante de la mano derecha y siguió intentando arreglarse el cabello, pero algo en su reflejo llamó su atención e hizo que su actitud cambiara por completo.

—No puede ser.

—¿Qué pasa? —preguntó él, preocupadísimo de pronto.

—¡Han puesto el nombre que no es en mi pase!

—Señaló la pegatina que los de seguridad tenían que darles a todas las visitas antes de que los dejaran pasar—.

¿Sabías que Eleanor Ashley podría estar en esta fiesta?

Eleanor Ashley va a pensar que me llamo...

—Entornó los ojos para leer su pegatina—: Marcie.

—Dios bendito, ¿y ahora? —soltó él a moda de broma, pero la mujer parecía haberse tomado el asunto con toda la seriedad posible.

—Me tendré que cambiar el nombre a Marcie.

Y sí que lo habría hecho. Parecía ser una mujer capaz de hacer cualquier cosa, y eso logró que Ethan se descubriera a sí mismo sonriendo por primera vez en cuestión de un año.

—¿Y si actúo como si te llamaras así de toda la vida?

—¿Harías eso por mí? —preguntó ella, regalándole una sonrisa brillante.

Ethan apoyó su hombro bueno contra el ascensor y le devolvió la sonrisa.

—Yo, encantado.

Los últimos sesenta segundos se habían coronado como la mejor Navidad que había tenido en muchísimo tiempo, y justo se había puesto a pensar que ojalá aquel trayecto en ascensor durara para siempre cuando las luces se apagaron y dejaron de moverse.

A Ethan le pareció un regalo del destino, pero saltaba a la vista que la mujer a su lado no pensaba lo mismo, pues empezó a repetir en voz baja:

—Ay, no. No, no, no.

—No pasa nada.

—No, no.

La notaba temblar. Se apretujó contra una pared del ascensor y comenzó a respirar con dificultad y de forma acelerada.

—Tranquila, que no pasa nada —le aseguró—. Todo irá bien, ya verás.

—No... —empezó, pero se quedó callada como si no tuviera suficiente oxígeno en los pulmones.

En el ascensor. En el edificio—. Es que a mí no me va mucho eso de la oscuridad.

Ni los espacios cerrados. —Era el tipo de información demasiado personal que seguramente no había pretendido compartir con nadie, y la vio contemplándolo bajo el brillo rojizo de las luces de emergencia.

Vio cómo temblaba, tragaba con dificultad y se obligaba a sonreír.

—¿Y qué me dices de los desconocidos altos y barbudos que tienen pinta de vivir en una montaña y cazar con sus propias manos lo que van a comer?

—Le devolvió la sonrisa, porque sabía perfectamente qué pintas tenía en aquellos momentos.

Hecho polvo y demacrado y tirando a hombre de las cavernas.

Pero eso no era lo raro. Lo raro era que, hasta ese preciso momento, le había dado absolutamente igual.

Ella se quedó allí de pie unos segundos, sopesando sus opciones.

—Ehm..., solo por curiosidad, ¿crees que hay alguna forma de responder a esa pregunta que no sea la mar de grosera?

La risa que se le escapó fue su única respuesta, y observó cómo se relajaba, al menos un poco.

—Entonces... Esto... ¿Killhaven? —intentó hacer conversación.

A Ethan le llevó un momento recordar el nombre de su editorial y adónde iba. Y también por qué razón.

—Sí, eso.

—¿También eres escritor?

—Sí. A ver, no. O sea, ¿un poco? —Bajó la vista al suelo, casi avergonzado al admitir—: Acabo de vender mi primer libro. No lo publicarán hasta el año que viene.

Con un pinchazo doloroso, Ethan cayó en la cuenta de que era la primera vez que pronunciaba aquellas palabras en voz alta.

No se lo había contado a sus amigos ni a sus excompañeros de trabajo.

Ni se le había pasado por la cabeza contárselo a su padre, desde luego, y ni siquiera se lo había contado a sus cuñadas, porque entonces sentirían la obligación de contárselo a sus hermanos y, una vez lo supieran ellos, pues...

Una docena de tíos bajaría de un helicóptero haciendo rápel para partirle el brazo que le quedaba.

Porque así de cabreado estaría su padre.

Pero la mujer que lo acompañaba... Quería ver qué le decía ella, qué hacía. Quería ver otra de sus sonrisas.

—¡Enhorabuena!

—No es para tanto.

—Claro que sí. —Le habló en voz baja y delicada, y él supo que nunca la olvidaría. Que sería capaz de reconocerla a oscuras durante el resto de sus días—. Claro que es para tanto.

Ethan le devolvió la mirada bajo el brillo de las luces de emergencia.

—Vale, que así sea. —La sonrisa que le dedicó ella no solo le llegó a los ojos, sino que le iluminó toda la expresión—. ¿Cómo vamos con ese ataque de pánico? —quiso saber.

La mujer soltó un sonidito entre un hipo y una carcajada.

—¿Mejor? ¿Más o menos? Creo que nos las hemos arreglado para que no llegue.

—Me alegro —dijo él, justo cuando las luces parpadearon y volvieron a encenderse.

El ascensor volvió a moverse, pero Ethan quiso que volviera a pararse porque aquella había sido la primera vez en muchísimo tiempo que sentía que avanzaba.

—Gracias. —La mujer apartó la vista, parecía avergonzada.

—No tienes por qué darlas... —Bajó la mirada hacia su pegatina identificativa y pronunció su nombre falso casi en un susurro—: Marcie.

Ella le sonrió. Él se echó a reír. Y, conforme las puertas se abrían, lo único en lo que pudo pensar fue que, a pesar de haberse conocido hacía cinco minutos, ya se las habían arreglado para tener una broma entre ellos.

Oía los ruidos de la fiesta. Las copas y el parloteo y los villancicos a un volumen no muy alto, y sabía que se suponía que debía ir a por ello, a saludar y hacer contactos y empezar su próximo acto.

La cuestión era que tenía la sensación de que este ya había empezado, en algún lugar entre la planta veintiuno y la veintidós.

—Oye, ¿te apetece...?

—Ya era hora.

Todo pareció ir en cámara lenta. Observar cómo se giraba al oír la voz y sonreír.

El que se quitara el otro guante. El de la mano izquierda.

Fue como si alguien le hubiese bajado el volumen a la fiesta.

Al mundo. Porque Ethan dejó de oír nada mientras se quedaba allí plantado, con la vista clavada en el anillo de diamantes que llevaba en la mano izquierda.

—Perdona —decía ella, por mucho que las palabras le llegaran casi amortiguadas—. No sé cómo te llamas, pero te presento a Colin, mi marido.

Su marido. Tenía marido.

Y entonces el sonido volvió amplificado por diez, altísimo y casi con violencia contra sus oídos mientras la mujer preguntaba:

—¿Sabes si Eleanor ha venido?

Por mucho que la voz de ella estuviera cargada de esperanza, el marido, Colin, se limitó a menear la cabeza, desconcertado.

—¿Quién? ¿Y yo qué sé? ¿Qué te has hecho en el pelo?

Ethan nunca había visto a una persona encogerse justo frente a sus ojos, pero eso fue lo que pasó al tiempo que el hombre le daba un repaso a su mujer.

—Es que está nevando, ¿recuerdas? —dijo ella, intentando acomodarse el cabello una vez más—. No querías mojarte los zapatos, así que me he quedado yo aparcando.

La había hecho aparcar el coche. La había hecho caminar en tacones en medio de una tormenta de nieve. Su marido había hecho eso.

—Son de ante —repuso el capullo, y el cabreo que había embargado a Ethan se convirtió en furia.

Era la primera vez que sentía ganas de asesinar a alguien, pero asesinarlo de verdad, y fue entonces, en ese preciso momento, cuando supo que había encontrado su vocación.

—¡Maggie! —la llamó una mujer mayor, e Ethan supo que la fiesta intentaba hacerse con ella, que la arrancaba de su lado.

Lo único que pudo hacer él fue dejarla marchar y despedirse en un susurro:

—Que te vaya bien, Marcie.